martes, 23 de diciembre de 2008

Fiascos

Puede que yo esté equivocado, pero el siglo XXI podría pasar a la Historia como el siglo de los grandes fiascos.

El cambio climático, falsa denominación que en realidad debería enunciarse como 'cambio climático antropogénico' (el clima nunca ha sido estático) podría ser el más estruendoso. Para empezar, no es una realidad comprobada, sino el resultado de ciertas proyecciones. Y estas proyecciones están basadas en un volumen de datos inaceptablemente representativo, y en un ramillete de escenarios no mucho más fundamentados que las profecías de Nostradamus. Es más: el generoso volumen de fondos destinado a estas investigaciones y, cerrando el círculo, el sospechoso empeño de los investigadores por influir en los responsables de políticas y en los medios de comunicación ponen seriamente en duda la objetividad de esas proyecciones. Por no hablar ya de las simpatías allegadas de organizaciones de izquierdas, huérfanas de causas que justifiquen su empeño en llevar sistemáticamente la contraria a quienes les disputan el poder.

¿Cambia el clima? Desde que el mundo es mundo. ¿Lo estamos alterando con nuestra proliferación fabril de especie sin predadores? Existiendo el efecto mariposa, sería absurdo pensar que no. Pero ¿cómo identificar ese cambio? ¿Alguien puede explicarme cómo habría sido el planeta sin nosotros? ¿Cómo nos abasteceremos de energía cuando se acabe el petróleo? ¿Cuántas burbujas económicas volverá a haber? ¿Con qué frecuencia? ¿Cuántos meteoritos gigantes caerán, y cuándo? Etcétera, etcétera. Demasiados etcéteras y demasiadas incógnitas para no recordar desalentadoramente las predicciones de Nostradamus.

Recientemente, Lee Smolin ha observado también síntomas sospechosos, y en ciertos aspectos similares, en el terreno de la física teórica. ¿Es verificable la teoría de cuerdas? Nunca antes tantos cerebros brillantes se habían centrado al mismo tiempo en un problema específico. Treinta años de empeño de los mejores cerebros del planeta son muchos años, y también muchos cerebros. El antecedente histórico más evidente fue la búsqueda de la piedra filosofal. Y todos sabemos cómo terminó. La ciencia nunca dio sus pasos más gloriosos con zapatos de funcionario. Einstein lo fue, pero la teoría de la relatividad nació no de la Oficina de Patentes de Zurich, sino a pesar de ella.

Otro empeño tan ambicioso como la búsqueda del Santo Grial: el esfuerzo de las ciencias cognitivas por reproducir el funcionamiento del cerebro, e incluso -sea lo que sea tal concepto- la conciencia. No me parece mal. Lo que me parece más desencaminado es la vía emprendida para alcanzar ese fin. El psiquiatra Giulio Tononi asegura haber construido una definición de 'complejidad' que permite medir objetivamente "en qué medida el funcionamiento del cerebro está compuesto de funciones". La escuela anglosajona, siempre empeñada en clasificar los conceptos en cajitas... ¿Cómo definir la 'funcionalidad' del cerebro sin caer en interpretaciones? ¿No sería más objetivo hablar simplemente de 'procesos'? Queridos psico-clasificólogos: ya es poco digerible que el hijo de la araña A nazca de repente sabiendo tejer complejas redes simétricas que A era incapaz de tejer. Pero menos digerible todavía es la idea de que, accidentalmente, sus genes han sacado esa 'funcion' de una chistera llena de casualidades.

Un análisis mucho más profundo de los procesos mentales ayudaría quizá a encontrar unas bases más elementales y más objetivas (¿alguien ha dicho 'la geometría'?) con las que explicar, de una misma tacada, la semántica y la sintaxis del lenguaje natural, y la estructura del pensamiento en la mente humana (¿y por qué no, generalizando aún más, en la mente animal?). Y, de paso, quizá incluso la teoría de Darwin. En otras palabras, cómo es posible aprender, dando palos de ciego, a urdir una tela de araña.

Pero, atención: tendremos que explicar también por qué nos cuesta tanto creer que un chimpancé inmortal golpeando un teclado llegue algún día a escribir la ley de arrendamientos urbanos.

Hay algo que conviene no olvidar. La ciencia es simplemente un iceberg, bajo cuya cúspide se oculta una ingente acumulación de palos de ciego que raramente afloran a la superficie. ¿La historia del pensamiento no será en realidad un péndulo que oscila eternamente entre el racionalismo intransigente y la metafísica sufí?

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jueves, 20 de noviembre de 2008

Lingüística para tontos VI - Estructuras semánticas

(Comienzo)

Los ejemplos más simples de conceptos ambiguos son las categorías. Desambiguar una categoría es fácil: basta con decidirse por uno de sus ejemplares. Y la ganancia de información es también inmediata:

color azul/rojo/verde/… -> color rojo

Conforme a la simbología que venimos utilizando, ¿deberíamos, pues, escribir 'color + rojo' para representar este proceso? No, porque 'rojo' es un caso particular de 'color', y no una cualidad, como sucedería si escribiéramos 'color + alegre'. La palabra ‘alegre’ nos sirve para desambiguar la categoría ‘color’, pero no es en sí misma un color, sino que pertenece a una categoría diferente (alegre/triste/…). Al escribir la palabra 'rojo' a continuación de 'color' estamos invocando directamente la relación entre una categoría y uno de sus ejemplares. Para diferenciar esta nueva relación de la anterior utilizaremos un nuevo símbolo, δ.

En resumidas cuentas, hemos identificado ya dos procesos diferentes:

C δ I desambiguación directa de una categoría (color δ rojo)
C + I desambiguación indirecta mediante una categoría ajena (color + alegre)

En la práctica, sin embargo, pronto tendremos que hacer frente a fórmulas muy complejas. De modo que, por razones simplemente prácticas, escribiremos preferentemente C(I) para designar la relación -o, dinámicamente hablando, el proceso- de desambiguación ‘categoría δ ejemplar’. Por lo tanto, a partir de ahora color δ rojo y color(rojo) describirán exactamente la misma relación.

