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jueves, 18 de julio de 2019

Abrir los ojos

Acabas de abrir los ojos, por primera vez. Bienvenido. No estarás solo, o al menos ya ha hay otros aquí que han llegado antes que tú. Quizá estás asustado. Lloras. Todavía no entiendes nada. No distingues formas, ni sonidos, y ahora estás respirando. Es una sensación nueva. Descansa un poco. Te duermes.

Aún no lo sabes, pero era casi imposible que existieras. Antes de existir eras sólo una combinación, una sola, entre millones de trillones de combinaciones posibles, pero ahí estás, vivo, llorando, manoteando, buscando un pecho materno, durmiendo. Cualquier mínimo retraso o adelanto en la maquinaria de la realidad, cualquier imprevisto sutil, cualquier otra densa sucesión de acontecimientos macroscópicos y microscópicos habría generado una complejidad diferente a la tuya. O ninguna.

Y sin embargo ahí estás, completo, funcionando igual que millones de semejantes a ti desde tiempo inmemorial. Crecerás, encontrarás una talla de ropa para tu cuerpo, los demás te verán guapa, o distraído, o glotón, pero no tendrás colmillos de elefante, caparazón de tortuga, aletas de delfín.

Al principio, cuando empieces a entender, no podrás comparar. Tu universo será tu única realidad, y de ella te irás desgajando poco a poco cuando empieces a comprender que el placer y el dolor no forman parte de ti. Vienen de afuera, y a veces los puedes perseguir, o evitar.

No siempre. Aunque tú no lo sepas, todavía sigues jugando a la lotería de la vida. Has nacido donde te ha tocado nacer, y eso nunca lo vas a poder cambiar. Ninguno de nosotros hemos podido escoger. Puede que te haya caído en suerte un padre autoritario o ensimismado, una madre posesiva, supersticiosa o amorosa, unos hermanos o unos tíos o unos abuelos divertidos, entrañables o maniáticos. Y todos ellos te depararán placer y dolor, a partes desiguales. Bienvenido al barco de la vida.

Si eres fuerte, conseguirás sobreponerte a los reveses. Si eres débil, sucumbirás, o construirás una fortaleza de actitudes en la que sobrevivir. Pero, durante muchos años todavía, nadie podrá cambiar esa realidad estadísticamente improbable en la que has nacido. Si tienes suerte, te protegerán y te enseñarán a navegar. Si no la tienes, tendrás que aprender tú solo. Puede que tengas que invertir una energía desproporcionada durante parte de tu vida. Incluso es posible que nunca aprendas a manejar bien el timón y embarranques, o naufragues en la más leve tormenta. Todo eso forma parte de la grandeza --y de la miseria-- del viaje de la vida.

Me gustaría tanto ayudarte. Yo también he tenido que aprender muchas cosas que nadie me enseñó, y que a ti ahora te ayudarían a encontrar un rumbo. Pero raras veces podré hacerlo. Esa misma ruleta gigantesca que mueve el mundo tendría que entrecruzar nuestros caminos en el lugar y en el momento propicios, y eso casi nunca ha sucedido. Sí, es cierto, alguna vez ha sucedido, porque yo he jugado ya en muchas mesas de muchos casinos, pero también muy a menudo he perdido después de haber ganado. ¿Sabes? No puedes dejar de apostar porque, si te resistes a nadar, te arrastrará el río de la vida.

Te deseo mucha suerte en ese viaje nuevo que, sin tú quererlo, acabas de emprender. Puedes estar seguro de que no habrá, nunca, ningún otro barco navegando con el mismo rumbo que el tuyo. Y por eso, aunque ahora tal vez no te lo parezca, estarás siempre, esencialmente, solo.

Que los vientos te acompañen.

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lunes, 25 de diciembre de 2017

Viajar en el tiempo

Todos hemos deseado alguna vez viajar en el tiempo. Y lo hemos hecho. Rebobinando las películas en videocassette, en los años 90, o apretando la tecla 'Deshacer' en nuestra pantalla, todos o casi todos hemos viajado en el tiempo. Pero, incluso aunque no hiciéramos nada o nos quedáramos dormidos, estaríamos también viajando en el tiempo, querámoslo o no, a la inexorable velocidad de 60 minutos por hora. El problema es que, hagamos lo que hagamos, el tiempo siempre termina arrastrándonos en una única dirección.

El tiempo es también un viaje desde el orden hacia el desorden. Un vaso puede romperse en mil pedazos, pero esos mil pedazos nunca se levantarán solos del suelo para volver a juntarse en el vaso y dejarlo como estaba. Es cierto, podemos recogerlos uno por uno y después pegarlos, pero para eso tendremos que mover unos cuantos músculos, y para mover esos músculos necesitaremos una energía que sólo podemos conseguir desordenando alimentos en nuestro estómago. No hay escapatoria. Y, por si esto fuera poco, la teoría de la relatividad nos dice que para viajar en el tiempo hay que conseguir moverse más aprisa que la luz.

