Las aleluyas de ciego fueron uno de los primeros intentos de transmitir información en dos dimensiones. Es cierto que las viñetas había que contemplarlas una después de otra, y en ese sentido poco se diferenciaban del lenguaje hablado o de la escritura latina, china o egipcia. Pero cada imagen era una pequeña historia en sí misma, y uno podía entretenerse en sus detalles e interpretarla a su manera. A diferencia de las palabras, las aleluyas de ciego no expresaban información simbólica, sino resumida.
Es curioso que fueran precisamente los ciegos los precursores del cine. Desde luego, las representaciones visuales son tan antiguas como los palitos y las superficies de arena. Uno puede imaginar sin dificultad que, faltos de pluma y pergamino o arrebatados de inspiración, Euclides o Pitágoras garabatearan alguno de sus teoremas en una playa del Mar Egeo. En Mesoamérica, los mayas desarrollaron el único lenguaje conocido que representa relaciones sintácticas en dos dimensiones. Pero ninguno de los dos métodos era muy user-friendly: el quinto postulado fue una fuente de quebraderos de cabeza hasta el siglo XIX, y los intrincados glifos de Palenque son todavía hoy objeto de controversia.
En la película Orphée, de Jean Cocteau, una de mis favoritas de la historia del cine, hay una escena invertida en el tiempo: liberada de la fuerza de la gravedad, una figura humana se levanta del suelo como atraída por un imán y recobra su posición vertical. Inventados ya el flash-back y el flash-forward, el lenguaje cinematográfico descubría la simetría de sus elementos narrativos, y se liberaba de la sumisión al tiempo cronológico. De ahí al lenguaje de hipertexto no había más que un pequeño paso. Sólo faltaba inventar Internet.
Lo cual, a efectos prácticos, sucedió 39 años después, exactamente en 1989. En la recién nacida Web uno podía avanzar o retroceder a voluntad a lo largo de un texto, o saltar a cualquier otra área de información a través de un enlace. Era tan fácil como pensar, aunque con una ventaja: a diferencia de la memoria humana, la memoria digital es fidedigna.
Precisamente ahí empezó el problema. ¿Cómo organizar las ideas en un sitio web? La primera respuesta que a uno se le ocurre es: como mis propios pensamientos. En sus primeros balbuceos, los sitios web eran un strip-tease mental de sus constructores, y los resultados eran francamente descorazonadores. ¿Realmente así tenían aquellas personas estructurado su pensamiento? Sin necesidad de consideraciones teológicas, uno comprende ahora por qué el mundo es tan imperfecto.
A la vista de cómo están las cosas a día de hoy, cabe temer que los balbuceos todavía no han terminado. Parece que seguimos lejos de encontrar un lenguaje universal y, lo que es peor, uno se teme que la evolución del lenguaje web está sujeta en gran medida a consideraciones personales o políticas, e incluso a los caprichos de la moda. Hace sólo unos años, un puñado de sitios web habían encontrado por fin una estructura cómoda para el sufrido usuario: Air Europa, Renfe, Idealista, Páginas Amarillas y algunos ministerios habían conseguido -¡albricias!- que la experiencia de consultar o comprar por Internet fuera lo más parecido a un placer. Sin embargo, ha bastado un cambio de Gobierno (o de responsable, en el caso de las empresas privadas) para convertir todas aquellas modélicas páginas en laberintos inescrutables donde, una vez más, el bosque impide ver los árboles.
Para el lector -como yo- desesperado, tal vez será útil saber que Vueling es en este momento la compañía a la que más fácil es comprar un billete de avión. Mañana, no sé. En el otro extremo de la balanza está Renfe, cuya interfaz es lo más parecido a la guerra de Vietnam. De hecho, en mis dos últimos viajes en tren preferí acudir a la estación y esperar tres cuartos de hora de cola para comprarle mi billete a un ser humano (lo de "humano", en sentido taxonómico sólo). Back to basics.
En inglés sucede lo mismo. Aunque sitios como Booking.com, ScienceDaily o Spiegel International siguen resistiendo las embestidas de los idiotas, Reuters ha empeorado varias veces, Amazon es un caos (aunque apasionante), Facebook es un horror (o, mejor dicho, millones de horrores), y Twitter todavía no lo he entendido.
