martes, 17 de enero de 2012

S.O.S.

"¡Hola! Este es el servicio de emergencias de la Comunidad Autónoma de Barataria. El coste de esta llamada es el mismo que el de una llamada estatal, si llamas desde un teléfono fijo, o el que hayas contratado con tu operador para los números que empiezan por..."

"¡Socorrooo!"

"... más IVA. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble... emergen..."

"¡Ayúdenme, por favor! Estoy en la sierra de..."

"... punto com. Para tu seguridad, te informamos de que esta llamada podrá ser grabada. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada..."

"... y no encuentro el camino. Además, creo que me he roto un brazo..."

"Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión, pulsa... dos, o di en voz alta 'agresión'. Para cualquier otro motivo, pulsa... tres, o di en voz alta 'otros'"

"¡Las tres cosas a la vez!"

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."

"¡Otros!"

"Tu respuesta ha sido... ... ... Otros. ¿Es correcto?"

"¡Sí!"

"Muy bien. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada"

"¡Me he resbalado por un terraplén y me he caído en un panal de abejas! Estoy corriendo por el bosque, pero no sé si voy en dirección a..."

"Tu respuesta ha sido... ... ... 'Tres balas... con un perro al tren'. ¿Es correcto?"

"¡¡No!!"

"Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."

"¡¡¡Quiero hablar con un ser humano!!!"

"Disculpa, pero n... os... ndido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di... oz alta... idente'..."

"Piiip"

"Has seleccionado la opción 'Otros motivos' ¿Es correcto?"

"¡Sí!"

"No te retires. Te paso con un operador... [Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble..."

"¡Por favor! ¡Tengo un brazo roto, y me está picando un enjambre de abejas. Además, me caí encima de un oso que estaba comiéndose la miel, y que me está persiguiendo...!"

[Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que el coste de esta llamada... Clic. Clic. Crac... Un momento, por favor... Si deseas información sobre nuestros productos, pulsa... uno... o di en voz alta 'productos'. Si llamas desde otra Comunidad Autónoma, pulsa... dos, o di en voz alta 'directorio telefónico de otras Comunidades Autónomas'. Para cualquier otra consulta, pulsa... tres"

"¡Socorroooo!"

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información sobre nuestros productos..."

"¡Roarrrrgghh! 'Aaargh!"

"Has seleccionado... '...o desde otr... d Autónoma' ¿Es correcto?"

[Zumbido de abejas furiosas]

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información..."

"¡Aaah! ¡Me está mordiendo una pier...! [El zumbido aumenta de intensidad] ¡Groarrrr!... Ñam, ñam"

"Lo sentimos, pero no podemos entender tu respuesta. Muchas gracias por tu llamada."

¡Clic!

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sábado, 14 de enero de 2012

Mirada atrás

Supongo que, con el tiempo, es inevitable mirar más hacia atrás. En los primeros años de la vida el instante pesa abrumadoramente más que el pasado, pero los recuerdos son un universo que empieza con un big bang y, con el tiempo, llega a estar tan poblado que necesitamos telescopios para explorarlo. Uno de esos telescopios es el que yo desplegué la otra noche, como quien dice sin querer. Mi magdalena de Proust: unas postales antiguas halladas entre las páginas de un libro.

Las postales me retrotrajeron a una generación de amigos poco más que adolescentes. ¿Qué habría sido de ellos? El oráculo Google vino en mi ayuda. Fui probando nombres, huroneando enlaces, siguiendo pistas, y no tardé mucho en encontrarme con las imágenes de aquellos antiguos amigos, un poco más que madurados por el paso del tiempo. Las imágenes, además, iban acompañadas de información suficiente para reconstruir el trazo grueso de sus respectivas trayectorias.

Por lo menos en dos casos, que llamaré Julián y Milán. Los tres nos llevábamos estupendamente. Es fascinante ver cómo aquellos rasgos de carácter, que por entonces nos parecían sólo la sal y pimienta de la vida, nos han ido empujado por caminos tan divergentes. La tentación de sorprenderlos con una visita me duró poco. No tendríamos nada de qué hablar.

Julián estudió Matemáticas y, cuando empezó a trabajar, lo hizo como informático. Tenía los ojos profundamente negros. A su mirada intensa, siempre un punto incendiada, se sumaba una voz grave y resonante. Era racionalista a ultranza y, con esa pizca de elegancia intelectual que siempre ha conferido el trotskismo, pasó de las algaradas estudiantiles a la acción política clandestina. Años después, sin embargo, empezó a interesarse por la psicología de Jung, primero, y en seguida por el tao y las filosofías orientales en general. Un día, me lo encontré y me contó que había aprendido cierta técnica de respiración que servía de base para algo así como un psicoanálisis iniciático, cuya descripción me puso los pelos de punta. Incluso me envió un par de veces invitaciones a aquellos cursillos, que yo ignoré.

Después, le perdi la pista. Ayer lo vi fotografiado en una especie de consulta médica, con la misma mirada penetrante aderezada ahora por una perilla a lo Genghis Khan. Es la cabeza visible del movimiento en España. Ha creado su propia escuela filosófica, y ejerce como terapeuta o guía espiritual en esa curiosa variedad de aquelarres emocionales que, por lo visto, lo dejan a uno nuevo. De la informática ya ni se acuerda.