La velocidad de la luz es una barrera que divide dos mundos. En el nuestro, por mucho que aceleremos no podremos jamás alcanzarla, porque necesitaríamos una cantidad de energía infinita. Al otro lado de la barrera, un objeto podría moverse más aprisa que la luz, pero nunca podría frenar hasta alcanzar la velocidad de la luz, porque para ello necesitaría también una energía infinita. Cosas de la física.

En realidad, ni siquiera sabemos lo que es el tiempo. No sabemos si es infinitamente continuo o si está hecho de átomos, como la materia. No sabemos si en algún confín remoto del universo, o en algún futuro o pasado lejanísimos, el tiempo se curva sobre sí mismo y un paseante podría encontrarse con su bisabuelo a la vuelta de la esquina. En el interior de un agujero negro, si se dieran las condiciones adecuadas, retroceder en el tiempo sería posible, pero entonces no sería posible retroceder en el espacio.

Muchos físicos se han devanado los sesos con la teoría de la relatividad para encontrar soluciones que permitan viajar en el tiempo. El problema no es que tales soluciones no existan, sino que en nuestro universo no parecen realizables. Quizá la más interesante es la que propuso el físico mexicano Miguel Alcubierre en 1994, que consistiría en contraer el espacio por delante de nuestra nave y expandirlo por detrás. Pero ni siquiera sabemos si sería materialmente posible construir un aparato que hiciera eso.

Otra solución es la que propuso el físico ruso Serguéi Krasnikov en 1995, y que es conocida como el “tubo de Krasnikov”. El tubo de Krasnikov es algo así como un agujero de gusano, cuyas paredes no estarían hechas de materia, sino que serían una distorsión del espacio-tiempo. Si fuera posible viajar en un tubo de Krasnikov, un astronauta tardaría sólo un año y medio en recorrer 3000 años-luz. El único problema es que, a su regreso, en nuestro planeta habrían transcurrido 6000 años, y su novia probablemente se habría cansado de esperar.

En teoría al menos, también sería posible viajar en el tiempo si pudiéramos construir un cilindro de longitud infinita y hacerlo girar muy aprisa, tal como propuso Frank Typler en 1974. Pero ¿cómo vamos a construir un cilindro infinito si ni siquiera sabemos si nuestro universo tiene fin? Además, no debemos olvidar el problema más grave: si un crononauta malvado viajara al pasado y consiguiera matar a su tatarabuelo antes de que tuviera descendientes, entonces el asesino no podría haber nacido, y por lo tanto desaparecería al instante. Justicia poética... Para resolver esta paradoja, algunos físicos argumentan que los viajes en el tiempo en realidad nos llevarían a un universo paralelo, donde el malvado crononauta podría hacer de las suyas sin por ello dejar de existir.

La fantasía de viajar en el tiempo existe desde hace milenios. Aparece ya en el Mahabárata, el libro sagrado de la religión hindú, que fue escrito hace casi 3000 años. Fue evocada también por un discípulo de Buda, en el siglo VI antes de nuestra era. Y una leyenda japonesa del siglo VIII nos cuenta la historia de Urashima Taró, un pescador que habría viajado 300 años hacia el futuro. En literatura, la novela más conocida es La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, pero muy pocos saben que un español se le adelantó en ocho años. Aquel pionero de la ciencia ficción fue un diplomático madrileño llamado Enrique Gaspar y Rimbau, y su novela se titulaba El anacronópete.

Gaspar y Rimbau fue un niño prodigio. Era hijo de actores, y escribió su primera zarzuela a los 13 años. Un año después era ya columnista de La ilustración valenciana, y al año siguiente su madre llevó a la escena su primera comedia. Gaspar se casó con una aristócrata, y a los 27 años entró en el cuerpo diplomático, que lo llevó a lugares del mundo tan diversos como Grecia, Francia, China, Macao y Hong Kong.

El anacronópete, que significa algo así como 'aquello que vuela al revés que el tiempo', era una caja de hierro movida por energía eléctrica. La energía servía no sólo para propulsar la nave, sino también para generar un fluido -el 'fluido García'- que rejuvenecía a los pasajeros a medida que viajaban hacia el pasado. En el interior de la nave había maravillas tecnológicas tan sorprendentes como una escoba que barría sola. El inventor de aquella extraña nave era el científico zaragozano Sindulfo García, y entre los pasajeros había varias ancianas francesas de 'moral reprobable' que el alcalde de París había enviado para que se rejuvenecieran, a ver si así retornaban a las buenas costumbres.