El problema, creo yo, es el deseo irresistible de hacinar el mayor volumen posible de información en una sola pantalla. Por suerte, van desapareciendo ya de las primeras páginas aquellas larguísimas parrafadas introductorias del estilo de "Nuestra prestigiosa empresa, fruto de un constante empeño por la superación y avalada por 35 años de dedicación y servicio al cliente, se esmera en todo momento por ofrecer productos de la más alta calidad, bla, bla, bla..." Déjense ustedes de rollos: yo lo que quiero es saber si venden tornillos del 7.
Hasta cierto punto, esta inflación absurda de datos distribuidos como con un salero se mitigaba tirando a la basura el viejo monitor y comprándose uno la pantalla más grande posible. Pero, mientras tanto, en el otro extremo de la gama, los teléfonos móviles se infiltraban sigilosamente en la vida cotidiana. En ellos, la presión de la competitividad era mucho más fuerte todavía, y los fabricantes se esforzaban por embutir en su interior decenas y decenas de funciones que uno no necesitaba y que, en caso de necesitar, no sabía cómo usar a menos que se estudiase un manual apenas más sencillo que una enciclopedia de biología molecular. En esas circunstancias, que alguien tardase tanto en lanzar el iPad no es sino una demostración más (¡por si hiciera falta!) de la escasez de sentido común del ser humano.
El problema ahora es otro. No quiero hacer chistes fáciles, pero en cuestión de interfaces el tamaño importa, y mucho. El teclado de un teléfono móvil permite escribir una felicitación de cumpleaños, inevitablemente con k y omitiendo el 99% de las letras del mensaje, pero no da para un artículo de prensa o un capítulo de una novela. Los PCs portátiles son cada vez más ligeros y discretos, pero sólo el tamaño de un teléfono móvil cabe razonablemente en el bolsillo. La convergencia del PC con el teléfono móvil, inevitable se mire como se mire, está estancada en una especie de coitus interruptus por culpa, ay, de unos pocos centímetros.
Es una situación transitoria, pero que puede durar muchos años todavía. La razón es que, pese a las profecías de los visionarios y a las consignas comerciales obedientemente divulgadas por los medios de comunicación, la máquina no sólo no está liberando al ser humano, sino que lo está esclavizando. Trate usted de conducir un automóvil sin abrocharse el cinturón de seguridad, o cómprese un despertador digital o una simple cocina de vitrocerámica, y entenderá lo que digo. Las máquinas modernas son ciegas, sordas y mudas. Y testarudas. Somos nosotros quienes debemos aprender su lenguaje, y no a la inversa. Sólo cuando las máquinas entiendan (y no sólo hablen) nuestro lenguaje seremos realmente libres. Aunque mucho me temo que, el día en que las cocinas de vitrocerámica piensen por sí solas, será cuando realmente habrán empezado nuestros problemas.
¡Con lo sencillo (y romántico) que era encender una fogata...¡
viernes, 11 de junio de 2010
En dos dimensiones
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sábado, 22 de mayo de 2010
Anagramas
La lista de las aportaciones de Galileo a la ciencia es inacabable si a uno le quedan unos cuantos minutos de vida, pero sin duda bastante más larga que la lista de las aportaciones de José Luis Rodríguez Zapatero a la Historia del pensamiento universal. Galileo inventó, entre otros, el termómetro de bulbo, el microscopio, un recolector automático de tomates, diversos artilugios para usos balísticos, náuticos y geométricos, un peine de bolsillo que hacía doble uso como cubierto de mesa, un bolígrafo y, en sus últimos años, siendo ya ciego, un mecanismo de escape para los relojes de péndulo. Además, describió un método experimental para medir la velocidad de la luz y sentó la base de la teoría de la relatividad: las leyes físicas son independientes del sistema de referencia, cuando éste se desplaza en línea recta a velocidad constante.
La parte más prolífica de la vida de Galileo, sin embargo, estuvo dedicada a la astronomía. En 1608, el holandés Hans Lippershey anunció al mundo su invención de un instrumento que, años después, un matemático griego denominaría ‘telescopio’. Aunque las explicaciones sobre el nuevo aparato eran vagas, Galileo se las ingenió para construir uno, de tres aumentos, que pronto perfeccionó hasta alcanzar los 30 aumentos. La intención del Sr. Lippershey, probablemente, era espiar los movimientos de los abonados en el palco de enfrente de la ópera, pero a Galileo se le ocurrió apuntar al cielo.