Milán era el más superficial de los tres y, quizá por eso mismo, el que más éxito tenía con las chicas. Tocaba la guitarra y cantaba -cantábamos- durante horas y horas todas aquellas canciones que tanto nos gustaban. Tenía un carácter débil, más de adolescente que de adulto, que no le impidió, años después, ingresar también en la clandestinidad y también en el selecto olimpo trotskista. En cierta ocasión me invitó a su piso de estudiante y, apenas traspuse el umbral, me indicó con un aspaviento que bajara la voz. Señaló una de las habitaciones. "No hables alto, que el obrero está durmiendo". El obrero era el único militante de su partido que no era estudiante, y lo mimaban como un jarrón de la dinastía Ming. Eran las 12 del mediodia, y el obrero seguía durmiendo. De hecho, nunca lo llegué a conocer.

Cuando llegó la democracia, Milán ingresó en el PSOE con la intención solapada de radicalizar a sus militantes y repoblar con ellos los páramos de la cuarta internacional. Pocos años después me enteré de que ocupaba un alto cargo en la Administración regional. Había estudiado Económicas, aunque nunca fue un alumno muy brillante, y él lo sabía. Anoche lo pude ver hablando en Internet, todavía con el mismo aire inofensivo, siempre superficial en sus disertaciones pero, por alguna razón, todavía lánguidamente simpático. Y me recordó al protagonista de mi segunda novela. Quizá, como él, éste también sobrevive porque no molesta.
Y cuando digo sobrevive, digo poco. La lista de cargos institucionales que simultanea es inacabable. Me intriga cómo, con un bagaje personal tan poco impresionante, ha podido este hombre trabar una red de contactos tan extensa en los camerinos del poder. Una de las noticias que hablaban de él informaba de su detención por la Guardia Civil, por pertenencia a una trama de subvenciones no justificadas, en los años 90. Y una segunda detención, unos cuantos años después, por razones parecidas. Pero de juicios ningún periódico menciona nada, y el hombre sigue ahí, tan tranquilo, dando charlas sobre las cenefas de la nada y ocupando jefaturas a diestro y siniestro. Me incomoda decirlo pero, pese al cúmulo de evidencias que pesan contra su persona en los dos casos de corrupción, sigo sintiendo simpatía hacia él.

Julián y Milán, cada uno en un planeta exótico de una galaxia diferente. Pliego el telescopio y me voy a dormir.  En fin de cuentas, para ser lo que somos, y no para otra cosa, hemos nacido.


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lunes, 19 de diciembre de 2011

Amsterdam, one way

(Comienzo)

El empleado del mostrador me expide el billete. Estación central, ida sólo. Lo recojo y, empujando mi maleta, me abro paso entre la multitud del aeropuerto hasta llegar al andén. El tren a la estación central está ya allí detenido, con las puertas abiertas, a punto de salir. Entro apurado con mi maleta, casi a trompicones, en el momento justo para oír las puertas cerrarse detrás de mí. El tren arranca. Un par de minutos después mi vagón ha dejado atrás el túnel del aeropuerto, y yo he conseguido por fin sentarme junto a una ventanilla, respirar fuerte, mirar el paisaje y tratar de pensar, todavía un poco adormilado.

Son las 9 y media de la mañana. Atrás quedan ya un amanecer a 30.000 pies de altura, un madrugón en un hotel de aeropuerto y una noche de imprevistos en Barcelona. Si hay una ciudad hostil en el mundo –excluyendo, posiblemente, Bulgaria, capital Sofia-, Barcelona se esfuerza con admirable perseverancia por no perder el título. Es curioso, o quizá revelador, cómo una ciudad tan obsesionada con el diseño de vanguardia puede ser tan autista en las relaciones humanas. Pero atrás han quedado ya el retraso desesperante del avión, el retraso desesperante de la cinta transportadora de equipajes, la noticia de que mi siguiente avión despegará sin mí, media hora de gélida espera de un shuttle que no llega, la noticia telefónica de que el conductor “se ha ido a cenar”, un indignado cambio de planes que me conduce a un hotel imprevisto, escogido al azar, bellamente decorado, y amueblado con música chill out a volumen de discoteca, una habitación a temperatura cuasi-polar, un taxi que nunca llega en medio de una noche de lobos, una cena de amigos entrañable en Barcelona y, por último, unas pocas horas de sueño en una cama confortable antes de emprender el vuelo otra vez a las siete de la mañana y ver amanecer sobre Francia, a 30.000 pies de altura, adormilado todavía. Igual de adormilado que ahora, cuando el avión está aterrizando ya en el aeropuerto de Amsterdam.

El taxi, conducido por un personaje hierático con barba de integrista musulmán, se detiene frente al hotel. Ni él ni yo parecemos tener ganas de intercambiar palabras. Me apeo en silencio, recojo mi maleta y me encamino a la recepción. La recepción del hotel es acogedora, pero los pasillos interiores y los apliques de las paredes son una sinfornía de ángulos rectos. Calvinismo at its best.