La trama de la novela es rocambolesca. El viaje en el tiempo los lleva primero a la batalla de Tetuán, y después a Granada en el año 1492. La expedición se aleja después hasta el año 220 en China, donde el emperador explica a los viajeros que los chinos por aquellas fechas ya habían inventado la imprenta. Entre tanto, mientras el emperador les pide que le entreguen a la pasajera Clarita a cambio del secreto de la inmortalidad, la momia de la emperadora, que don Sindulfo había metido en la nave al emprender el viaje, rejuvenece tanto que resucita, y le pide a Sindulfo que se case con ella. Pero Sindulfo en realidad ama a Clarita, que a su vez... está enamorada del capitán. El enredo está servido.

Finalmente, después de visitar Pompeya durante la erupción del Vesubio y seguir alejándose en el tiempo hasta los días del diluvio universal, el enloquecido don Sindulfo aprieta al máximo el acelerador, y al llegar al origen del universo la nave termina... explotando.

* En agosto pasado, cuando escribí mi cuento 'La caja fuerte', no tenía ni idea de la existencia de la novela de Gaspar y Rimbau. Anoche, cuando leí la descripción del anacronópete, me faltó poco para dar un respingo: una caja de hierro que viaja en el tiempo... ¿Sorprendente coincidencia, o recuerdos del futuro? Se me ocurre que quizá ninguna de las dos cosas. ¿Es posible que yo en realidad sí hubiera leído alguna vez algo sobre aquella novela y, simplemente, lo hubiera olvidado? Es lo mas probable. Pero lo cierto es que no recuerdo absolutamente nada, maldita sea.

jueves, 19 de marzo de 2015

Un día en el D.F.

Scherzo en ¡guau! bemol

Estoy en la colonia Narvarte y dentro de casa hace frío. Es una temperatura inhabitual para este mes de marzo, y en todas las conversaciones se desliza inevitablemente algún comentario al respecto. Desde la ventana de mi dormitorio tampoco se ven ya las jacarandas en flor de la calle Pitágoras. Un edificio de nueva planta ocupa su lugar. Han pasado once años desde la última vez, y más de treinta desde aquel primer amanecer de aguada, anaranjado y violeta, que me regalaron mis siete horas de jet lag recién estrenado.

Este edificio solía ser tranquilo, pero ahora todos los vecinos tienen perros o gatos. Locuaces. Hay momentos en que la sinfonía animal que atraviesa las ventanas es un pandemónium difícil de soportar. Mis anfitriones han salido hoy de buena mañana y no regresarán hasta la hora del almuerzo. Es temprano. Las nubes se han disipado, y en el cielo sonríe por fin el sol. ¿Qué hago yo aquí encerrado? Sólo media hora de metro me separa del centro de la ciudad. Me visto a toda prisa y salgo a la calle, pletórico. Como en los viejos tiempos...

Los nombres de las cosas reencienden mi memoria. División del Norte es una vía rápida, pero también una estación de metro. La acera se va estrechando. Dejo a mi izquierda el taller de automóviles y la taquería de la esquina con sus columpios en lugar de asientos, y me asomo un instante al Sanborns donde tantas horas nocturnas pasé, tiempo atrás, hojeando revistas. En algún lugar de mi corazón este es también, todavía, mi barrio.

... Y Quetzalcóatl creó el Universo

Línea 3. Dirección: Indios verdes. Siempre me ha fascinado ese nombre. He preguntado a mis anfitriones, pero ninguno de ellos sabe decirme cuál es su origen. En el andén, el metro no tarda en llegar. Entro al vagón. Las puertas se cierran. Arranca. Los nombres de las estaciones retornan a mi memoria. Algunos son extraños, casi surrealistas. Niños héroes. Camarones. Agrícola oriental. Misterios. Talismán. Otros, musicales o evocadores. Nopalera. Peñón viejo. Mixcoac. Insurgentes. Azcapotzalco.

Me apeo en Hidalgo. Mi punto de partida será, como antaño, el Museo de Bellas Artes. Hoy es lunes y estará cerrado, pero es un edifico muy hermoso, y desde una de sus fachadas se accede a la trama de calles que conduce al Zócalo. Es temprano, y apenas se ven paseantes. Callejeo sin rumbo, buscando la sombra y asomándome a los comercios que encuentro abiertos. En una esquina, un limpiabotas lustra los zapatos de un caballero con sombrero tejano que, sentado bajo un toldito agitado por el viento, lee el periódico plácidamente. Les saco una foto procurando que no me vean y pocos metros más adelante desemboco en el Zócalo.

