El otro día comenté en uno de mis artículos la prepotencia de los filósofos en general y mi excepcional admiración por Zenón de Elea. A los pocos días, alguien -sin duda, un amante de la filosofía- me lanzó un comentario irreflexivo sin darse cuenta de que lo que en realidad estaba lanzando era un boomerang, como ahora veremos. Iremos por partes.
Mi comentarista empezaba clasificándome como enemigo de la racionalidad. El empeño de los filósofos por clasificar viene ya, como mínimo, de Aristóteles, cuyos escritos consiguieron detener el avance de la razón durante cerca de dos mil años. La medicina, por ejemplo, consistió durante siglos simplemente en establecer clasificaciones supersticiosas, explicándonos que el desequilibrio de ciertos humores nos había causado una pulmonía o que la fiebre o el dolor de cabeza tenían su origen en una disfunción del estómago, del corazón o del útero. Estoy seguro de que los curanderos, con su sabiduría empírica, sanaron a mucha más gente de la que asesinaron los médicos hasta bien entrado el siglo XIX.
Mi comentarista era, además, presumiblemente español y, por lo tanto, no hay que sorprenderse de que contemple el mundo en términos tribales: es decir, de amigos y enemigos. Me achacaba, en concreto, ser enemigo de la razón, simplemente porque en su catecismo filosófico las paradojas de Parménides y de sus discípulos los llevaban a conclusiones 'metafísicas'. Pero olvidémonos de mi comentarista.
Las paradojas de Parménides eran más intuitivas que razonadas, y reflejan ya la pereza mental que todavía aflige a los filósofos desde hace tres mil años, a causa de la cual, al alimón con los teólogos, no han dejado de perder terreno siglo tras siglo en favor de las ciencias experimentales. Parménides, pese a todo, no andaba muy desencaminado, como demostró después su discípulo Zenón con mucha mayor claridad de ideas.
Pero olvidémonos también de las borrosidades semánticas de Parménides. Las dos paradojas más lúcidas de Zenón hacen referencia al movimiento de una flecha y a una carrera imaginaria entre el veloz Aquiles y una parsimoniosa tortuga. Si la flecha lanzada por el arquero recorre una distancia, nos dice Zenón, en un instante cualquiera de su recorrido la flecha estará o quieta o en movimiento. Si en cualquier instante que escojamos la flecha está quieta, ¿cuándo se mueve? Pero si en cualquier instante que escojamos la flecha está en movimiento, no estará ya ocupando un punto, sino un espacio extenso, y para poder identificar un punto en ese espacio extenso tendriamos que suponer que en un instante cualquiera caben otros instantes, lo cual por definición es imposible.
La segunda paradoja nos invita a imaginar una carrera entre Aquiles y una tortuga que parte con ventaja. Suponemos, claro, que tanto el corredor como la tortuga se mueven sin parar. Cuando Aquiles llegue al punto en que ha echado a andar la tortuga, habrá transcurrido cierto tiempo, y en ese tiempo la tortuga habrá conseguido avanzar un poquito. Le quedan todavía a Aquiles unos centímetros para dar alcance a su competidora. Pero, antes de conseguirlo, deberá recorrer la mitad de esos centímetros y, cuando los haya recorrido, la tortuga habrá tenido tiempo de seguir avanzando. El razonamiento se repite cuantas veces queramos, de modo que, por muchas mitades que se esfuerce por recorrer Aquiles, la tortuga siempre habrá tenido tiempo de avanzar y estará por delante de él.
Sin embargo, todos -Parménides y Zenón incluidos- sabemos por experiencia que, en la vida real, el corredor alcanzará a la tortuga. ¿Qué sucede exactamente en el punto en que ambos coinciden, antes de que Aquiles prosiga su triunfante carrera? Los matemáticos nos explican que ese punto es, simplemente, el límite de una suma de infinitos números cada vez más pequeños. Naturalmente, nadie puede computar una suma que, por definición, nunca se termina, pero en ciertos casos -incluido el de Aquiles- es posible demostrar matemáticamente que la suma no podrá ser ni inferior ni superior a cierto número, que los matemáticos llaman 'límite', o 'punto de acumulación'.
¿Quiere eso decir que Aquiles alcanzará a la tortuga? No. Eso significa solamente que las infinitas mitades que va recorriendo tienen un límite exacto al que el veloz corredor, sin embargo, nunca llegará. Véamoslo de otro modo. Supongamos que entre el punto de partida de Aquiles y el punto en que coincidirá con la tortuga hay una distancia de un metro. Si en lugar de sumar las mitades que Aquiles va recorriendo nos fijamos en los puntos que va alcanzando, veremos que primero llegará al punto medio, 1/2. En la siguiente etapa imaginaria habrá recorrido la mitad de la mitad que le queda por recorrer, es decir, llegará al punto 1/2 + 1/4. En la siguiente etapa llegará al punto 1/2 + 1/4 + 1/8, y así sucesivamente.