Habitación 621. Apenas tengo tiempo de entrar, abrir la maleta, recoger una bufanda y salir pitando hacia la Universidad. Tengo una cita a las 13.00, una hora antes de que comience el taller sobre “Inquisitiveness”. Ni siquiera me he molestado en averiguar qué diantres significa ese título. El taller que a mí me interesa es sobre lenguajes de signos, que será el miércoles. En el mostrador de inscripciones me entregan unas hojas informativas, un distintivo con mi nombre, un mapa y unos vales para el comedor universitario. Es mediodía, y el profesor Reinhard todavía no ha llegado.

Mientras organizo todos los papelotes que me acaban de dar me siento a esperar en un pasillo luminoso, rodeado de estudiantes que charlan animadamente. Algunos me miran con disimulo. Todas las universidades tienen algo de intemporal, con sus tablones de anuncios, su olor inconfundible, sus carpetas de apuntes y su porcentaje de estudiantes desaliñados, con déficit de peluquería o de maquinilla de afeitar. En el interior de un aula se oye una salva de aplausos. A los pocos minutos, otra. Las ponencias están terminando. Por fin, los asistentes salen, casi atropellándose unos a otros.

Localizo a Reinhard entre la multitud. Nos saludamos, y me dejo conducir hasta el aula 0.14, que ha quedado vacía. Una vez sentados, el profesor deposita mi artículo sobre un pupitre blanco y me pregunta si soy físico. Él ya sabe que sí, pero lo que más parece interesarle es mi especialidad. Le digo la verdad: física teórica. Pero no se conforma. ¿Física cuántica? ¿Relatividad? Para no perderme en explicaciones, le respondo que física cuántica. Parece levemente decepcionado. Él también es físico, pero su especialidad es la relatividad. Intuyo que he tenido suerte. Sólo tenemos una hora, y la cita no era para hablar de física, sino de lingüística. No perderemos tiempo yéndonos por las ramas.

El profesor Reinhard es rubio, casi pelirrojo. Tiene ojos azules y facciones expresivas. Es veterano ya, quizá a punto de jubilarse. Yo estaba preparado para un interlocutor distinto, alguien vagamente arrogante o amablemente remoto, pero él se muestra amistoso, quizá por la complicidad de ser él y yo físicos. Como buen alemán, después de unos breves circunloquios va al grano. Trae hechas algunas anotaciones manuscritas en los márgenes de mi texto. Las miro con avidez mientras escucho atentamente sus observaciones, en un inglés pastoso que, si fuera comida, se me ocurre pensar, sería porridge.

Conversamos durante casi una hora, hasta que empiezan a llegar los primeros asistentes. O quizá debería decir los primeros feligreses. Mientras respondo a sus preguntas, trato de retener todos los detalles de la conversación, para analizarla después en frío y sacar conclusiones. Sé que deberé explicarme con la mayor nitidez posible y contra reloj, para no dejarnos nada en el tintero. Por fin, después de tres cuartos de hora que se me hacen cortísimos, tengo la impresión de que hemos llegado a un punto muerto. Ninguno de los dos parece tener más que decir. Le doy sinceramente las gracias, y me despido. En el aula, la primera ponencia está a punto de empezar.

Un rato después, en el comedor universitario, ante un sandwich crujiente y un zumo de naranja, medito sobre la conversación. La conclusión que se va abriendo paso en mis entendederas es cada vez más clara: este hombre no se ha enterado de nada. A pesar de sus anotaciones manuscritas, es evidente que se ha limitado a una lectura superficial. Me habla de desambiguación léxica cuando yo he definido la desambiguación en abstracto, como elemento básico del proceso de información. Me habla del concepto de ‘focus’ en un sentido que yo no le he dado, y que he dedicado una sección entera a explicar. Me remite a Montague, cuando es evidente que mi argumentación no encaja en la semántica formal. Me habla de información en sentido cuantitativo, cuando yo he dejado claro desde las primeras líneas que mi planteamiento es cualitativo. Y por último me sorprende, ya casi al final, dándome a entender que no ha comprendido ni siquiera la definición de categoría, que es el punto de partida para la construcción del modelo.

Empezaba a estar claro que Reinhard trataba todo el tiempo de llevar el agua a su molino, negándose a aceptar la idea de que aquel texto podía no tener nada que ver con ninguna de las teorías que él conocía. Entiendo que pueda dar mucha pereza leerse 45 páginas de alguien que no es alumno tuyo, sobre todo cuando las ideas que ese alguien está proponiendo son inclasificables. Es más, ya me lo esperaba, y lo disculpo incluso. Como él mismo dijo, hay unas reglas de juego, y el que se las salta, simplemente, no juega. Uno podría esperar miras más elevadas de un científico, pero ciertamente no de un funcionario.

Creo que ahora puedo imaginarme cómo era el mundo antes de Copérnico. Una selva laberíntica de disquisiciones vacías, contaminadas de prejuicios religiosos (o de paradigmas científicos). Algunas cosas han cambiado desde entonces, de lo cual me alegro no poco, ya que si todo esto hubiera sucedido en el siglo XVI yo podría haber terminado en una hoguera. La lingüística de hoy, en cambio, es politeísta, y no rinde ya pleitesía a las Tablas de la Ley, sino a un sanedrín de sacerdotes, llámense Chomsky, Montague, Jackendoff, Langacker, Talmy, Lackoff o Pustejovsky.