Es importante señalar que en estas dos expresiones C(I), C + I, cualquiera de los símbolos C o I pueden estar ‘vacíos’. Si escribimos simplemente C(rojo), nuestro interlocutor deberá recurrir a su propia estructura de conceptos para decidir si esa C denota colores o adscripciones políticas. Por otra parte, escribiendo color(x), o color + x, estamos invocando la posibilidad de desambiguar la categoría ‘color’. En otras palabras, estamos dando a entender que los símbolos que emitimos (y en particular los símbolos que denotan relaciones) se enmarcan en un proceso de desambiguación, Es decir, de información. Es decir, de comunicación.

Naturalmente, no todos los conceptos son tan simples como las categorías. La mayoría de los conceptos son, en realidad, una combinación de categorías. Es decir, una supercategoría.

Imaginemos un ejemplo. Acabamos de acudir a la asociación de padres solteros de nuestra ciudad con la intención de afiliarnos. El recepcionista nos entrega amablemente un formulario, y nosotros nos disponemos a rellenarlo allí mismo. Entre tanto, a un lado del mostrador, vemos amontonados una pila de formularios iguales al nuestro, que otros afiliados han rellenado ya. ¿Podríamos considerar que nuestro formulario en blanco es una categoría y que aquellos otros, ya rellenados, son ejemplares de esa categoría? Podríamos. De hecho, nos bastaría con señalar uno cualquiera de ellos para 'desambiguar' inmediatamente el contenido del formulario en blanco.

Pero, en cuanto empezamos a rellenarlo, comprendemos que nuestro formulario es en realidad una combinación de diferentes categorías: Nombre, Edad, Dirección, Teléfono, Fecha… Utilizando la notación que acabamos de definir, podríamos representar el formulario en blanco mediante la expresión:

Formulario(x) = Nombre(n) · Edad(e) · Dirección(d) · Teléfono(t) … (3)

donde hemos utilizado el símbolo ‘·’ para representar el ‘pegamento’ que une todas estas categorías como elementos de los que se compone nuestro formulario.

Una vez rellenado, lo entregamos al recepcionista, que lo añade a la pila de solicitudes de inscripción. Si todos los datos que figuran en aquellas solicitudes son fidedignos, será imposible que haya dos formularios exactamente iguales. Es decir, no podrá haber dos formularios que contengan exactamente las mismas 'cualidades'. Por consiguiente, para referirnos a cualquiera de ellos podemos tomar como punto de partida el formulario en blanco para, a continuación, ir añadiendo, una a una, diferentes 'cualidades' –en el peor de los casos, todas-, hasta que la ambigüedad desaparezca:

Formulario(x) + Nombre(Luis López Smith)
Formulario(x) + Edad(42) + Profesión(pintor) + …

Si analizamos estas expresiones veremos que, en realidad, hemos utilizando el símbolo + en un sentido genérico. Realmente, lo que queríamos denotar mediante este símbolo es algo así como: "Toma el formulario en blanco, dirígete a la casilla que te voy a indicar a continuación, y rellénala con el dato que también te indicaré a continuación". Y es que para poder desambiguar un formulario necesitamos una instrucción que nos permita localizar una u otra de sus casillas antes de rellenarlas.

Es evidente que las instrucciones para localizar, por ejemplo, la casilla Edad no pueden ser las mismas que para localizar la casilla Nombre. Hay, pues, tantos casos particulares del símbolo + como casillas contiene nuestro formulario, y a cada uno de esos casos podemos asociar un único símbolo (r1, r2, r3, etc.) que relaciona la supercategoría Formulario(x) con cada una de las categorías que la componen. De hecho, el conjunto de esas relaciones es precisamente lo que define la estructura del formulario:

Formulario r1 Nombre
Formulario r2 Edad
Formulario r3 Profesión


Estas expresiones son unidimensionales pero, si las ensamblamos sobre la superficie de un papel, veremos que describen también una compleja red de relaciones. Ésta es precisamente la dualidad que permite al lenguaje transmitir información. Por una parte, necesitamos un 'paisaje' que congregue todos los elementos de información que vamos acumulando. Y, por otra parte, necesitamos ser capaces de localizar, con unas pocas instrucciones, cualquiera de esos elementos para agregarles nueva información (recordemos: dónde colocar nuevos ladrillos, y qué ladrillos colocar).

Topológicamente hablando, un formulario -es decir, un dibujo esquemático sobre una hoja de papel- no es otra cosa que una estructura en dos dimensiones. Al funcionario que lo tramite tal vez no le haga mucha gracia pero, si cuidamos de que las líneas del formulario no se fundan unas con otras ni se rompan, podemos deformar el dibujo tanto como queramos sin que nuestra representación del formulario pierda esencialmente validez: aquello que lo diferencia de cualquier otro formulario es, además de sus categorías, su estructura.

De este análisis se desprende que la expresión (3) no está suficientemente definida, ya que no nos permite saber, por ejemplo, si la casilla Nombre(x) está situada en la cabecera del formulario o en otro lugar diferente. Para describir un formulario necesitamos, además de un conjunto de categorías, un conjunto de instrucciones -visuales, táctiles o geométricas- que nos permita construir sin ambigüedad el formulario que tenemos en mente, o cualquier otro topológicamente idéntico a él. En otras palabras, necesitamos conocer la estructura del formulario.

Tenemos, pues, que ampliar la definición de una supercategoría F. La representaremos ahora en la forma:

F = C·C'·C''…(x, x, x, …)S (4)

donde S es la estructura de F (o, lo que es lo mismo, cualquier conjunto de instrucciones que nos permita construir F u otra supercategoría topológicamente idéntica a ella). Si desambiguamos ahora F mediante un ejemplar I de la categoría C'', obtendremos un 'formulario' un poco más específico que el formulario en blanco:

Nombre·Edad·Profesión(x, x, x, …)S + Edad(42) = Nombre·Edad·Profesión(x, 42, x, …)S

lo cual equivaldría a rellenar el dato 42 en la casilla Edad. En términos generales:

C'·C''·C'''…(x, x, x, …)S + C''(I) = C'·C''·C'''…(x, I, x, …)S

En otras palabras, cuando C'' es una de las categorías componentes de la supercategoría F(…, x, …)S, el ejemplar C''(I) desambigua F integrándose en ésta, y produce una expresión F(…, I, …)S menos genérica, es decir, más 'localizada'.