La secuencia que hemos empezado a construir es infinita, pero el valor 1 no pertenece a ella. Podemos aproximarnos cuanto queramos al número 1, pero nunca llegaremos a él, porque no hay ningún número 1/2 + 1/4 + 1/8 + ... que sea igual a 1. Esta idea, que en sí misma es genial, permitió a Newton y a Leibniz inventar el cálculo infinitesimal, y a Dedekind y otros matemáticos definir los números irracionales. Pero lo que en realidad hicieron estos matemáticos fue sustituir cada número por una sucesión infinita que se aproximaba infinitamente a él. Y, para no complicar las cosas, siguieron llamando 'números' a esas sucesiones. El número pi, por ejemplo, es un número irracional. Sabemos calcular exactamente cualquier decimal de pi, por diminuto que sea, pero no podemos construir un segmento de longitud pi, porque no sabemos cómo construir una suma de infinitos segmentos.
Volviendo a Zenón, pues, nos encontramos con que hemos definido un método en virtud del cual Aquiles se aproximará cuanto queramos a la tortuga sin llegar jamás a tocarla. Como Aquiles, lo quiera él o no, implementará ese método y, pese a todo, alcanzará a la tortuga, tendremos que pensar que en algún momento nuestro razonamiento ha fallado. Para que Aquiles alcance el punto de acumulación en que se encuentra la tortuga, algo no previsto tiene que estar sucediendo.
Por ejemplo, que en un instante cualquiera Aquiles -y, por consiguiente, la tortuga- no esté situado exactamente en un punto sin dimensiones, sino en una extensión más o menos borrosa del espacio. Esa extensión, sin embargo, no puede tener unos límites exactos, porque si los tuviera podríamos aplicar a los límites el mismo razonamiento de antes y Aquiles seguiría sin alcanzar jamás a la tortuga. El lugar que ocupa Aquiles tendría que ser fluctuante, o tendría que extenderse con mayor o menor intensidad a todo el Universo.
La mecánica cuántica, tal como la conocemos hoy, admite ambas posibilidades. La primera, porque conocer el lugar en que se encuentra Aquiles es imposible sin influir en la realidad de Aquiles, y la segunda, porque se ha comprobado experimentalmente que ciertas partículas están emparejadas entre sí con independencia de la distancia que las separe. Este último fenómeno, que los físicos llaman 'entanglement', es lo que Einstein, incrédulo, llamaba también 'spooky action at a distance' (sobrecogedora acción a distancia).
Pero también es posible que lo que sea borroso es el tiempo. Algunos físicos contemporáneos están cuestionando la uniformidad y la continuidad del tiempo, y es concebible que, a una escala suficientemente pequeña, la manecilla de nuestro reloj marque al mismo tiempo las 12.00 y las 12.01, o que salte de repente de una a otra posición sin que haya nada que suceda ni pueda suceder entre esos dos 'instantes'. Lo que Zenón y Parménides cuestionaban, pues, no era la realidad o no del espacio o del movimiento, sino la adecuación de nuestros esquemas para describir la realidad que nos rodea. Hubo que dejar atrás la nefasta teología, el medieval Aristoteles dixit y una larga saga de charlatanes filósofos para que la ciencia experimental terminase dando la razón a aquellos dos pensadores.
Yo aceptaría la filosofía si se limitase a emular a Zenón. Quiero decir, a descubrir contradicciones en nuestros modelos de la realidad. Pero que ningún charlatán filósofo eche las campanas al vuelo. Los conceptos, tanto si el que los define es un filósofo como si es un mecánico de automóviles, deben ser precisos e inequívocos, y hacer referencia a cosas verificables. Nunca he entendido lo que son las mónadas, el superhombre o la epistemología, ni lo que puede tener que ver el mundo con la voluntad, nunca he entendido la diferencia entre inmanencia y trascendencia y no tengo ni idea de lo que es la instanciación existencial, simplemente porque el significado de todos esos conceptos estaba sólo en la mente de quien los concibió. Otros después de ellos han creído entenderlos, es cierto. Pero también hay quien cree firmemente en la reencarnación, hay quien está convencido de que derramar la sal da mala suerte y hay quien está seguro de haber visto espíritus en casas abandonadas.
No están solos en su fe. La filosofía, esa larga tradición de delirios prepotentes, está con ellos.

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miércoles, 2 de octubre de 2013
Zenón de Elea
domingo, 25 de noviembre de 2012
El océano de la vida
Hay días, como hoy, en que los veinte secretos de PostSecret contienen pura dinamita. Lo bueno que tienen los secretos es que son independientes de la clase social, de la raza y de la cultura y, en gran medida, de la edad o el sexo. No sé si todos los seres humanos tienen por lo menos algún secreto que esconder, pero los que lo tienen están repartidos por igual a lo largo y a lo ancho del planeta: los secretos son seguramente una de las mejores ventanas para atisbar en el alma humana.