Después de medio siglo de funcionariado, lo más lejos a que ha llegado la lingüística es el cochambroso traductor de Google, y ello no gracias a, sino más bien a pesar del deslumbrante repertorio de intelectuales de nómina, vacaciones remuneradas y pagas extraordinarias a cuenta de la munífica ubre estatal. Todo esto me sabe tanto a Liqueur Politburó... Final de época: Amsterdam, one way.



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martes, 25 de octubre de 2011

Democracia peliculera

Democracia. También en ese país en el que los ciudadanos no votan programas políticos.

Votan películas.

Pero a quienes realmente eligen es a los actores.

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Cigarras, hormigas

Con tanta diversión a crédito, habíamos llegado a olvidar la vieja fábula de la cigarra y la hormiga. Es cierto: qué anticuada y ridícula había llegado a parecer.

Hasta que alguien se dio cuenta de que el verano se había terminado.

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Memoria histórica

Es curioso. Memoria histórica para los caídos de un bando de una guerra civil, pero no para las víctimas de una banda armada.

Similitudes:

El bando rememorado y la banda armada son ambos de izquierdas. Qué casualidad.

Diferencias:

1 - La amnistía de la Transición se otorgó para pasar de la dictadura a la democracia. La amnistía de la banda armada se otorgará para pasar de la democracia a la dictadura.

2 - La guerra civil había terminado 38 años antes de 1977. El último asesinato de la banda armada data del año pasado.

3 - La amnistía de la Transición pasó definitivamente la página de la Guerra Civil. La amnistía de la banda armada abrirá, tarde o temprano, una nueva página de guerra civil.


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martes, 18 de octubre de 2011

Recetas para el triunfo

La banda armada ETA, como Göbbels en su tiempo, ha ganado la batalla de la información. Y, con ello, se ha abierto las puertas del triunfo (de momento). Las ratas, para sobrevivir, tienen que despabilarse más que sus alimentadores y, en parte por eso y en parte por una de esas carambolas de la Historia, la ETA se adelantó sin querer, ya en el siglo XX, a un futuro en el que la información es la clave del Poder.

¿Una banda armada que se sale con la suya? ¿En Europa? ¿En el siglo XXI? Hace sólo 20 años pocos lo habrían creído excepto, quizá, los iluminados residuales de la caída del último gran totalitarismo.

No sé si incluir a François Mitterrand en ese grupo espectral, pero lo cierto es que el ojo políticamente tuerto del (inevitablemente) gaullista Presidente francés puso, sin que a éste le temblara el pulso, muchos granitos de arena en la clepsidra de la banda armada. Tiempo ganado para la Historia: los propios etarras no lo sabían, pero tenían que resistir hasta el siglo siguiente.

Que es éste. Y a este siglo llegaban con ventaja. Mientras la Baader-Meinhof y las Brigadas Rojas se rendían a la fuerza del Estado, los de la chapela resisitían en sus escondrijos de la Aquitania, y aprovechaban el respiro para ir saliendo en los periódicos de cuando en cuando con unas cuantas bombas y disparos varios. Nos íbamos familiarizando con ellos. Malo. Y, como en la alegoría de Orwell, insensiblemente asimilábamos su lenguaje. Euskadi, izquierda abertzale, ikastola, Donosti, el Estado español, movimiento de liberación, cale borroka y, ya en la etapa del asalto final, el conflicto y... la Paz. The End. Guión perfecto.

Es cierto que Felipe González no ayudó. El misterioso suicidio de Ulrike Meinhof y varios correligionarios se hundió rápidamente en ese limbo en el que reposa todavía Kennedy, pero los GAL eran unos personajes de historieta cómica que regalaron a la banda armada la condición de víctimas. Víctimas de un Estado de risa, cierto, pero, ojo, de nadie más. Claro que, a quién le importa la risa del Estado cuando considera que todos los ciudadanos somos representantes de él, y no al revés.

El regalo estaba envenenado, y su precio fue la caída de Felipe. Casi al mismo tiempo que moría François. (Perdóname la familiaridad, François, pero es por equiparar). Las cosas se pusieron feas, pero entre tanto habían sucedido muchas otras cosas. Las guerras no eran ya de verdad, porque ahora se libraban en los videojuegos. La juventud se despolitizaba y se iba haciendo a la idea de que el mapa del mundo se termina en el límite provincial. Habían dejado de leer, sólo usaban ropa de marca y empezaban a acariciar la idea de ponerse un pendiente en el ombligo. Para mirárselo más a menudo, quizá.

Las cosas se iban poniendo feas, pero las condiciones objetivas no engañan. Ya lo dijo Julio César: divide, y vencerás. Además, doscientas mil personas se habían quitado la chapela y se habían largado. Y, para colmo de condiciones objetivas, un día de repente los pisos ya no valían lo que todos creían que valían. Era el momento. La luna se había puesto en cuarto creciente, y a aquella mortecina luz nadie discernia ya el bulto de las chapelas.