Hasta ahora hemos hablado únicamente de relaciones entre una supercategoría y las categorías que la componen. Sin embargo, podemos desambiguar también la supercategoría F utilizando categorías ‘extrínsecas’. Si suponemos, por ejemplo, que F es la categoría de todos los formularios rellenados por los afiliados a nuestra asociación, podríamos desambiguarla también escribiendo:

F + C1(arrugado)
F + C2(París)

Aquí, las categorías C1 y C2 son decididamente categorías ‘externas’ a F. Es evidente que, si a F le quitamos la casilla Edad, no podrá ser el mismo formulario que nosotros acabamos de firmar. Pero, si todas las casillas están en su sitio, no dejará de ser F por mucho que lo arruguemos o que lo traslademos de una ciudad a otra.

El símbolo + no representará ahora una relación entre F y una de sus categorías componentes, sino una relación entre F y una categoría que no pertenece a F. Por lo tanto, C no puede ya integrarse en la estructura de F.

Sin embargo, nada nos impide combinarla con F y construir, de ese modo, una nueva supercategoría:

F·C(x, París)S'

donde S' representará ahora la combinación de S con la estructura de la categoría C.

Hasta ahora hemos manejado únicamente estructuras asociadas a supercategorías. Es decir, estructuras complejas. Pero, ¿qué tipo de estructura tienen las categorías simples?

Me temo que la respuesta a esta pregunta se va a quedar para el próximo capítulo. La experiencia me ha demostrado que algunas comidas hay que digerirlas lentamente.

(Continuación)


martes, 4 de noviembre de 2008

Bulbos de tulipán


En sólo tres años (1634-1637), Holanda vivió un episodio de fe demoledor.

Todas las religiones tienen un componente de fe: Dios nos premiará o nos castigará según nos comportemos. Pero lo hará en un futuro imposible de verificar: el más allá. Tal vez por eso las religiones han sobrevivido tantos siglos: la fe que las sostiene es, por definición, una expectación constante. Un tantra yoga que estira interminablemente el ascenso a la cumbre y, al hacerlo, convierte un golpe de percepción en un estado.

Pero la fe de Holanda era a corto plazo. Se trataba, simplemente, de enriquecerse.

Los tulipanes llegaron a los Países Bajos en 1593. Eran un producto exótico que venía de Turquía. Un capricho caro. Cierto día, alguien descubrió entre sus tulipanes una variedad especialmente original: sus pétalos aparecían vistosamente flameados con manchas de colores. En realidad, aquellos tulipanes habían contraído una enfermedad benigna causada por un virus que afecta a especies vegetales tan diversas como el tabaco, la lechuga o la rosa: 'el virus del mosaico'.

Era un capricho dentro de otro capricho. El precio de los tulipanes 'flameados' subió, y los vendedores empezaron a ver en aquellas flores vistosas una oportunidad de enriquecerse. No sólo los vendedores. Al ver la rapidez con que subían los precios, muchos otros holandeses empezaron a comprar bulbos de tulipán. Parecía una buena inversión.

El empujón final vino con el invierno. Terminada la temporada de cultivo, había que acumular bulbos para la primavera, y en el mercado especulativo el preciado producto empezó a escasear. Los precios se dispararon. Ahora ya todo el país se lanzaba a una compra frenética del nuevo oro. Hasta los más prudentes dudaban. Se vendían casas y terrenos para comprar los codiciados bulbos, se invertían los ahorros de toda una vida. En un solo mes, el precio de un bulbo de tulipán se multiplicó por veinte. El mercado interior se quedaba pequeño. Ahora Holanda exportaría sus bulbos a otros países y en pocos años, tal vez, el nuevo imperio económico neerlandés dominaría el mundo. Los castillos de naipes crecían y crecían en la fantasía de los compradores. La fe se hizo endémica, y llegó un momento en que con un solo tulipán era posible comprar una casa.

Hasta que, un día, los más sensatos empezaron a sentirse incómodos con todo aquel dinero nominal que nadie quería convertir en moneda por temor a perderse la siguiente subida. Más valía pájaro en mano que ciento volando. Y empezaron a vender.

El aumento de los precios no era ya vertiginoso, y algunos empezaron a sentir miedo. Tal vez, al fin y al cabo, su riqueza no aumentaría eternamente. Más valía, pues, vender ahora, por lo que pudiera pasar. Pero el cambio de tendencia se convirtió en estampida. Cuantos más acudían a vender, más aprisa caía el valor de los tulipanes. Y pocos estaban ya dispuestos a comprar.

La realidad volvía a ser nítida, y muchos se dieron cuenta de que habían cambiado todas sus posesiones por un puñado de cebollas. De hecho, al final de la caída un bulbo de tulipán no valía en el mercado ni más ni menos que eso: una cebolla. De la mano del pánico venía la ruina.

Fue una ruina que se extendió por todo el país, y que afectó también no sólo a quienes habían sabido vender a tiempo, sino a los pocos que se habían resistido a creer en el milagro y habían preferido conservar sus bienes. La economía nacional se vino abajo, y la triste consecuencia de aquel espejismo fue… una depresión económica.

Lo cual parece sugerir que la fe no siempre es recomendable. Pero, ¿cuándo lo es? Es evidente que, en nuestro cerebro, la fe no está relacionada con el sentido crítico, y que las creencias de la masa influyen fuertemente en las convicciones personales. En mayor o menor medida, querámoslo o no, todos los seres humanos somos en parte persona, y en parte masa. Y, cuando nuestro entorno es un río poderoso que fluye en una dirección, nadar contra la corriente puede llegar a ser un calvario.

Galileo sabía mucho de esto, pero no fue el único. Stefan Zweig se opuso vehementemente a la primera guerra mundial para, seguidamente, ver desaparecer de su vida, uno a uno, a aquellos que hasta entonces había creído sus amigos. Y en Europa la sentencia 'Aristoteles dixit' tardó siglos en dejar de ser la demostración irrefutable de muchas teorías (falsas). El concepto de 'ateo' apareció en la Grecia clásica tarde, en el siglo V antes de nuestra era, y significa 'el que no cree'. Se supone, pues, que lo natural es creer.