El terremoto intelectual que generó aquella ocurrencia es de sobra conocido. Galileo descubrió que la Luna tenía cráteres y montañas, que el Sol presenta manchas, que las estrellas eran en realidad soles y planetas, y que la Vía Láctea era un amasijo de estrellas más o menos distantes en función de su brillo y de su tamaño aparente. Las cosmologías de Ptolomeo y Aristóteles caían hechas trizas. Pero pocos saben que Galileo Galilei -involuntariamente- hizo también su pequeña aportación a la literatura universal.
En el libro tercero de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift relata que, en la isla volante de Laputa, los astrónomos han descubierto dos satélites en torno a Marte. Incluso nos informa de sus períodos orbitales: 10 horas para Phobos, y 21 horas y media para Deimos. Ambos datos se aproximan bastante a la realidad. Lo cual es sorprendente, si tenemos en cuenta que las lunas de Marte no fueron descubiertas hasta 137 años después, con un telescopio cientos de veces más potente que los existentes en 1735. Durante más de un siglo, este pequeño enigma ha desatado la fantasía de muchos, y los más exaltados han llegado a afirmar que Jonathan Swift era marciano. La realidad, sin embargo, supera siempre a la ficción.
El caso es que, hacia 1610, Galileo había enviado al astrónomo Kepler una carta con un mensaje cifrado. El texto decía sucintamente:
Kepler supo inmediatamente que el mensaje estaba en clave. Por aquel entonces, era el medio que utilizaban los astrónomos para patentar sus descubrimientos. Los instrumentos eran aún rudimentarios, y nadie podía estar del todo seguro de lo que realmente se había encontrado en el firmamento. Si el hallazgo se confirmaba, allí estaba el anagrama para demostrar que ellos habían sido los primeros. En caso contrario, bastaba con no revelarle a nadie la solución. En su vivienda de Praga, apenas recibió el anagrama, Kepler se sentó a descifrarlo. Invirtió en ello muchas horas, pero tenía tiempo de sobra: aún no se había inventado la televisión.
Un día, por fin, después de mucho combinar y recombinar letras, depuso la pluma, satisfecho. Su transcripción decía:
En otras palabras: el planeta Marte tenía dos lunas. Exactamente como Kepler había predicho (siguiendo un razonamiento incorrecto).
En realidad, sin embargo, el mensaje que Galileo había querido transmitir no tenía nada que ver con aquello. Era el siguiente:
Lo que Galileo había visto era el anillo de Saturno, pero las imperfecciones de su lente le habían jugado una mala pasada.
Los malentendidos astronómicos no terminaron ahí. Un mes después, Galileo envió a Giuliano de Medici otro anagrama que decía:
Kepler, que consiguió una copia del mensaje, volvió a enfrascarse en él hasta que dio con la siguiente interpretación:
Lo cual era cierto. Júpiter tiene en su superficie una gran mancha roja que gira, pero ni Kepler ni Galileo podían saberlo, ya que no fue descubierta hasta dos siglos más tarde.
Sin embargo, no era tampoco eso lo que Galileo había querido decir. Ante las súplicas de Kepler, Galileo reveló por fin el significado del anagrama:
lunes, 10 de mayo de 2010
Fuerza bruta
Cuando vi la película 'Matrix', recuerdo que salí del cine indignado. No encontré en toda ella una sola idea original. Desde las novelas de Jules Verne hasta la olvidada 'Total recall', pasando por los cuentos de Ray Bradbury de los años 50, todos los ingredientes de aquella historia parecían haber sido desvergonzadamente copiados de la biblioteca de cualquier aficionado a la ciencia-ficción. ¿Cuál podía ser el secreto de su enorme éxito?, me pregunté. Al ver la edad de los jóvenes que salían del cine, encontré la respuesta: nadie puede entrar dos veces en un mismo río. ¿Qué podían saber aquellos chiquillos de Ray Bradbury? El eterno retorno no importa mucho si uno no va a durar lo suficiente para llegar al siguiente ciclo.