El Estado de risa de Felipe era ahora un Estado de morirse de risa, con payasos repartidos por todos los telediarios. En tales condiciones, casi no había más remedio que subirse a la carroza de la Alianza de Civilizaciones. Era tan divertido tirarle tartas a la cara a Zapatero. No sólo se dejaba sino que, además, sonreía. Como en el circo de verdad.

Sólo que en ese circo los etarras no son los payasos, sino los leones. En cuanto terminen de hacer las paces, esos señores de las chapelas (vosotros, no; esos otros que van a misa) les terminarán de abrir la puerta de la jaula. Ellos no ven leones, sino hijos descarriados, y por eso durante cuarenta años les han estado echando comida por entre los barrotes, a hurtadillas. Al fin y al cabo, ningún león se come al domador que lo alimenta.

Al menos eso dice la teoría. Con una sola excepción: cuando los domadores son también payasos.

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domingo, 16 de octubre de 2011

Las Vegas

Curioseando entre recuerdos, he encontrado un texto que escribí hace once años en Las Vegas. No recuerdo dónde lo escribí exactamente, ya que en aquel viaje no llevaba mi ordenador. En realidad, mi intención era comprarme allí uno nuevo, pero mi tarjeta de crédito europea no debía de ser muy compatible, porque al ir a cobrármelo el vendedor algo falló, y me quedé completamente sin crédito (y sin ordenador). Recién llegado a Las Vegas.

El texto es una impresión rápida de la miríada de sensaciones que me asaltaron en aquella ciudad. No estoy seguro de que la segunda parte sea un poema. Tal vez era sólo un boceto taquigráfico. Le he puesto los acentos, y he cambiado la nh por la ñ pero, aparte de eso y de algún  mínimo retoque, lo he dejado como está. Testimonio y crónica. En bruto.

Aquí va:

"Las Vegas: indescriptible. Todo se mueve, todo cambia. Neones, shows de luces y de música en bóvedas luminosas, primero desde la cúpula de vidrio del restaurante del Plaza, luego bajo el lucernario, rodeado  de gordos y gordas, gente posando abrazados a una serpiente, caricaturistas dibujando, esos grupos de música de aspecto patético pero inefable. Un chino con un rockero, viejísimos los dos, cantando country, otros cantando blues, rock and roll, un tipo de unos 40 y tantos, flaco y huesudo, con larga perilla, levita de saloon, Stetson negro en la cabeza y pañuelo negro al cuello, con otro totalmente calvo, vestido con un chaleco de lentejuelas, cantando La Bamba. Sosias de Elvis paseando por entre la multitud. Camisas floreadas, blancos, negros, asiáticos, mexicanos, hawaiianos, gordos que desbordan de los asientos de las máquinas tragaperras, camareras vestidas de cabareteras o de mexicanas, alla en lo alto, en la boveda, cantan Sammy Davis, Frank Sinatra, Elvis, y todo se mueve, se mueve, se mueve.

un restaurante precioso
con sabor de los 40-50
en las paredes caricaturas elegantes de famosos
que posiblemente habían pasado por alli
sobre todo actores de cine
un pianista gordísimo
que se parecía al de To have and have not, con 30 años más encima
que tocaba temas de jazz
y que había estado en la cárcel
y nos contó su vida
y las mesas
bajo una cúpula de vidrio majestuosa
que daba a la calle
the Strip
la avenida principal de los casinos
kilómetros de casinos
desde la cúpula veías
mientras cenabas
la encrucijada de la calle
de izquierda a derecha una calle sembrada de casinos
y enfrente una calle longitudinal
inacabable
cubierta en los primeros 300 metros
por un techo abovedado luminoso
en el que proyectaban shows visuales
debajo una calle peatonal hirviendo de gente
y por todas partes luces
luces
luces
ninguna de ellas quieta
todo se movía
todo cambiaba
Parménides
después
bajamos a pasear bajo la bóveda
y a curiosear por los casinos
ahora estaba escribiendo mis impresiones

y las capillas
de matrimonio rápido por 25 dolares
inefables
un cartel leído en una de ellas
NEED TO MARRY?
CALL 734 567
24 HRS A DAY
adentro un minialtar, unas sillas, un piano
unas flores blancas
probablemente de plástico"


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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Las tertulias


Dijo Gerald Brenan, creo que en sus memorias, que la decadencia de España comenzó con la invención de la mesa camilla. Basta con imaginarse, explicaba el hispanista, a las fuerzas vivas de la localidad -léase el alcalde, el boticario, el párroco, el cacique local y un florido ramillete de eruditos a la violeta- arremetiendo contra los ausentes y derrocando de palabra al Gobierno entre picatostes y copitas de anís, al amor del brasero, para hacerse una idea de la capacidad de regeneración de la madre patria desde tiempo inmemorial. ¿Recuerdan ustedes las intrigas de aquella ciudad imaginaria llamada Vetusta?