Es cierto que, si nunca hubiera habido 'ovejas negras' que se negaran a comulgar con ruedas de molino, probablemente yo estaría ahora escribiendo esto con un trozo de sílex en las paredes de una cueva, pero también los rebeldes se han equivocado muchas veces. Goethe creyó haber refutado a Newton cuando lo único que estaba haciendo era un ridículo grotesco. Y el propio Newton, primer gran ariete que consiguió resquebrajar la temible fortaleza aristotélica, escribió muchas más páginas sobre alquimia que sobre óptica, teoría gravitatoria o análisis matemático juntas.

Vistas así las cosas, las convicciones de los seres humanos parecen moverse en un terreno mucho más pantanoso de lo que uno a primera vista creería. Contagiados sin querer de la fiebre posesiva de bulbos de tulipán, de la 'ola' humana que recorre las gradas de los estadios de football, de paradas militares que podrían preludiar incluso nuestra propia destrucción, de los gritos desaforados de parranderos borrachos que se creen los amos del mundo, o fascinados por una falsa intuición matemática, por las resonancias ocultas de la cábala, por códigos da Vinci o por relatos de extraterrestres, tal vez ninguno estamos libres de esa necesidad incomprensible que llamamos fe.

Tal vez por eso el sentido crítico, apasionado y absurdo cuando está movido por emociones pero inmutable y despiadado cuando -quizá por un golpe de suerte- coincide con la realidad, es una de las verdaderas marcas distintivas del verdadero ser humano.
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viernes, 24 de octubre de 2008

Dos noticias recientes

Los servicios de seguridad de no sé qué aeropuerto han puesto en marcha un sistema de visualización que 'desnuda' a los pasajeros antes de entrar a los aviones para cerciorarse de que no llevan armas. Por el momento, funciona sólo a título experimental y voluntario. Los legisladores de la UE lo han dejado, de momento, en suspenso, porque tienen 'dudas' sobre la legitimidad del nuevo sistema. ¡Dudas! La noticia es ya de por sí deprimente, pero lo que me produce terror son las respuestas de personas entrevistadas por la calle, seleccionadas, nunca se sabe con qué criterio, por una emisora española de televisión basura (y disculpen la redundancia).

Pues bien, la inmensa mayoría de los entrevistados se declaraban conformes con la nueva medida de seguridad. Debo aclarar que los entrevistados no eran ovejas, o bueyes castrados, sino seres humanos. Algunos, incluso, respondían sonrientes. "Si es por seguridad..." Big Brother, Big Brother, estás ya a la vuelta de la esquina.

La cosa se está poniendo fea. Se suponía que el ciudadano de un país democrático es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Entonces, ¿por qué someternos siquiera a un control de metales? ¿De qué se me acusa, agente? ¿Acaso soy sospechoso de algo por el simple hecho de querer viajar en avión? Pues resulta que ahora no les basta con someterme a una cola ignominiosa, con obligarme a apartar mis objetos metálicos y mi computadora, quitarme el cinturón, descalzarme, levantar los brazos y separar las piernas para dejarme cachear, humillarme como un borrego más de un dócil rebaño. No. Ahora, además, quieren desnudarme en una pantalla. Quieren estar seguros de que, como dice la ley, no soy sospechoso de nada mientras no se demuestre lo contrario.

En unos pocos años, un puñado de asesinos medievales ha conseguido convertir en sospechosos a millones de personas todos los días. Si el terrorismo fuera una guerra, hace ya tiempo que la habríamos perdido.

Segunda noticia: investigadores de Georgia, Estados Unidos, han conseguido borrar selectivamente recuerdos presentes en la memoria... de ratones, por el momento. El futuro es, no ya preocupante, sino aterrador. El ser humano tiene una cualidad que lo diferencia radicalmente del resto de la fauna planetaria: todo aquello que algún ser humano ha sido alguna vez capaz de concebir será algún día realidad. Guerras apocalípticas, bombas atómicas, modalidades de tortura, Auschwitz, perversiones sexuales, drogas sofisticadas, robos cinematográficos, la cima del Everest o el Polo Norte, surfistas en caída libre, submarinos, batiscafos, globos tripulados, hombres rana, aviones que vuelan como los pájaros, satélites artificiales, misiones a Marte, hornos de microondas, robots, hologramas, trances místicos, vudúes, juegos fantásticos o muñecas hinchables. Todos los inventos de Leonardo da Vinci, todas las novelas de Jules Verne, de Ray Bradbury o de H. G. Wells. ¿Fahrenheit 451? ¿Terminator? ¿La isla del Doctor Moreau? ¿Un mundo feliz? Tranquilos: si no han llegado aún, no tardarán. Es una ley infalibe: todo lo que algún ser humano ha podido alguna vez imaginar terminará algún día siendo realidad.

Quién iba a decirte en 1984, Big Brother, que tardarías tan poco tiempo en llegar.

Y lo peor de todo: con una sonrisa.



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domingo, 19 de octubre de 2008

Computer

La palabra utilizada en España para designar un 'computer' es 'ordenador', traducción literal del francés 'ordinateur'. Presumiblemente, esta palabra tiene relación con la idea de 'poner orden', pero no es 'ordonnateur', como parecería natural. Quizá merece la pena averiguar la etimología de 'ordinateur':

En 1954, la sociedad IBM France buscaba un término francés para designar una nueva máquina electrónica suya, destinada específicamente al procesamiento de información. Un directivo de IBM aconsejó, pues, consultar a un antiguo profesor suyo, Jacques Perret, titular de la cátedra de filología latina en la Sorbona. El profesor Perret respondió el 16 de abril con un extenso análisis de las posibilidades que él contemplaba. Tras descartar systémateur, combinateur, congesteur, digesteur y synthétiseur, expresó su preferencia por 'ordinateur', que tenía antaño el significado de "personne qui dispose, qui règle selon un ordre". El vocablo tenía connotación religiosa. El diccionario Littré recogía 'ordinateur' como "Dieu qui met de l'ordre dans le monde".

