Después de mucho leer, ver e investigar sobre ese tema tan actual, aunque tabú según para quiénes, he llegado a la conclusión de que hay cuatro teorías en juego. Cuatro teorías creíbles, quiero decir. En realidad hay muchas más, pero son --por ahora-- perfectamente descabelladas. Enumero, al azar:
- Todo esto es un intento de destruir la economía, en particular las empresas pequeñas y medianas, para apoderarse del mercado mundial, que naturalmente se desenvolverá en internet. Es una teoría difícil de refutar, a la vista de cómo van las cosas. En cualquier caso, el proceso parece imparable. Se non è vero, è ben trovato.
Una variante de esta teoría propone que todo está siendo una maniobra de China para... cómo decirlo... sí, apoderarse del mundo. Esta teoría tiene el inconveniente de que ni siquiera ellos mismos se han librado de la paranoia (otros dicen 'epidemia') rampante en el resto del planeta. Además, un país tan comerciante como ese ¿por qué tendría interés en atacar a sus clientes?
Una segunda variante sugiere que la espiral de deuda generada en 2008 estaba llegando a un punto crítico y la única solución era una guerra. Destruir para empezar de cero, o casi. El problema sería que en esa guerra todos los contendientes, atrapados por igual en el mismo maelstrom de deuda incontrolable, tendrían que estar en el mismo bando, y por lo tanto el enemigo tendría que ser interior. Para usted y para mí, malas noticias.
- Otra teoría difícil de refutar apunta a las grandes farmacéuticas, marcadas ya por un pasado entre turbio y marrón, que habrían regado generosamente con dádivas a los responsables clave de la administración, de los grandes medios y de la judicatura. Incluso de muchas instituciones médicas. Esta teoría me parecía inaceptable hasta hace dos años, más que nada por la dificultad de capturar todos los peces en la misma red sin que se escapen unos cuantos. Además, es cierto que la separación de poderes en las llamadas democracias occidentales lleva ya varios decenios desdibujándose, pero ¿hasta ese punto? ¿y en todos los países?
- La teoría más siniestra, a mi modo de ver, es la de la llamada cuarta revolución industrial, basada en el trabajo robotizado y la fusión hombre-chip (disculpen las feministas poco leídas). Es decir, lo que se ha venido a llamar 'transhumanismo'. Si no es la teoría más siniestra, ha sido desde luego la más delirante... hasta hace uno o dos años. Las últimas noticias y comentarios públicos sobre la implantación de microchips, incluso en el cerebro, empiezan a parecer alarmantes, sobre todo viendo cómo el viejo concepto de libertad está siendo sustituido por el de 'privilegio'.
Los famosos códigos cu erre (lo escribo así para evitar la censura) empiezan a parecerse mucho a los hilitos del viejo arte de las marionetas. Súmele usted a eso la omnipresencia de cámaras de vigilancia en lugares públicos y los algoritmos de reconocimiento facial y biométrico, y tendrá el menú servido. De esta teoría, a mí lo que me asusta no es que sea o no real, sino que existen ya los medios para hacerla realidad.
- Mi incredulidad se está empezando también a resquebrajar frente a la teoría de la eugenesia. A la vista de innumerables noticias y datos escamoteados, pero oficiales, y de las explicaciones de especialistas eminentes y convincentes, el futuro pinta feo. Sólo el tiempo dirá, pero, si una empresa aspira a ensanchar su base de consumidores, difícilmente estará interesada en liquidarlos en masa.
- Un hermanito pequeño de estas teorías es la superchería de la crisis climática, que, de ser cierta, nos obligaría en pocos años a regresar a la yesca y el pedernal, a comer bayas e insectos y a pasar bastante frío en invierno. Como nadie está realmente dispuesto a renunciar al agua caliente de la ducha por las mañanas, habría que convencerle. Para ello, un código de cuadraditos o un chip en la muñeca podrían ser muy persuasivos. Este hermanito es pequeño todavía, pero crecerá.