Han pasado ya varios siglos desde entonces, pero las tradiciones se resisten a morir. En España no hubo von Humboldts ni Voltaires (no digamos ya Galileos o Newtons), sino atrabiliaras legiones de teólogos, pícaros, cantamañanas y conspiradores de café, y las argumentaciones rara vez se han acercado siquiera a la categoría de debates. Se han quedado en... tertulias.

Pero hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. En nuestros días, los progresos de la tecnología han librado a los tertulianos de chamuscarse las puntas de los zapatos y los han acogido, como madre amorosa, bajo los focos de algún estudio de radio o televisión, calentitos por fin sin tener que padecer el incordio de los sabañones y -lo mejor de todo- cobrando.

Las tertulias, como los toros o las romerías, son un espléndido espectáculo arqueológico que permite a los antropólogos estudiar el pasado a pie de obra, sin necesidad de estornudar en polvorientos archivos ni de leerse las obras completas de don Marcelino Menéndez y Pelayo. Los tertulianos de hoy, con sus corbatas y pañuelos de Armani, sus iPads recién estrenados y las llaves del 4x4 en el bolsillo, son en realidad ectoplasmas de los desharrapados de La fontana de oro, facsímiles costumbristas de los tapices de Goya y, aquí y allá, como esporádicas notas de color, reencarnaciones del predicador fray Gerundio de Campazas en perfecto estado de conservación. Directamente en su pantalla, gratis. Simplemente apretando un botón.

No me digan que no es fascinante. El otro día, zascandileando con el mando a distancia, me topé con una tertulia de teólogos y exorcistas. Sí, sí, han leído ustedes bien: exorcistas. Sacerdotes, para ser más exactos. Exorcistas oficiales de la Santa Madre Iglesia, que, créanlo o no, existen. Los tertulianos hablaban con toda naturalidad de Satanás, de sus pompas y sus obras, de posesiones y de ángeles, y discutían mesuradamente hasta qué punto, en su experiencia personal, los exabruptos y espumarajos de tal o cual solicitante eran materia de oración y agua bendita o meramente síntomas de carne de psiquiátrico. Escuché fascinado durante una hora hasta que, enfriado el entusiasmo inicial de haberme asomado gratis al tunel del tiempo, los párpados me empezaron a pesar más de la cuenta.

La característica principal de los tertulianos es que saben de todo. Con el mismo aplomo analizan los entresijos del sistema monetario internacional que rebaten las sentencias del Tribunal Supremo o cuestionan la etiología de la gripe A. En cualquier caso, la única finalidad de sus diatribas es poner verde a alguien, generalmente el Gobierno o la oposición, según la chaqueta política del orador. Para ello, se enzarzan en larguísimas disertaciones, se repiten, se interrumpen constantemente unos a otros, se levantan la voz, y hablan todo el tiempo de sí mismos. Los tertulianos son omniscientes, y jamás se equivocan. Como si tuvieran rayos X en los ojos, conocen los pensamientos y las intenciones de jueces y políticos, y están tan seguros de sus opiniones que cuando quieren decir falsedad dicen mentira. Por supuesto, nunca dudan.

Se comprende que se interrumpan unos a otros porque, una vez tomada la palabra, no la sueltan. Ocasión que aprovecha el moderador para, en lugar de hacer honor a su nombre, arrojarse de lleno a la refriega y disputar el monólogo a todos los demás. Muchos estamos ya acostumbrados a esos presentadores que formulan unas preguntas mucho más largas que las respuestas y que, antes de esperar a oír lo que responde el entrevistado, defienden vehementemente su opinión para que el otro, en lugar de contestar, le dé la razón (o le lleve la contraria, si es de la tribu adversaria).

Es una fauna variadísima. Los hay calvos e hiperactivos, pero también barbudos y sentenciosos. Algunos son engreídos; otros, simplemente vanidosos. Todos terminan escribiendo algún libro y remitiéndonos a él como autoridad bibliográfica de sí mismos. Si las tertulias fueran zoológicos (y no andan tan lejos), las cacatúas serían esos que se desgañitan con voz estridente -y que, curiosamente, suelen ser calvos-, quizá para compensar la falta de vistoso plumaje. Puede que las ballenas estén al borde de la extinción, pero en España la biodiversidad costumbrista no corre peligro.

Los tertulianos no se limitan a acarrear de tertulia en tertulia su repertorio de argumentos propios y -sobre todo- ajenos. Son también muy reacios a usar verbos o sustantivos mondos y lirondos, y siempre que encuentran ocasión los aderezan con una frase hecha. Por ejemplo, a los políticos mentirosos (si se me permite el epíteto) siempre los han pillado "con el carrito del helado". Las preguntas enigmáticas son invariablemente "la pregunta del millón", cuando alguien tiene que negar algo "niega la mayor", las comprobaciones más exigentes son "la prueba del algodón", y tantas otras sandeces por el estilo.