A la vista de los términos que descartó, por razones simplemente prácticas, no parece que Monsieur Perret entendiera exactamente lo que es un computador. En cualquier caso, lo que no aclaró es por qué había que eludir en francés el verbo 'computer'. ¿Quizá, como se sospecha también en el caso del español, por la proximidad con la palabra 'pute'?

El latín 'putare' significaba originalmente 'podar' (que no es sino una corrupción de 'putare') y, en sentido general, 'quitar estorbos', 'simplificar'. Aplicado a las cuentas, vino a significar algo así como nuestro coloquial 'hacer números'. El prefijo 'com-' es intensivo, como en 'comprimir', lo cual nos da algo así como 'aplicarse a hacer números'. Esta fue probablemente la razón de que el uso más antiguo conocido de la palabra computer (1646) designara una persona que hace cálculos matemáticos, y de que los primeros ingenieros utilizaran ese término para denominar las primeras calculadoras mecánicas (1897).

En español, las dos acepciones de 'computar' que describe el DRAE son bastante desafortunadas:

1. tr. Contar o calcular por números algo, principalmente los años, tiempos y edades.

Como no entiendo qué se quiere decir con 'principalmente', acudo al propio DRAE, que me da dos acepciones:

1 - Primeramente, antes que todo, con antelación o preferencia
2 - Fundamental o esencialmente

Si me acojo a la primera acepción, debo entender que los años, tiempos y edades tienen algún tipo de primacía o preferencia. Pero ¿respecto a qué? ¿Computar las fases de la luna es menos computar que computar los años que tardará en volver a ser eclipsada por el sol?

Si me acojo a la segunda acepción, la definición de 'computar' podría completarse, por simple lógica, con una implicación: "Contar o calcular por números algo, esencialmente los años, tiempos y edades... y accesoriamente otras cosas". No está muy claro qué cosas puede uno contar o calcular por números accesoriamente sin salirse de la definición de 'computar'.

La única interpretación de 'principalmente' que me parecería aceptable es 'más habitualmente', que, por ser una propiedad circunstancial, puede ser excluida del concepto abstracto. De modo que me quedo con 'contar o calcular', que naturalmente no es lo mismo... excepto, quizá, con ayuda de un ábaco. Como definición, pues, parece un poco primitiva, pero la podríamos mejorar sustituyéndola por 'obtener un resultado numérico mediante números'. Si esos números son binarios, la definición describe bastante acertadamente la idea de computador digital.

La segunda acepción:

2. tr. Tomar en cuenta, ya sea en general, ya de manera determinada. U. t. c. prnl. Se computan los años de servicio en otros cuerpos. Los partidos ganados se computan con dos puntos

se acerca más al sentido de 'medir' o 'valorar', es decir, asignar elementos de una escala o esquema cuantitativo o de valores a conceptos que admiten o algún tipo de gradación, o el esquema implícitamente asignado.Y, sin embargo, esto es precisamente lo que hacen los computadores neuronales.

Entonces, ¿por qué 'ordiner' no es una buena traducción de 'to compute'? ¿Existe alguna manera de computar sin necesidad de ordenar? Sí: utilizando computadores analógicos. Teóricamente, incluso, sería posible concebir un computador que obtuviese resultados basándose en la teoría del caos.

En cuyo caso, tendríamos un 'ordenador' que computa... 'desordenando'.

domingo, 31 de agosto de 2008

A vueltas con la cultura

Yo quería escribir hoy algo sobre el amor, pero justo antes de ponerme manos a la obra acabo de leer la última anotación del blog de mi -quiéralo él o no- apreciado amigo Ernesto, y me ha estimulado a poner mi granito de arena.

El artículo de Ernesto es muy interesante. Lo que más me ha gustado ha sido esa clasificación suya entre el 'saber qué' y el 'saber cómo' para dilucidar el concepto de cultura. Para mi sorpresa, la RAE da dos definiciones de la palabra que me parecen bastante buenas:

2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Me parece claro que la acepción 2 responde al 'qué', mientras que la 3 refleja bastante bien el 'cómo'. Pero la definición que más me gusta es, en realidad, la primera:

1. f. cultivo

El significado de la palabra 'cultura' fue el tema de la primera conferencia pública que pronuncié, con ocasión de una entrega de premios. En aquellos años lejanos de la Transición yo había decidido inscribirme en la Asociación de Vecinos de mi barrio, en la sección de Cultura, que, según me habían dicho, estaba por aquel entonces gestionada por los anarquistas. Cultura sin mediatizar, sin obediencias políticas ni ánimo de lucro: aquello era lo que yo estaba buscando.

Precisamente el día en que me fui a inscribir había una asamblea general de la Asociación. Me invitaron a asistir, y yo acepté. En el preciso momento en que me incorporé a la asamblea, un representante de la sección de Cultura anunciaba que los anarquistas se marchaban en bloque de la Asociación. La sección de Cultura se quedaba, por consiguiente, desatendida. Desalentado en un principio por la estampida, que me había dejado solo, en seguida comprendí que aquella situación era en realidad una bicoca, y me puse yo solo a reorganizar la sección, prácticamente desde cero.

Se me ocurrió convocar un concurso de cuentos en el barrio, me puse a reorganizar la pequeña biblioteca, y añadí una sección cultural a la revista de la Asociación. Poco a poco, los cuentos de los concursantes fueron llegando, otras personas empezaron a colaborar en la sección, y finalmente una tarde, en el auditorio de una parroquia de la calle Alvarado, escenificamos solemnemente la entrega de los premios.

Fue un desastre. La idea era hacer una breve presentación (de lo cual se ocupó uno de los cabecillas de la Asociación, para capitalizar políticamente el acto), seguida de la entrega de premios (un modesto lote de libros). A continuación, yo pronunciaría una breve charla sobre la cultura popular.

Me había preparado muy bien el esquema de mi charla. Tan bien me lo había preparado, que era complicadísimo de exponer. Eran los tiempos en que yo leía a Marcuse, a Proudhon y a los estructuralistas franceses, y con esos y otros ingredientes similares lo único que se podía fabricar era una empanada. Mental, quiero decir. Que fue lo que me salió.