¿Qué pienso yo de todo esto? Todavía no sé qué pensar. Es un rompecabezas endiablado en el que, por muchas combinaciones que uno haga, siempre hay piezas que no encajan. Habría que añadir también a la coctelera el miedo colectivo, la arrogancia del poder, los prejuicios y el amor propio, en grandes cantidades, y agitar. Pero a esos ingredientes yo no puedo acceder.
De una cosa estoy seguro: es imposible que esas teorías sean todas falsas al mismo tiempo. Lo más probable es que la (ir)realidad que estamos viviendo reúna partes de cada una de esas teorías, en beneficio de intereses no siempre convergentes. Por el momento es una alianza táctica pero, a largo plazo, probablemente insostenible.
En su novela Die andere Seite ("La otra parte"), anticipándose a la segunda guerra mundial el grabadista Alfred Kubin imaginó una batalla final, apocalíptica, entre el inaprehensible Patera, fundador del Reino de los Sueños, y su polimórfico antagonista Hercules Bell. Una batalla irreal, en un mundo casi tan onírico como el que estamos viviendo.
Quizá lo que Kubin profetizó realmente no fue la segunda guerra mundial, sino la tercera.
sábado, 8 de enero de 2022
Teorías
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jueves, 30 de diciembre de 2021
Escribir (el arte de)
¿Por qué? Porque con sólo nueve palabras el autor nos sumerge de lleno en el punto de partida de la narración, y al mismo tiempo nos empuja irresistiblemente a seguir el hilo de la historia.
"They threw me off the hay truck about noon"
Así es el comienzo. Ocho monosílabos. Prepárese, amigo lector. No hay tiempo que perder en descripciones: esta va a ser una historia de acción. Trepidante. Con esas nueve palabras James Cain nos coloca en el extremo de un trampolín y nos empuja hacia los rápidos vertiginosos de la trama. Imposible retroceder; al llegar a la palabra número diez estamos ya cayendo.
'Me echaron del camión de heno a eso del mediodía'. No suena igual, ¿verdad? Lo que sucede es que ese 'off' es intraducible, porque en inglés el conductor imaginario del camión probablemente habria usado esa misma palabra para echar al intruso:
'Get off!' (¡Largo de aquí!)
o 'Buzz off!' (¡Piérdete!), o expresiones bastante más fuertes, que las hay. En la versión española no está tan claro cómo echaron del camión al protagonista. El conductor podría haberle dicho simplemente 'Ahí no puedes estar', o 'Venga, baja de ahí', que no es lo mismo. La versión original, en cambio, nos hace pensar que el conductor no ha sido tan condescendiente. Parece una minucia, pero no lo es, porque la novela que nos espera a partir de esa frase es una carrera desbocada hacia la destrucción desde el minuto cero: ese momento fatídico en que el protagonista es arrojado de un camión. Ese 'off' de 'threw me off' viene a ser como una sentencia: 'la suerte está echada, amigo; no hay retorno posible'.
Me he acordado hoy de esa frase escuchando un tema de jazz. Sonny Rollins y Coleman Hawkins. Nada menos. ¿Por qué me gusta tanto el jazz?, me he preguntado más de una vez. Y creo que tengo dos respuestas: por la prosodia y por la sorpresa.
En lugar de 'prosodia', en música se habla más bien de 'fraseo', pero la idea es la misma. Digámoslo sin miedo: en música hay intervalos de notas y transiciones armónicas que suenan mal (diga lo que diga Schönberg). El secreto de una narración sabrosa, musical o literaria, consiste en saber encadenar notas --o frases-- que nos suenen bien. Pero eso no basta. Si la narración es demasiado previsible, entonces estamos hablando de la musiquita de fondo de la consulta del dentista, o de la lectura prefabricada de las noticias por la televisión. Un sopor.
Para un espíritu inquieto, o creativo, eso de que las piezas clásicas se ajusten a una partitura es un poco irritante. Sí, uno disfruta, y mucho, de una buena interpretación. Valoramos los matices, el ritmo escogido, los acentos con que el intérprete colorea su versión, pero cuando uno ha escuchado la quinta sinfonía de Beethoven suficientes veces agradecería alguna que otra improvisación sobre la marcha. Con un poco de inspiración, esas cuatro notas tremendas podrían dar mucho de sí.