Por si todo eso fuera poco, son también ubicuos. A menudo me encuentro a algunos haciendo jornada intensiva, a las 10 en la televisión y a las 11 en la radio, o incluso simultáneamente (!) en dos canales distintos, explicando que tal o cual rumor se transmite "boca a boca", "volviendo" a repetir algo que nunca habían dicho antes, o resumiendo la gravedad de la situación económica en "... con la que está cayendo". No informan de mucho, por no decir de nada, y no aportan más ideas esclarecedoras que las que el espectador ya quería oír. Pero, en fin de cuentas, ¿a quién demonios le importa? Las tertulias aquí son un rito, como la misa de los domingos, el football o las gambas. Merkel y Sarkozy no se han enterado, porque no están para esas cosas y, sobre todo, porque es difícil imaginárselas, pero alguien debería advertirles. Sus consejos son inútiles. España es eterna.



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sábado, 17 de septiembre de 2011

Estilos

La afición a los libros, como el paladar, se sofistica con la práctica. Es como todo. Al principio, todos los chinos nos parecen iguales (como nosotros a ellos), pero después, con el trato, uno aprende a discernir matices, ademanes, manías, rasgos de carácter y, finalmente, hasta el pueblo de procedencia. Por supuesto, quien dice libros puede decir también cuadros, catedrales, representaciones teatrales o melodías. La otra cara de la moneda: no es posible volver atrás. Cuando uno ha llegado al punto de emocionarse con la Novena Sinfonía o con las arias de Ich habe genug, los éxitos de David Bisbal le parecerán indistinguibles de las obras de demolición de un edificio, taladradoras incluidas.

De niño, es cierto, lo único que uno quiere es averiguar qué les sucederá a Ben-Hur, a Mowgli, al Conde de Montecristo o a Ciro Smith. No se para en sutilezas. Yo leía todo lo que caía en mis manos, incluidos los prospectos de las cajas de aspirina, pero no distinguía entre las novelas de Somerset Maugham y las aventuras de kiosko de El Coyote. En el cine, e incluso ante una pantalla de televisión, uno generalmente no ve a un señor llamado Humphrey Bogart recitando un guión junto a un piano, rodeado de focos y de cámaras: uno ve al dueño del Rick's Café, desengañado de amores, rememorando melancólicamente París. Es la fórmula mágica del arte y, al mismo tiempo, lo que nos separa del Australopitecus y de los aficionados al football.

Hasta donde alcanza mi memoria, la primera redacción que hice, por encargo de algún maestro, versaba sobre la vida cotidiana. Me habían encargado resumir en una cuartilla las cosas que me habían sucedido durante el día. La verdad, no se me ocurría mucho que contar, de modo que, después de mucho tachar, añadir y reescribir, el relato final seguía siendo alarmantemente corto. El texto terminaba diciendo algo así como "...y ésta es la narración, meticulosamente explicada, de lo que me ha sucedido hoy".

-¿Meticulosamente? ¿No te parece que exageras un poco? -dijo mi madre.

Tenía razón, y yo lo sabía, pero buscaba en mi mente todo tipo de subterfugios para convencerme a mí mismo de que aquella palabra no sobraba. Lo que yo quería, naturalmente, era presumir de vocabulario. Y, de paso, estirar desesperadamente un poquito la extensión del texto. A la vista de aquellos dos propósitos, el escritor que había en mí acababa de nacer.

De la crónica cotidiana pasé en poco tiempo a la poesía, que inauguré con unas letrillas a mofa de un paleto imaginario, en rimas asonantes y plagadas de ripios. Después de eso, y durante bastantes años, no recuerdo haber escrito nada que me dejara huella. Antes de ser siquiera adolescente leí a autores tan dispares como Marcel Proust, André Maurois, Knut Hamsun, Stephan Zweig, Oscar Wilde e incluso Homero. Sin enterarme de mucho. Leí todo lo que encontré en la biblioteca de mi padre, incluida la enciclopedia Espasa, más los libros de aventuras que me regalaban en vacaciones y para mi cumpleaños. Fue un atracón frenético que nunca llegué a digerir. Pero, para mí en aquellos años, leer no era una opción. Era una adicción.

El primer salto cualitativo llegó cuando cayó en mis manos Campos de Castilla. La tersura de aquellos versos, su sencillez y, al mismo tiempo, su capacidad para emocionar me deslumbraron. Pero la pasión por Machado me duró poco, porque estaba a punto de suceder uno de los grandes acontecimientos de mi vida: el descubrimiento de la Antología del 27, de Gerardo Diego. En ella me encontré con el primer Rafael Alberti, con Federico García Lorca, Luis Salinas, Dámaso Alonso, el surrealista Juan Eduardo Cirlot, el propio Gerardo Diego y, sobre todo, el hijo primogénito de Góngora en la Tierra: Vicente Aleixandre.

Escribí kilómetros de poesía influido por esos autores, y más tarde por el romancero popular y por la generación de José Hierro, Celaya y Blas de Otero. La prosa no me interesaba. La poesía era un diamante denso y fulgurante en el que nada podía faltar ni sobrar, y de aquella compresión violenta del lenguaje nacían imágenes y evocaciones inalcanzables para un pobre, mortal escritor de novelas. A la cumbre de aquella ascensión llegué una noche, en mi habitación, leyendo un ensayo de García Lorca sobre la poesía de Góngora. Fue una revelación. Las Soledades, aquella larguísima trenza de latinajos anudados, era en realidad un viaje vertiginoso por un universo de sensualidad que las mentes de Goethe o Thomas Mann jamás podrían siquiera concebir. La única condición era... leerlo despacio. Palabra por palabra, letra a letra. O mejor aún: molécula a molécula.