Apenas concluyó, pues, la entrega de los premios, yo me senté a una mesa sobre el escenario, bajo los focos, y eché un vistazo rápido a mis notas. Estaba nervioso. Debajo de mí oí un bullicio. Entregados ya los premios, que era de lo que se trataba, mucha gente abandonaba la sala. Entre tanto yo, que había decidido desarrollar mi tema de lo general a lo particular, empecé explicando, desde mi punto de vista, el significado de la palabra 'cultura'. Me lié. Allá abajo, las deserciones aumentaban. Antes de que comenzase siquiera a hablar de la cultura popular, mi público se reducía ya únicamente a unas diez o doce personas.

Cuanto más alarmante era la situación, más nervioso me ponía. Uno de mis compañeros me hizo señas de abreviar. Tenía razón. Había que abreviar... Pero ¿cómo?, me preguntaba yo mirando aquel folio mío garrapateado de complejas notas esquemáticas. Me enzarcé tanto en el tema que no me di cuenta de que en el patio de butacas se había formado un revuelo. Por fin, viendo que nadie me hacía caso, depuse mi charla y me acerqué a ver qué pasaba. Una de mis oyentes acababa de sufrir un ataque epiléptico.

Muchas veces he bromeado sobre aquella primera conferencia mía cuyo único efecto reseñable fue provocar un ataque de epilepsia, y me ha llevado muchos años, mucha experiencia y muchas horas de reflexión aprender a depurar mis ideas para hacerlas inteligibles. Principalmente, ante mí mismo, que es por donde un espíritu caótico como el mío siempre tiene que empezar.

La cultura ha sido mi pasión desde niño. Pero, con los años, llegué a la conclusión de que una cosa era la cultura y otra la erudición. Que no siempre son hermanas. Admiro a los eruditos, más que nada por la pasión que los empuja a conocer ese qué del que habla Ernesto, pero ahora creo que la cultura es otra cosa.

Para mí, cultura es cultivar. Los artistas, los científicos o los fabricantes de cestos de enea cultivan su disciplina de manera no muy distinta a como un jardinero cultiva una flor: siembran, riegan, roturan, podan o fertilizan hasta conseguir una complejidad útil, reveladora o, simplemente, hermosa. Los que disfrutamos de sus creaciones, en cambio, analizamos, comparamos, reflexionamos, descubrimos... y, si insistimos lo suficiente y somos honestos, llegamos más allá.

No he dicho esto con petulancia elitista, sino con vehemencia de explorador. Porque lo que para mí tiene de fascinante la cultura es su virtud de abrir caminos y puertas, de conectar territorios dispares, de establecer cortocircuitos. Cultura es cultivar. O para hacer realidad un hermoso jardín donde antes sólo había malas hierbas, o para descubrir paisajes ocultos donde antes sólo había ideas o sensaciones superficiales.

Por eso me ha gustado -sin que sirva de precedente- la segunda definición del DRAE: "Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico". La cultura es una riqueza hecha de monedas infinitamente diferentes. Cultura es ver más lejos, entrever caminos nuevos, percibir matices más sutiles.

Cultura es ir más allá.

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jueves, 21 de agosto de 2008

Lingüística para tontos V - Especificación y predicación

(Comienzo)

Nos encontramos de visita en Roma. Ante nosotros se alza, majestuoso, el Coliseo, a cuyo alrededor un atasco infernal ha paralizado completamente el tráfico. Unas obras en el Metro, coincidendo con una visita del Papa y con una huelga salvaje de gasolineras, mantienen a todos aquellos automóviles detenidos sobre el asfalto.

En una situación así, referirse a un automóvil en concreto es relativamente fácil. Por ejemplo, tomando una fotografía del atasco y señalando sobre ella, con la punta de un lapicero, el automóvil al que queremos referirnos. Esta forma tan simple de comunicarse es independiente del lenguaje: probablemente cualquier ser humano podría entenderla. Sin embargo, aunque no seamos conscientes de ello, está basada en una premisa importante: que la punta de un lapicero -es decir, un punto- nos sirve para designar un objeto de dos o tres dimensiones.
Esta consideración no es estúpida si pensamos, por ejemplo, en la dificultad de designar con un simple punto la Corriente del Golfo sobre un mapa del Océano Atlántico, o un yacimiento subterráneo sobre una fotografía aérea del Sahara. Para que el objeto designado sea identificable, tenemos que tener una idea previa de la estructura del paisaje. Es decir, de su topología.
Pero imaginemos que no disponemos de un lapicero. Como -topológicamente hablando- un conjunto de automóviles es lo mismo que un conjunto de puntos que no se tocan, podríamos designar cualquiera de aquellos automóviles que vemos junto al Coliseo asociándolo al lugar que está ocupando. Al fin y al cabo, todos estamos de acuerdo en que dos objetos diferentes nunca pueden ocupar un mismo lugar. Lamentablemente, necesitaríamos tener un nombre para cada uno de esos lugares, y nuestra memoria no nos permite tal dispendio. Los 'lugares' que podemos identificar sobre una superficie pueden llegar a ser infinitos, y la longitud de las palabras que necesitaríamos para designarlos terminaría siendo ilimitada. Nuestra memoria, sin embargo, no da para tanto. Tendremos que ingeniárnoslas de otra manera.
Las placas de matrícula serían una solución excelente. Dado que todos los automóviles llevan una única placa diferente de todas las demás, podríamos guardarnos el lapicero en el bolsillo y decir, simplemente: "automóvil MXD-5578FGH". Al hacerlo, estaríamos utilizando una categoría mucho más potente, que nos permitiría identificar sin ambigüedades todos los automóviles del planeta:
automóvil: {…, ZD-45650FF2, MXD-5578FGH, LLX-44612RQW, …}
Sin embargo, también en esto tenemos mala suerte. Son pocos los automóviles de nuestro atasco cuya placa de matrícula acertamos a ver. Lo más aproximado que se nos ocurre al número de matrícula es el modelo de cada automóvil, pero… ¿y si nos encontramos con más de un automóvil de un mismo modelo? En otras palabras, nuestro sistema de designación sería, no completamente, pero sí un tanto ambiguo. ¿Es un fracaso, entonces, esta idea? No del todo, porque con la única palabra que teníamos hasta ahora, automóvil, la ambigüedad era total. Animados por este avance, vamos añadiendo cualidades: azul, abollado, polvoriento, ruidoso… hasta lograr que no haya dudas sobre el objeto específico al que nos estamos refiriendo. Este método, desde luego, no será sistemático, pero nos permite salirnos con la nuestra. Podríamos simbolizar el proceso así:
C + I' + I'' + I''' (1)
donde C es la categoría inicial (automóvil) y los símbolos I', I'', I''' (azul, abollado, polvoriento) son cualidades de C, es decir, ejemplares de otras categorías C', C'', C''' que, paso a paso, nos ayudan a desambiguar C.
Podríamos incluso ir más allá. Identificando un automóvil específico en las proximidades del Coliseo no hemos aportado realmente ninguna información, ya que nuestro interlocutor estaba contemplando la misma escena que nosotros. Quizá él o ella no tenía tampoco un nombre específico para ese objeto que nosotros hemos señalado, pero, igual que nosotros, sabía que estaba allí. Tal vez si cambiamos de perspectiva podremos descubrir cosas que nuestro interlocutor no conoce.
Nos decidimos, pues, a cruzar la calle. Desde la acera opuesta el atasco es igualmente infernal, pero uno de los automóviles, a cuyo volante hay un italiano impaciente, tiene una abolladura en la portezuela opuesta. Nuestro interlocutor, que no ha cruzado la calle con nosotros, no puede verla. De modo que hinchamos los pulmones para que nos oiga y le gritamos: "automóvil azul ruidoso: abollado". Esto es lo que los lingüistas llamarían una 'predicación': hemos aportado información. Si escribimos en forma simbólica el proceso:
C + I' + I'' : I''' (2)
observamos que es muy similar al proceso de desambiguación (1). Solamente hemos cambiado uno de los símbolos (+) por otro (:). Atendiendo a la función que les hemos asignado, podemos, pues, convenir en que estos dos símbolos representan los procesos de desambiguación (+) y predicación (:).