La improvisación en el jazz está basada en ir creando --y resolviendo-- tensiones inesperadas. En lugar de ese fa que el oyente de Beethoven estaría esperando, el saxofonista nos sorprende con una excursión imprevista por escalas que no estaban en la partitura, pero que terminan, sí, en fa. Sólo que siguiendo un camino diferente.
Esos mismos principios son trasladables a la escritura. Un texto puede ser tan aburrido como una sonata de Scarlatti, o tan impactante como... la quinta sinfonía de Beethoven. Esas cuatro notas del comienzo son como el "They threw me off the hay truck about noon" de James Cain. Pensándolo bien, una novela bien hecha es en realidad una improvisación sobre una historia que está sólo en la imaginación del autor.
Cuando escribo, procuro siempre atenerme a esos dos principios. No añadir ni una palabra más de lo que uno quiere decir, y no seguir una línea narrativa predecible. ¿Cómo se consigue eso? Por ejemplo, pensando en términos de jazz; es decir, sustituyendo la armonía por la prosodia. Como en la poesía, la prosodia nos obliga a encontrar las frases que nos conducirán elegantemente a la idea deseada. Sí, nos obliga. En arte, la libertad absoluta es un mito.
Todo esto lo aprendí del jazz, pero también de los artículos de The Economist, en los tiempos en que era una revista apasionante. Aquellos artículos me enseñaron a depurar --y a podar-- mis ideas para ir al grano, pero también a buscar el punto de vista más provocador (¿cómo se traduce 'thought provoking'?) Sin olvidar, claro, los toques de ironía, o alguna que otra pizca de humor.
No sé si he conseguido aplicar eficazmente esas recetas, pero es lo que me propongo hacer cada vez que me siento ante el papel imaginario de la pantalla. A veces, mis cambios de 'acordes' narrativos se traducen en cortocircuitos vagamente gongorinos que salpimentarán la lectura con algún que otro ataque de perplejidad. Pero estoy seguro de que los escasos (y selectos) lectores de este blog saben disculparlo.
Los otros, los lectores de paso, ya han sabido huir a tiempo.
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domingo, 19 de diciembre de 2021
Jornada 9
En su corazón, una vieja herida que él creía cicatrizada se ha vuelto a abrir. Y esta vez no puede hacer nada para cerrarla.
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sábado, 18 de diciembre de 2021
Escribir
Todas las historias comienzan en aquella playa de su infancia. ¿Por qué? Porque allí se bautizó en la libertad. Y siempre, desde entonces, la persiguió como los locos persiguen a un fantasma. A veces, rozándola, y no pocas veces saboreándola, cuando la encontraba.
No, no la encontraba por casualidad. La buscaba con ahínco, consciente de que es el único estado natural de un ser humano. Al menos, de este que está escribiendo. De modo que esta es una misiva a nadie en particular, en un blog que se titula Charlas con Nadie.
Sí, Nadie con mayúscula inicial. De niño leyó la Odisea, y supo mientras la leía que aquel Mediterráneo era su patria. Un mar poblado de cíclopes y laberintos y sirenas cuando los humanos no creían en Dios, sino en minervas y minotauros. Aquellos humanos, por fuerza, tenían que ser diferentes.
Era el Mediterráneo de la vida sencilla, embriagada de realidad. En casa no había electricidad, y el agua había que sacarla de un pozo de aljibe. Pero la hierba, las dunas, los saltamontes, las hojas perfumadas de los naranjos, eran un descubrimiento que nunca cesaba. Cada mañana, a cada minuto, la ilusión era descubrir. Y percibir.
Los seres humanos estamos hechos para combinar. Esa es la clave de la conciencia. Pero, para combinar, hay que conocer, y para conocer hay que descubrir. Ay de quien no sienta a cada minuto ningún deseo de descubrir.
Sí, ay. Porque el tiempo se mide no en esos minutos tediosos, sino en novedades. En sorpresas. En preguntas. La suma de todo eso es la vida. El resto, es relleno. Stuff.
Viajar es una forma de acumular novedades, sorpresas y preguntas, que a su vez permiten comparar... y combinar. La alternativa a viajar es instalarse mentalmente en aquella playa y dejar fluir la imaginación. Hay material suficiente.