Es cierto que no debería ser así. Recuerdo un episodio de Star Trek en el que un extraterrestre le dice a un miembro de la tripulación del Enterprise que no entiende por qué los seres humanos ocultan con tanta frecuencia sus pensamientos. Uno no suele pararse a pensar en esas cosas, pero ¿quién de nosotros no ha proferido alguna vez por lo menos alguna mentira 'piadosa'? En respuesta a aquel extraterrestre, de una raza probablemente utópica, se me ocurren dos explicaciones: una, altruista (o simplemente práctica), y otra, narcisista.
La primera es la consecuencia natural de que, querámoslo o no, los seres humanos somos muy susceptibles. Al ocultar a los demás lo que nos separa de ellos, damos más protagonismo a lo que nos une, que es básicamente el pegamento que nos permite vivir en sociedad. Además, en las relaciones de poder la ocultación es casi imprescindible. Atrévase usted a decirle a su jefe lo que piensa de él, y pronto conocerá las consecuencias.
Pero muchas personas no sólo son susceptibles a la realidad de los demás, sino también a su propia realidad. Todos tenemos una imagen de nosotros mismos, que no siempre nos gusta. Recuerdo que alguien me dijo en cierta ocasión: "Cuando descubrí que se podía mentir, mi mundo se multiplicó por mil". Para muchos, la falsificación de la propia realidad es la única manera de estar en paz consigo mismos. Quizá los escritores son, simplemente, personas que han optado por canalizar ese impulso mediante la creación de mundos imaginarios.
Es fácil suponer que, para muchos escritores, escribir tiene también efectos terapéuticos. Si Dostoievsky se hubiera atribuido como propias las pulsiones de alguno de sus personajes, no sólo habría sido rechazado por todos sus semejantes, sino que habría pasado la mayor parte de su vida en un sanatorio psiquiátrico. Que fue lo que le pasó al Marqués de Sade, aunque con una sutil diferencia: en una sociedad en que guillotinar públicamente gozaba de las simpatías de la población (de la población no guillotinada, se entiende), resulta que sodomizar al mayordomo con mutuo consentimiento era una aberración abyecta e intolerable.
Con tales antecedentes se entiende que, quien más o quien menos, se reserve celosamente algún secreto que, sin embargo, arde en deseos de confesar. La religión católica y los psicoanalistas han sabido explotar ese lado oscuro del ser humano. En muchos casos, revelar un secreto no resuelve seguramente el conflicto que lo ha originado, pero alivia.
Digo esto porque, después de varios años de leer las páginas de PostSecret, he llegado a la conclusión de que los secretos más terribles nacen de un conflicto insalvable entre las emociones y la razón. Que es, quizá por desgracia, la esencia de la naturaleza humana. Leo hoy, por ejemplo, un secreto de alguien que dice "Me gustaría creer en Dios", seguido, sólo unas líneas más abajo, de otro que declara "Me gustaría ser ateo". Los dos transmiten la misma impotencia, la misma vehemencia. En esa misma página, una participante confiesa "Soy judía, y no estoy a favor del Estado de Israel". A lo cual alguien, algo más adelante, replica "No soy judío, y estoy a favor del Estado de Israel".
Poco después, un comentarista trata de echar una mano a aquel que tanto deseaba ser ateo, y le dice: "Aunque no hayas caído en la cuenta, ya eres ateo. Seguro que no crees en Ra, ni en Poseidón, ni en Alá. Sólo tienes que dar un pasito más. Ánimo. Te quitarás un peso enorme de encima". Es fácil de decir, pero dudo que el consejo sirva para algo, porque creer o no creer es algo ajeno a la razón, y ese pequeño paso es en realidad un azaroso viaje a través de junglas intrincadas.
Así es el océano de la vida. A veces encalmado, pero a menudo tempestuoso. En ese mismo océano nos debatimos todos, con nuestras velas a veces extendidas, a veces rotas, o desplegadas en la dirección menos propicia. Sobre un mismo oleaje, son muchos los que navegan -navegamos- en cualquier momento en direcciones opuestas. Es el absurdo frenesí de la vida. En el fondo, como en las novelas de Dino Buzzati, tal vez no seamos mucho más que ratones de laboratorio recorriendo laberintos que desembocan siempre en otros laberintos.
Porque ese conflicto radical, inevitable, entre la razón y la emoción es parte inseparable de nuestra naturaleza. Uno de los secretos que he leído hoy lo resume certeramente en sólo dos frases:
"Siempre me habías dicho que podías aceptarlo todo a condición de que te dijera la verdad.
Hasta que te la dije".
Buen viaje, Ulises.
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a las
12:35
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Palabras clave: altruismo, emocion, narcisismo, razón, secretos