En cualquier caso, combinatorio no es necesariamente sinónimo de agotado. Hasta donde sabemos hoy, la inmensa complejidad del Universo no es más que una combinación de tan sólo cuatro fuerzas conocidas: gravitación, electromagnetismo, interacción fuerte (la fuerza que mantiene unidos los núcleos atómicos) e interacción débil (la fuerza que los desintegra).
A mucho menor escala, también el ajedrez es combinatorio, y dista de estar agotado. Al menos, a nivel humano. En mayo de 1997 el computador Deep Blue ganó por fin una competición al campeón mundial Gary Kasparov. Y eso ya no es nada. Recientemente nos hemos enterado de que en 2011 la Universidad de Iowa espera poner en funcionamiento el denominado Blue Waters, que podrá realizar 1.000 billones de operaciones por segundo. No parece haber planes para ponerlo a jugar al ajedrez pero, después de Deep Blue, ni siquiera merece la pena intentarlo.
El asalto a los juegos de salón no se detuvo en Deep Blue. En 2008 el programa MoGo consiguió ganar una partida de go (de una serie de tres) a Catalin Tanaru, un jugador profesional rumano de categoría Dan 4. Y en julio de 2007 Jonathan Schaeffer presentó al mundo un programa imbatible jugando a las damas. Pero el texto de la noticia era decepcionante: el programa de Schaeffer estaba basado en un método heurístico. Es decir, todo lo contrario de inteligente.
Todos estos intentos son a la ciencia lo que Atila a las relaciones públicas. Aumentando la capacidad de computación se puede llegar a conseguir casi cualquier cosa (excepto, probablemente, la desaparición de Tele 5). La tecnología hincha sus biceps, se arma de un ariete y, por la fuerza bruta, intenta derribar las murallas de Troya. Y, mientras la ley de Moore se siga cumpliendo, el ariete podrá ser todo lo grande que se nos antoje. Sólo hace falta esperar. Nuestros computadores digitales son colosales ejércitos de hormiguitas obedientes que trocean, transportan y recolocan. Como son muchas y muy rápidas, pueden darnos la impresión de que piensan como nosotros, pero nada más lejos de la realidad. Como medio para entender la realidad, los videojegos más sofisticados no alcanzan en inteligencia al rey de los tontos.
Curiosamente, el vertiginoso aumento de la velocidad de computación ha alejado a los computadores del buen camino. Desde el astrolabio hasta el teléfono, los inventos de nuestros antepasados se inspiraron durante milenios -y con buen sentido- en principios analógicos. En la primera mitad del siglo XX, sin embargo, John von Neumann sentó las bases de la computación digital, y a partir de ese momento las hormiguitas se apoderaron de la tecnología (y de no pocos paradigmas científicos). Sus logros, más cuantitativos que cualitativos, han deslumbrado a muchos, aunque se han intentado también otras modalidades de computación. Hacia los años 80 hubo un gran entusiasmo por las redes neurales, los algoritmos genéticos y la lógica borrosa. Y desde hace algunos años se está intentando crear el primer computador cuántico, que, si alguna vez llega a ser realidad, multiplicará hasta el delirio la capacidad de computación. Pero ¿podremos conversar con él?
Mi respuesta personal es: No, si antes no analizamos a fondo el concepto de información y sus implicaciones. Para las hormiguitas computar es, esencialmente, recolocar ceros y unos, pero ésa no es la información que nos interesa. Las cotorras son computadores muy eficaces, pero si yo estoy con mi cotorra en el salón y en la cocina alguien grita "¡Fuego!", es difícil argumentar que tanto la cotorra como yo hemos recibido la misma información.
Es cierto, todo lo que nuestro cerebro procesa proviene en último término de percepciones sensoriales, que en principio podemos medir y convertir en ceros y unos. Pero las percepciones sensoriales son en realidad un amasijo intratable de señales que hay que filtrar, estructurar y almacenar primero para poder después analizar y sintetizar. Al término de ese proceso, lo único que queda son conceptos y relaciones que expresamos mediante palabras. Ése es el proceso que nos interesa.