En aquella playa, que ya habrá adivinado usted que es sólo un símbolo de mi libertad, me doy cuenta de que tengo muchas realidades que rememorar. Me refiero a las imaginarias, que son las que puedo controlar. Y de aquellas realidades acuden ahora a mi memoria unos cuantos personajes inventados. Novelescos.
Por ejemplo, Zanzón. No sé por qué, cuando me pongo a escribir, me salen tan a menudo protagonistas anodinos, no-personajes, que actúan simplemente como testigos de una realidad también inventada. No sé si represento correctamente a Zanzón como un tipo sin relieve, menos que del montón, un humano más o menos sólido pero casi transparente. Los entusiasmos y derrotismos de sus amigos lo contagian apenas, quizá porque él está perpetuamente en un estado de absorber información.
Don Blas Oropesa es uno de mis personajes más queridos. Siempre inventando, sin preocuparse demasiado de si la flauta algún día sonará por casualidad. Su taller de pirotecnia funciona admirablemente, y a él todavía le queda tiempo para sus... combinaciones. La conciencia de don Blas es un fulgor. Una pirotecnia permanente.
Doña Secundina es una mujer a la que siempre se le duermen las piernas. Es ordenada y posesiva, pero sabe dosificar sus exigencias. No tiene un pelo de tonta, y además posee esa habilidad femenina de urdir, tejer y destejer en la tela de araña de las relaciones sociales. Está muy floja en artes seductoras, pero también es cierto que el profumo di donna, por sí solo, a veces basta.
De otra novela más lejana en el tiempo y en la geografía me llega también la estampa inconfundible de Hermann Segré. El apellido lo saqué de la portada de un libro de matemáticas. Segré tiene también algo de su autor. Es descreído, resabiado. Tiene un poco de Sherlock Holmes y un poco de freudiano desencantado. El sabe que en el fondo estará siempre buscando a una mujer, pero se encoge de hombros y se pierde por parajes donde las moscas son tenaces y el tiempo no transcurre. Ah, y no se quita nunca la gabardina. ¿Se protege, o se resiste a cortar con el pasado?
Entre las dunas aparece ahora también Popeye, el dibujado. Está sin terminar, y verlo doblándose como una cerilla por falta de piernas acabadas inspira lástima. Pero no mucha. Es sólo un dibujo.
Las novelas realistas son muy difíciles de escribir cuando sus personajes son verosímiles. ¿Por qué? Porque es muy difícil mantener el interés del lector por una realidad esencialmente tediosa. Es muy difícil conseguir que se sumerja en esa realidad imaginaria, apenas diferente de la suya, pero movida por poderosas pasiones más o menos subterráneas. Es el arte de decir sin expresar. Para un escritor, describir personajes movidos por emociones es muy difícil.
Cuando el escritor no sabe decir sin expresar, o expresar sin decir, su obra es una cursilería. Si los enamorados se declaran amor eterno con el menor pretexto, o incriminan al inevitable malvado de la historia con pelos y señales, estamos ante una telenovela. Donde los malos y los buenos, los aliados y los enemigos, son evidentes. Las telenovelas no son arte porque no tienen sutilezas. Son, a su manera, brutales; como la pornografía.
Todo esto es así porque las pasiones humanas son como un iceberg. La parte que dejamos ver es sólo la más manejable, la que nos permite relacionarnos con otros icebergs sin acabar en trifulca o en acaparamiento. Precisamente por eso se inventó el arte. Nadie quiere que el iceberg salga completamente a flote. Pesa demasiado. Es preferible evocarlo, aquietarlo como calmaríamos a un volcán siempre pugnando por descargar lava.
Es un poco freudiana la imagen del volcán, pero es necesaria porque los icebergs son fríos, y sólo los psicópatas tienen un iceberg en su glándula pineal. Esos no me interesan. Me interesa Ana Ozores, o el tío Goriot, o Huckleberry Finn. O Lolita, o Marlowe. O Julien Sorel. O incluso Elías Perera.