Por si este sistema de comunicación nos parece aún lejos de la complejidad del lenguaje humano, consideremos que podemos aplicar la fórmula (1) cuantas veces queramos dentro de una misma expresión. Sustituyendo, por ejemplo, la palabra 'azul' obtendríamos:

automóvil (color de cielo) ruidoso: abollado

En forma simbólica,

… + I + … = … + (C' + I'') + …

Esta posibilidad, que los lingüistas llaman recursividad, nos ayuda a referirnos a un objeto muy rápidamente (es decir, en muy pocas etapas), incluso ante situaciones reales que para el robot más sofisticado serían inmanejables.

Las fórmulas (1) y (2) responden perfectamente a la definición general de proceso de información, que hemos ilustrado cuando hablábamos de hormiguitas: esencialmente, poner un ladrillo (: I) a continuación de otros (… I + I' + I'') que ya habían sido puestos en etapas precedentes.

Para llegar a las fórmulas (1) y (2), lo único que hemos hecho ha sido representar conceptos muy básicos de sintaxis en forma simplificada. ¿Podríamos llegar, siguiendo este camino, a representar fielmente cualquier sintaxis utilizada por un ser humano? La respuesta a esa pregunta pasa, naturalmente, por la experimentación, a la que muy pocos lingüistas se dignan descender desde su olimpo dorado.
Sin embargo, hay algo que no hemos aclarado todavía suficientemente: ¿qué significado tienen esos dos símbolos (+, :) que usamos para conectar a cada automóvil con sus cualidades?
Pues lo siento, pero esta explicación va a quedar pendiente para un próximo episodio.

jueves, 14 de agosto de 2008

Penumbras

Es decir, fronteras borrosas. Que no tienen por qué ser más rechazables que las fronteras nítidas. ¿A quién no le ha parecido absurdo alguna vez tener que detenerse ante un semáforo en rojo que, en ese punto y hora, era evidentemente innecesario?

Incluso fronteras tajantes como esta han de desdibujarse a veces ante prioridades más perentorias: en ciudades con alto nivel de delincuencia, los semáforos se vuelven neutros a partir de cierta hora de la noche, para evitar peligros propios de las junglas de asfalto.

Curiosamente, a nadie se le ha ocurrido todavía ordenar que los semáforos estén siempre en rojo, para evitar totalmente los accidentes. Los semáforos son de cumplimiento obligatorio, pero expresan una convención social fundamentada, en gran medida, en razones prácticas: si no nos ponemos de acuerdo en quién pasará primero, o en si conducimos (todos) por la derecha o por la izquierda, el transporte será un caos. ¿Tienen, pues, ideología los semáforos? Yo diría que no.

Para que todos las cumplan, las convenciones se constituyen en leyes. Una ley es ya un paso más allá de la mera convención, porque implica la existencia de policías que la hagan cumplir y de jueces que penalicen su incumplimiento. Las convenciones están basadas en acuerdos libres entre personas libres de avenirse o no. Las leyes están basadas en la realidad de que muchas personas pueden más que una persona.

Es una vieja fórmula: el interés de la mayoría siempre prevalece. Claro, que habría que definir claramente qué se entiende por mayoría y hasta qué punto la imposición de sus intereses es tolerable para los individuos que no los comparten. La democracia, en el primer caso, y los derechos humanos en el segundo son aproximaciones más o menos tolerables a la solución de un problema que, probablemente, no tiene solución: la naturaleza del ser humano.