Aquí nada ha cambiado. Tal vez México DF es una ciudad hechizada o eterna, como Roma o Verona, como Toledo o Budapest o Santiago de Compostela. Con una diferencia: el DF es la vida. Hierve de vida. Me alejo de los soportales de las joyerías del Zócalo, almuerzo en el viejo Sanborns de fachada de azulejos, cerca del museo de Diego Rivera, y reemprendo la marcha como a mí me gusta. A saber: sin rumbo fijo.

Voltios y enchiladas

Son ya las doce y media, y todas las calles son ahora un río humano. Pero hoy no me agobian las multitudes. Me vienen a la memoria aquellos versos de Vicente Aleixandre:

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo, 
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido, 
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado...

Al llegar a la Torre Latinoamericana, de improviso, decido apartarme de los caminos trillados. Sin pensarlo apenas, doblo a la izquierda y me interno por una calle desangelada, medio desierta. Me aseguro de que no corro peligro, fotografío una fachada en ruinas y emprendo un zigzag de calles improvisado que termina desorientándome. Mejor así. Sorpréndeme, oh mágica Tenochtitlan.

Y Tenochtitlan me sorprende. Ni por un momento dudé que lo haría. He venido a parar al barrio de las tiendas de accesorios eléctricos. Motores, compresores, pilas, lámparas, enchufes, batidoras, voltímetros, celulares, computadoras. You name it. Son varias cuadras repletas de tiendotas, tienditas y tiendititas que orlan las aceras y se internan como madrigueras de topo en las profundidades de los edificios. Afuera, en la linde con la calzada, los primeros vendedores callejeros exhiben ya su mercancía.

La trascendencia del caldo de gallina

A partir de aquí las aceras se espesan con las hileras de puestitos donde uno puede recargar su celular, comprar un dulce para el niño o un reloj de pulsera, comerse unos tacos de arrachera con mole coloradito o incluso hacerse cortar el cabello bajo un toldo improvisado, en mitad de la multitud. ¿Es posible sentirse más vivo? Posible, puede, pero fácil no es. No me canso. Camino y camino, y camino. Me deleito con las ráfagas de elote y chile y frijoles refritos, escucho a mi paso retazos de conversaciones, palabras suavemente entonadas, sin ásperas ces ni zetas, y órale y ándale y pendejo y chihuahua y jale y pues qué onda y ni modo y la chingada. (Con perdón.)

Entonces, de repente, la revelación. La verdadera vida es un río, y la verdadera felicidad es dejarse llevar. Toda esta muchedumbre que me rodea no se interpone en mi camino. Fluyen conmigo, cada uno en su propia dirección. Es la armonía perfecta. El nirvana con aroma de tamales y caldo de gallina. Por un instante, creo levitar. Ojalá que este día durara eternamente.

La travesía del desierto

Pero las leyes de la entropía son implacables, y al llegar a Cuauhtémoc las aceras se despueblan. No importa. Cambiaré de aires. Caminaré hasta el Paseo de la Reforma y me sentaré a descansar en un café con wifi. Mis amigos no saben dónde ando, y seguramente me esperarán para ir a cenar. Consulto el mapa de mi teléfono móvil y encamino mis pasos hacia La Condesa. Sin embargo, hay algo con lo que no había contado: es fiesta nacional, y en este barrio todos han hecho puente. No hay cafeterías abiertas. Sólo de tanto en tanto algún restaurante repleto de familias escandalosas, en algún caso con grandes coches negros mal aparcados y escoltas de gafas oscuras en las inmediaciones. Una voz interior me dice que no voy a encontrar lo que busco, pero mis piernas no pueden ya parar de caminar. Sólo una vez se vive.

Cuando por fin encuentro el anhelado oasis estoy ya a dos pasos de Chapultepec, a bastantes kilómetros de mi punto de partida. El sol y la altitud me han dejado exhausto. Me dejo caer en el asiento, pido un refresco con mucho hielo y me lo bebo en un suspiro. Efectivamente, mis anfitriones, que me andaban buscando hacía rato por las ondas herzianas, me esperan para cenar. Les digo que regreso en el metro, y media hora después llego a casa. Estoy agotado. Es ya casi de noche. Pero no me arrepiento de nada.

Fin de fiesta. Favor de no comerse el césped

Es más. En cuanto me dicen que iremos a cenar a una taquería me recupero al instante. Y allá que nos vamos. Es un restaurante de diseño, inhóspito y feo, con grandes pantallas de televisión en las que unos sujetos en camiseta dan patadas a un balón y, sobre todo, entre ellos. Pero en cuanto llegan los platillos a la mesa me olvido del football, del diseño, del cansancio, de La Condesa y de la mismísima chingada (con perdón). Por favor, no me molesten. Estoy en misa, y estas tres salsas de chile son para mí, si usted me disculpa la herejía, la Santísima Trinidad.

Por la noche, duermo como un bendito. Nunca mejor dicho.

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