Todos ellos están ahora aquí, en esta pequeña fiesta improvisada junto a las dunas de la playa de mi infancia. Todos ellos son un símbolo de libertad. De la libertad de sus creadores y de la libertad de los que no se rinden. Porque sin libertad, digan lo que digan, la vida no vale nada. Salud, lector.
a las
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jueves, 16 de diciembre de 2021
Dejar en paz
Supongamos que mantiene usted una relación adúltera desde hace algún tiempo. Cierto día, le llegan por correo unas fotos comprometedoras. Resulta que su amante y usted se encontraban aquella noche en la cama de un hotel, más bien ligeros de ropa, cuando las fotos fueron tomadas, y no es posible dudar de lo que estaban haciendo.
Bajo las fotos lee usted un mensaje: "Sábado, 15.00 horas. Entrégueme 5.000 dólares, o enviaré estas fotos a su cónyuge. Un escalofrío recorre su espinazo. Si su cónyuge se entera, le pedirá el divorcio y terminará quedándose con el chalet aquel de la playa que a usted tanto sacrificio le costó pagar. De modo que decide ceder. "Para que me dejen en paz", razona usted. Y paga.
Sólo un mes después, las fotos vuelven a aparecer en su pantalla con una nueva exigencia: otros 5.000 dólares, o ... Usted suspira. Es un agobio, sí, pero si no paga no le van a dejar en paz. Y vuelve a pagar. Un mes después, copie usted este párrafo y péguelo a continuación. Y así sucesivamente.
¿Por qué sigue pagando? Bueno, en cada ocasión tiene usted la esperanza de que el chantajista le deje en paz ya de una vez. Pero ¿qué le hace pensar que ese chantajista va a renunciar a sus 5.000 dólares mensuales? Es más, ¿qué le hace pensar que no va a aumentar sus exigencias? Por evitar un divorcio, podría usted terminar divorciado y arruinado. Y sin el chalet de la playa.
¿Sigue usted pensando que lo mejor es ceder al chantaje "para que lo dejen a uno en paz"? Bueno, ya dijo Einstein que la estupidez consiste en intentar una y otra vez soluciones que nunca han funcionado esperando que a la siguiente sí que funcionen.
Si esa es su filosofía, le deseo mucha suerte. Y una butaca cómoda, para seguir esperando.
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martes, 7 de diciembre de 2021
Jornada 8
Pero algo raro está sucediendo. La montaña se mueve, tan despacio como un barco. Sus relieves se agrandan primero, hasta que Robinson acierta a distinguir las manchas erizadas de las palmeras decorando la costa, y unas horas después desaparecen por el sur, reducidos a un punto que se desvanece.
Entonces comprende. La isla en la que él creía haber naufragado no es una isla, sino un barco. Todos estos meses tratando de reconstruir una vida secuestrada por una tempestad, abrigando la ilusión de regresar algún día a ella, han sido en vano. El barco o isla en los que él creía ser náufrago son en realidad su vida. Una isla errante, fondeada ya en muchos puertos pero sin un lugar en el mapa. Una isla nómada, sin escapatoria posible, porque la circunferencia de la Tierra se cierra sobre sí misma.
Absorto en esos pensamientos, no se había dado cuenta de que ha empezado a llover. Llueve con furia, y los latigazos incesantes del agua han empezado a formar grandes charcos a su alrededor. Pero Robinson no se mueve. La lluvia pasará. Siempre pasa.
De pronto, un rayo de sol inesperado atraviesa sus párpados. Abre los ojos. Está empezando a amanecer. A lo lejos los pájaros extienden su sinfonía habitual sobre el paisaje y, bajo sus pies, la isla no se mueve.
Robinson respira hondo. Todo ha sido un sueño.
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domingo, 5 de diciembre de 2021
La teoría 'Superman'
Una de las preguntas que uno se hace desde meses atrás es: ¿cómo es posible que los políticos mientan tan flagrantemente o decreten leyes tan antidemocráticas sin que se les mueva una pestaña? No soy particularmente optimista respecto al género humano pero, hace no mucho tiempo, los políticos solían tener al menos algún atisbo de humanidad en sus venas.
¿O eso creíamos nosotros? No lo sé, pero, si lo tenían, han conseguido anestesiarlo.