Entre tanto, inevitablemente, la prosa se iba abriendo camino entre mis lecturas. Empezaron a apasionarme Baroja, Aldecoa, Luis Martín Santos, Valle Inclán, Clarín, pero también la picaresca, el naturalismo, Maupassant, Nabokov, Stendhal, Juan Valera, Camus, Melville, Chloderlos de Laclos. Además de devorar todo tipo de ensayos, me rendí ante la fuerza medieval de La Celestina y me reí a carcajadas con la vida del escudero Marcos de Obregón. Descubrí a Samuel Beckett, y escribí docenas de monólogos inspirados en -léase 'a imitación de'- Molloy, o Malone meurt. Creo que me empaché. Las comidas copiosas se digieren lentamente.

Por efecto de aquel empacho, los cuentos que en aquellos años escribía yo se iban haciendo cada vez más espesos y abigarrados. Excepto tal vez en alemán, era imposible decir todo lo que yo quería decir sin más herramientas que la sintaxis, valiéndose de tan sólo unas preposiciones y unas comas. La prosa tenía sus propios recursos, y el lenguaje poético no era uno de ellos. Me quedaba todavía por aprender el arte de la poda.

Curiosamente, sin embargo, mis maestros en el arte de desbrozar adjetivos no vinieron de la literatura. Durante los años 80 y 90, los artículos del semanario The Economist me demostraron que la prosa tenía recursos de sobra para competir con la poesía. De un entusiasmo contagioso, sus redactores eran capaces de explicar con claridad pentecostal desde un intrincado acuerdo de libre comercio hasta el comportamiento del spin en los neutrinos. Estuve suscrito a ella hasta los primeros 2000, en que, por alguna razón que nunca conseguí averiguar, el estilo -y el contenido- de sus textos cambió inesperadamente. Aquel plantel de mentes brillantes, capaces de exponer un argumento en términos concisos, amenos y, sobre todo, convincentes, se esfumó de repente, y los artículos de The Economist se convirtieron de la noche a la mañana en fárragos burocráticos, completamente carentes de interés.

Conservo en mi biblioteca algunos centenares de libros que por una u otra razón me dejaron huella, pero no llegué a guardar ninguno de aquellos ejemplares de The Economist, que todavía añoro. Googleando, he encontrado en Internet un archivo digitalizado de sus artículos, pero convertidos en imágenes. La mayoría de sus textos son ilegibles.

Mi primera novela fue un intento -fallido- de aligerar la fronda de mi estilo. El protagonista que escogí no era del todo tonto, pero le faltaba vocabulario. Era incapaz de expresar matices o ideas profundas, y hasta su sentido del humor dejaba que desear. Puede que el personaje me saliera verosímil, pero la narración carecía de nervio y, a ratos, se desdibujaba en un manojo de anécdotas pueriles. Para colmo, la novela se quedaba corta de páginas y, como en aquella primera redacción de mi infancia, caí en el error de rellenarla. Con los años, he ido haciendo sucesivas versiones, corrigiendo aquí y allá, porque la idea me sigue gustando, pero a estas alturas me temo que no tiene arreglo.

En mi siguiente novela dejé que el péndulo se fuese al extremo contrario. Me propuse no dejarme ninguna idea en el tintero, y emprendí una ambiciosa historia (reinventada) del siglo XX a través de la vida de Manuel Zanzón, un personaje -¿lo adivinan?- anodino y manejable. Por qué los protagonistas de mis novelas son siempre idiotas es para mí un misterio. En cualquier caso, la novela se quedó a la mitad, y no creo que llegue nunca a terminarla. Supongo que lo mío son las distancias cortas.

Desde hace ya bastantes años, son raras las novelas que termino de leer. Normalmente las abandono en la página 15 o 20. Les encuentro mil defectos, y me digo a mí mismo que yo podría escribir una historia más interesante... pero nunca lo hago. Quizá he llegado a un punto en que, más que la realidad, me gustan las radiografías de la realidad. Del mismo modo, cuando veo una película prefiero divertirme analizando el guión, la interpretación, la música, la iluminación, las tomas y hasta el presupuesto. Con pocas excepciones, las tramas son, por desgracia, demasiado previsibles.

Querido Manolo Zanzón, sé que nunca me lo perdonarás, pero no tengo ánimo para terminar de escribir tu biografía. Tú no lo sabes, pero después de ser tú ministro sucedieron todavía muchas cosas. Regresaste a Madrid, volviste a hacerte famoso con un programa de radio, llegaste a presidente del Gobierno y finalmente un día, en el Vaticano, conseguiste lo único que realmente deseabas: tocar el órgano. Si te sirve de consuelo, en algún lugar de este ordenador guardo todavía, además de un resumen imaginario de la segunda mitad de tu siglo, los acontecimientos más importantes de tu vida.

Al fin y al cabo, quizá era ése tu destino desde un principio: que el final de tu vida fuera tu radiografía.

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