Otras veces, sin embargo, la realidad es que unas pocas personas pueden más que todas las demás juntas. Es el caso de las dictaduras. Una dictadura puede reflejar en mayor o menor medida los intereses de la sociedad, pero generalmente refleja la propia ideología de los dictadores. Hace muchos años recuerdo haber visto, junto al palacio presidencial del dictador Duvalier, en Puerto Príncipe, un enorme cartel que declaraba que la democracia y la libertad eran el bien más sacrosanto de los pueblos y el fundamento irrenunciable del Gobierno de Haití. Cuentan que, en aquella misma mansión, Duvalier tenía el comedor decorado con las cabezas de sus enemigos (que eran casi todos de su propia familia), y a pocos metros de aquel palacio despampanante me encontré con un barrio de chabolas inmundas a cuyos habitantes, según comprobé, se les respetaba en aquel momento el derecho de respirar.

En realidad, la historia de las sociedades está directamente determinada por la capacidad de convicción de sus gobernantes. Sean o no dictaduras, las sociedades cuyos líderes no convencen son inestables, y por eso los gobernantes, al igual que las empresas, utilizan tan a menudo un recurso propio, equivalente a la publicidad: la ideología.

La ideología es una maravilla: cohesiona a las masas, refuerza las estructuras de poder, y simplifica muchísimo los razonamientos: el mundo se divide en buenos y malos. Y nosotros somos los buenos. Punto. Alguien podría pensar que estoy describiendo no las ideologías, sino las religiones. Cierto. Pero si las llamasen religión perderían adeptos y, en el mundo moderno, para hacer publicidad hay que saber guardar las formas.

Lo cual nos lleva a una conclusión no tan inesperada: el mundo no está en manos de los políticos, sino de los medios de comunicación. Porque, para poder convencer, los políticos necesitan de los mass media, esos profetas del mundo moderno que difunden entre los mortales la Verdad y la Palabra.

Sólo que, con el paso del tiempo, los profetas se han modernizado. Y es que por fin han comprendido que una Imagen vale más que mil Palabras.

jueves, 7 de agosto de 2008

Galaxy Zoo

Este es el nombre de un sitio web que he encontrado, en el que se puede colaborar clasificando galaxias. Fijáos en esta maravilla que acabo de encontrar:




Hermosa, ¿no? El caso es que hay ya millones de galaxias fotografiadas, muchas más de las que un solo puñado de investigadores podrá clasificar a lo largo de toda su vida, incluso dedicándose a ello a tiempo completo. Por eso estos astrónomos han pedido la ayuda de voluntarios de todo el mundo. Si alguno de vosotros tiene ganas de ayudar, os aseguro que no es difícil. Basta con un pequeño entrenamiento para acceder a la primera fase del proceso.

Hay dos tipos básicos de galaxias; elípticas, y en espiral. No siempre es fácil reconocer si estamos ante uno u otro tipo. Las imágenes que nos muestran rara vez son tan nítidas como en este ejemplo, y a menudo nos encontraremos con galaxias fotografiadas 'de canto'. Pero lo más interesante es cuando nos encontramos con dos galaxias en proceso de fusión (¿o debería decir 'colisión'?). Muchos astrónomos creen que las galaxias en espiral podrían tener su origen en la fusión de dos galaxias, elípticas o no. Pero ningún científico dispone de unos cuantos millones de años para contemplar ese proceso de principio a fin, por lo que tendremos que recurrir a un truco: 'sorprenderemos' a muchas galaxias en distintas fases de ese proceso y, fotograma a fotograma, construiremos una película.

Además, es también importante comprobar si se cumple o no un supuesto básico de la astrofísica: el Universo no tiene preferencias. Si algún día alguien averigua que hay más galaxias que giran a izquierdas que galaxias que giran a derechas, entonces llamad a Houston, porque tenemos un problema.

En realidad, el problema lo tenemos ya de todos modos, porque allá por los años 50 varios físicos descubrieron un fenómeno inquietante: en las interacciones débiles, la paridad no se conserva. En otras palabras, las leyes de nuestro Universo no son exactamente simétricas (a menos que exista una mitad simétrica de este Universo que nosotros nunca hemos visto). Pero hoy es ya muy tarde y me tengo que ir a la cama. Otro día explicaré algo sobre este importante descubrimiento.

domingo, 11 de mayo de 2008

La ola

Cuando uno publica para un planeta redondo en cuya superficie se persiguen sin pausa el día y la noche, las estadísticas de audiencia se asemejan a las olas de un mar.

Veamos. Ricky Mango publica un episodio de su podcast a las 6 de la tarde en algún lugar del Mediterráneo. Es buena hora para los oyentes de Europa, que empiezan a afluir. El aflujo seguirá aumentando hasta las 11 o 12 de la noche, y después de esa hora la audiencia irá desertando poco a poco. La ola decae.

Pero no por mucho tiempo. A partir de las 2 de la madrugada, mis fieles seguidores de California y de Denver estarán ya dispuestos para tomar el relevo, más o menos antes de cenar. Pronto se les sumarán mis oyentes mexicanos, neoyorkinos, tejanos y miámicos, y en pocas horas toda América Latina estará asomándose ansiosa al podcast para escuchar el nuevo programa de Ricky Mango.

La ola empieza a perder altura a eso de las 7 de la mañana, hora europea. En Buenos Aires se está haciendo tarde. Las ocurrencias de Rick no le quitan el sueño a nadie, y también en América tiene uno derecho a dormir. Es un momento duro para el ego de R.M. Casi todo el planeta parece ausentarse del podcast. A veces algún despistado de Australia parece querer curiosear pero, en conjunto, durante unas breves horas las estadísticas del podcast se quedan planas.

¿Quién dijo angustia existencial? Sólo tres horas después, hacia las 10 de la mañana, un par de tímidos residentes en Japón están ya atisbando de nuevo. ¿Estarán merendando sushi? La actividad renace. Los primeros oyentes de Beijing se asoman al podcast, y después de ellos Taiwán y Shanghai se suman con alborozo. Ese charlatán que cuenta historias en español siemple los solplende.

Son la última ola antes de recomenzar el eterno retorno. Ocho horas después, el silencio se ha apoderado de China, y el planeta entero parece querer descansar del pertinaz Ricky.

Pero la ilusión es fugaz. Antes de que el silencio sea total, un primer oyente desde Turquía pincha el botón Play y rompe el hechizo. En Alemania están también aguardando, expectantes, a terminar de cenar para poder oír esa primera frase siempre prometedora:

'Ricky Mango presenta..."

 
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