¿Cómo?, se preguntarán ustedes. Lo acabo de averiguar gracias a la siguiente noticia. Resulta que en el Parlamento británico la policía ha hecho una investigación con perros rastreadores, entrenados para detectar dr0gas. De los 12 lugares investigados, los perros han detectado rastros de c0caIna en 11. En otras palabras, el Parlamento británico rebosa de Supermanes.
Sí, Supermanes. Si investigan ustedes los efectos de esa sustancia, leerán que genera una sensación de autoconfianza sobrehumana. Suficiente, en cualquier caso, para contrarrestar los más incómodos reparos morales. ¡Y a decretar!
Bueno, al menos esa es mi nueva teoría. Pónganse ustedes en su lugar. Recibe usted un discreto sobrecito, o una jugosa promesa, de alguna gran farmacéutica. ¿A cambio de qué? No importa. El sobrecito ha generado ya en su cerebro las suficientes endorfinas. Si queda en usted todavía algo de humanidad, tómese usted un respiro en los lavabos del Parlamento y dése una alegría suplementaria. ¿A que ahora sus votantes se transfiguran en hormigas?
Nadie se siente culpable por pisar hormigas, ¿verdad? Ya, ya sé que usted preferiría no pisarlas. Pero un paso en falso acá, un resbalón allá... Es inevitable, y en fin de cuentas ¿qué importa? Son sólo hormigas.
Tampoco sería la primera vez que una banda de paranoicos gobierna el mundo. Hay ejemplos sobrados. Pero, como lo mío es la literatura, prefiero recordar la aventura de don Quijote frente a los molinos de viento.
No eran gigantes.
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domingo, 14 de noviembre de 2021
Mucho ruido y poca ciencia
Un buen amigo me escribió el otro día una frase tremenda: "la ciencia es una de las cosas en las que he perdido la fe". Supongo que es una exageración dictada por alguna que otra amarga decepción, pero es muy reveladora. De hecho, yo mismo he llegado últimamente a una conclusión muy parecida. En particular, hay unas cuantas ciencias que contemplo con escepticismo desde hace algún tiempo.
Empiezo con la física. En este blog he escrito ya alguna vez que la física teórica está invadiendo alarmantemente el territorio de la metafísica. La teoría de cuerdas sigue sin ser verificable. El multiverso es una teoría fascinante, pero a quién le puede importar que existan o hayan existido infinitos universos paralelos si, por definición de paralelo, no tendremos nunca la posibilidad de comprobar su existencia.
El llamado 'modelo standard' explica admirablemente lo que alcanzamos a conocer de este universo... con algunas inquietantes excepciones. Viene sucediendo desde Aristóteles. Cada vez que los científicos afirman que todo está descubierto es cuando aparecen las primeras grietas en el edificio, y uno empieza a sospechar que el descubrimiento de nuevas teorías cada vez más profundas sólo podrá terminar cuando los experimentos alcancen niveles de energía suficientes para volar en pedazos el planeta Tierra o el sistema solar.
Abrigo todavía dudas respecto a la realidad real de los agujeros negros, y las pocas veces que he expuesto esas dudas mis interlocutores me han salido por los cerros de Úbeda. El misterio de la materia oscura, las rupturas de paridad o de simetría y la falta de una teoría que explique a la vez la relatividad y la mecánica cuántica son nubes oscuras en el firmamento de la física teórica, y al menos algunas de ellas amenazan tormenta.
Pero, mientras los aceleradores de partículas no sean capaces de crear el agujero negro o el cataclismo que se tragará definitivamente la Tierra, la física teórica seguirá siendo caviar intelectual para espíritus exquisitos. Mucho más inquietante que eso, más que nada porque empieza a afectar ya a nuestra vida cotidiana, es la nueva superstición del cambio climático.
También he escrito ya en este blog sobre ese tema, de modo que no me extenderé mucho. Baste decir ahora que un modelo no es ciencia hasta que es comprobado experimentalmente. Y exhaustivamente. Los modelos del IPCC, en los que ha colaborado una legión de meteorólogos del tercer mundo con familias que mantener, fallan en sus predicciones retrospectivas, llevan cuarenta años haciendo predicciones incumplidas y carecen abrumadoramente de datos espaciales e históricos para resolver un problema que es matemáticamente insoluble.
La propaganda oficial nos explica que la superstición del cambio climático está basada en el consenso. Para empezar, la ciencia no está basada en el consenso, sino en el disenso. Las teorías tienen que ser criticables, y sólo la experimentación puede confirmar una teoría. O un 'modelo'. Pero es que además el consenso es completamente falso. Hay miles de climatólogos que disienten de las conclusiones del IPCC; sólo que no salen en los periódicos.
Empieza a ser ya el pan nuestro de cada día. Nadie sabe si en algún lugar del mundo unos millonarios psicópatas o borrachos han creado secretamente un Ministerio de la Verdad, como profetizó George Orwell en '1984', pero lo que es indiscutible es que la verdad oficial (a) es mentira y (b) es la única verdad aceptada oficialmente.
Mi farmacéutico, por ejemplo, no sabía que en Japón e India están erradicando ese virus misterioso simplemente con ivermectina. La inmensa mayoría de la población española no tiene ni idea de que medio mundo está en este momento bajo la bota del nazismo (no, no estoy usando una metáfora) y muchos padres van a sacrificar a sus hijos sin saberlo, gracias a una campaña de propaganda mundial que convierte a Göbbels en un pobre aficionado, y a los NoDos del franquismo en novelas de Émile Zola.
Pasaré de puntillas sobre el tema del virus, para evitar la censura del Ministerio de la Verdad o quizá algo peor. También lo he tratado más que ampliamente en otras entregas de este blog, igual que el circo de los estudios epidemiológicos. Por mi parte, no me han hecho nunca una analítica de colesterol, bebo vino, café y whiskey, he vuelto a fumar, me he pasado a la leche entera, como diariamente embutidos y quesos franceses y no echo a correr ni para coger el autobús. Y me encuentro estupendamente.
Le he dado muchas vueltas al problema de la ciencia contemporánea o, más bien, a lo que ahora llaman 'ciencia'. No me creo capaz de hacer un diagnóstico completo, pero hay un par de fenómenos que no me han pasado inadvertidos.
Uno es la burocratización. Las universidades vomitan (sic) todos los años miles de licenciados, cada vez en mayor número y cada vez peor preparados. No todos son necesarios, y más de uno termina trabajando de operador telefónico o de camarero, pero las universidades, estatales o privadas, son un buen negocio, y llega un punto en que el científico o el historiador de vocación se ven engullidos por una masificación que no entiende de vocaciones. La valía intelectual empieza a ser un criterio en extinción, y el aflujo de mediocres termina creando lo que todos los mediocres han creado siempre: burocracia.
Otro fenómeno decisivo ha sido la penetración de las ideologías en las universidades. En ausencia de crítica, las ideologías se engordan a sí mismas, y en la pugna por ser el más catequista se llega a extremos psicopáticos, como es fácil comprobar si uno lee las noticias. Sí, de lo que estoy hablando es de la decadencia de Occidente.
Hace poco descubrí una universidad del Reino Unido en la que todos los proyectos de investigación, tanto de letras como de ciencias, eran ideológicos. Puede parecer difícil analizar la caída de una manzana desde la perspectiva de género, de la crisis climática y de la supremacía de la raza blanca, pero estamos sólo a un paso de conseguirlo, si es que alguien no lo ha conseguido ya.
No sé si con todo esto he aportado algo a la comprensión de la realidad histórica contemporánea, pero por lo menos me he desahogado. Y quizá algún historiador del siglo XXIV, si es que para entonces todavía existe el sistema solar, me lea con interés desde algún gulag de experimentación genética en las llanuras rojas del planeta Marte. Los demás, mientras podáis, id disfrutando del NoDo.
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a las
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sábado, 13 de noviembre de 2021
Jornada 7
No pide mucho. Sólo recuperar el contacto con la naturaleza y la calma de la vida contemplativa. La que vivió de niño en una playa ondulada por dunas deslumbrantes, o la que lo aquietó hace muchos años en una isla del Mediterráneo, escuchando el aserrar persistente de cigarras lejanas y dejando resbalar su mirada por las cabelleras de los pinos que tapizaban el valle.
En la isla desierta que ahora habita no hay árboles frutales. Tenerlos sería el colmo de su felicidad.
Tal vez algún día una racha de viento inverosímil le traiga las semillas que tanto desea ver germinar.
O tal vez algún día algún barco improbable lo rescate...
a las
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domingo, 7 de noviembre de 2021
Los ricos y los tontos
Pero el fascismo tiene dos caras: una, los pastores; otra, los borregos. Con esto no digo que todos los borregos sean crédulos, o tontos. Muchos de ellos, la mayoría, lo son. Otros son indiferentes, quizá porque no le piden a la vida mucho más que un plato de lentejas. O un móvil y un tatuaje de moda. Pero unos cuantos, los suficientes, callan por miedo y prefieren consentir.
Esos, naturalmente, son los peores porque, si ellos no callaran, los crédulos y los tontos abrirían los ojos a la realidad. No, esos que callan no son esclavos inocentes. Son cómplices. Los crédulos y los tontos, de buena fe, confían en ellos. Esperan de ellos que velen por su salud, por su seguridad, por su igualdad ante la ley. Entre los ahorcados tras los juicios de Nuremberg había unos cuantos y, por cierto, de nada les sirvió escudarse en la "obediencia debida".
Hace poco averigüé los beneficios que cierta empresa farmacéutica muy conocida esperaba obtener este año: 36 000 millones de dólares. En un solo año. Y lo primero que pensé es que 36 000 millones de dólares dan para mucho.
¿Para cuánto, exactamente?
Veamos. Para pequeñas componendas los negocios sucios pueden ser un recurso aceptable, pero para negocios en gran escala son arriesgados. Pueden terminar saliendo a la luz, y los juicios de Nuremberg son un precedente inquietante. Seamos realistas. Es preferible crear una fundación supuestamente filantrópica y repartir 'estímulos' entre los sectores de la sociedad que más nos convienen. No es difícil. Uno siempre encuentra a algún puñado de paranoicos o de imbéciles que creen en alguna crisis climática, en alguna epidemia devastadora o en las virtudes del colectivismo.
Aunque sean pocos. No importa. Bastará con conseguir que salgan en los noticieros. ¿Y cómo se consigue eso? Con generosidad, hombre. A ninguna revista científica le disgusta que le compren cada mes unos cuantos miles de ejemplares de sus publicaciones, o que incluyan a su director en algún consejo de administración. Tampoco a los políticos les molestan los cargos honoríficos en empresas privadas. Es más, les agradan. Y los medios de comunicación, que desde la desaparición del papel están al borde de la ruina, estarán encantados de recibir un empujoncito de fundaciones dedicadas a fines tan nobles como la igualdad, la salud, el medio ambiente, los niños o la pobreza.
Sí, 36 000 millones de dólares dan para mucho. Por ejemplo, un millón de dólares para 6 000 personas. O 500 000 dólares para 12 000. O, si me apuran, 100 000 dólares para 60 000 estómagos agradecidos, y todavía le quedan a uno 30 000 milloncetes limpios, que no están nada mal.
Además, pensemos que esas 60 000 personas no tienen por qué estar concentradas en un solo país. Pueden estar distribuidas, por ejemplo, entre cien países, a 600 personas por país. Piense usted en lo que se puede conseguir 'ayudando' con 100 000 dólares a 600 personas en puestos clave de un solo país. ¿No es suficiente? No importa. Multipliquemos por dos: 1 200 personas por país, y todavía nos quedan 24 000 millones limpios de beneficio.
¿Dónde está el límite? Hay mucho margen. Entre ganar cero dólares con un producto inútil y dañino que nadie compraría y ganar, digamos, sólo seis mil millones de dólares, quién dudaría. 'Donamos' generosamente 100 000 dólares a tres mil personas en cada país y todavía nos embolsamos una pasta. En un país como España, por ejemplo, tres mil estómagos agradecidos darían mucho juego.
Así que, con cifras como esas y con un puñado de psicópatas en el vértice de la pirámide, el fascismo (o el comunismo) es pan comido. Y, para dormir, a contar ovejas.
a las
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