Quizá el planteamiento que más se acerque a nuestra estructura de conceptos sea la programación orientada a objetos. En ella, los objetos se definen en términos de propiedades y métodos, que además pueden ser heredados. Todos los caballos tienen cuatro patas, una silueta característica y una forma de galopar. El caballo del gran jefe indio, además, se caracteriza por su color bayo y por su andar cansino (propiedades), y suele piafar cuando su amo se le acerca (método). Pero ¿podemos conseguir que un programa informático reconozca en el cielo el movimiento de una gaviota volando a bastante velocidad? El problema no es simplemente determinar una trayectoria mediante un computador digital, reconocer que es una gaviota mediante una red neural y asignarle el valor 'bastante' mediante lógica borrosa. El problema es entender de manera objetiva lo que realmente queremos decir cuando pronunciamos o escribimos cada una de esas tres palabras.
La programación orientada a objetos parece tentadoramente similar al funcionamiento de nuestra mente. Hasta ahora, sin embargo, nadie ha construido todavía un programa capaz de contarnos una película, comentarla mientras la está viendo o extraer conclusiones sobre la ambición humana, el odio, o los motivos de un divorcio. Ése va a ser el gran desafío de este siglo que acaba de comenzar.
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Palabras clave: analógico, borrosa, combinatoria, computación, conceptos, digital, inteligencia, neural, semántica
domingo, 25 de abril de 2010
La agonía combinatoria del séptimo arte
Unos cuantos siglos después, sin embargo, el filósofo Heráclito hacía una afirmación igualmente difícil de refutar: “No puedes adentrarte dos veces en un mismo río, pues ni el río será el mismo ni tú serás la misma persona”. ¿En qué quedamos?
Tanto el Eclesiastés como Heráclito tienen probablemente razón pero, a medida que nos adentramos en la llamada “sociedad de la información”, la filosofía del sabio hebreo empieza a parecernos mucho más sensata que la del pensador griego, que no nos consuela gran cosa cada vez que nos topamos con la maldita película de serie B de las 11 de la noche.
Las series B no serían un problema tan grave si no fuera porque uno empieza a tener la impresión de que, desde hace algunos años, todas las películas que uno ve encajan en ese género. La fórmula empleada es algo así como un cocktail basado en una docena de ingredientes en cantidades variables: catástrofes, asesinos en serie, espías, poderes extrasensoriales, robos imposibles, violaciones, fugas penitenciarias, soldados heroicos, amor, infidelidades, y unas gotitas de sexo. (En las películas españolas las proporciones varían sutilmente: 99% de sexo, y unas gotitas de todo lo demás.) Siglo y medio después del nacimiento del cine, las ideas originales parecen a punto de agotarse. ¿Hemos entrado ya en la etapa combinatoria del séptimo arte?
A juzgar por los títulos, queda todavía un trecho por recorrer. Es cierto, a muchos cineastas les gustaría titular su película “Love Story”, “Tiburón” o “Star Wars”, pero han llegado tarde. Desde luego, los títulos muy cortos distan de estar agotados, aunque quizá ello se debe a que no son muy pegadizos. “O” y “Z" son las dos únicas películas de una sola letra que yo conozco, y las combinaciones de dos o tres caracteres son todavía escasas: P2, Ed, Él, ET, F/X, JFK, Big, 8mm, 1941. A efectos prácticos, lo ideal parecería ser el término medio: unas pocas palabras con resonancias míticas, épicas o sentimentales. “Out of Africa”, “Casablanca”, “Las uvas de la ira”, “La escapada” o “2001: Una odisea del espacio”.
Hasta hace no muchos años, los títulos largos eran extravagancias que de vez en cuando se permitían autores presumiblemente respetados. Tal es el caso de “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero temía preguntar”, “La persecución y asesinato de Jean Paul Marat representadas por el grupo escénico del asilo de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade”, “El honor perdido de Katharina Blum, o cómo nace el poder y hacia dónde puede conducir”, o incluso “Sherlock Holmes en el singular caso del plural bigote verde”.
A veces, las extravagancias no parecen tan respetables, y ni siquiera parecen haber servido para subsistir en la memoria del anonadado espectador. He aquí algunos de los más surrealistas que he encontrado en la Web:
The Man with the Smallest Penis in Existence and the Electron Microscope Technician Who Loved Him (El hombre con el pene más pequeño existente y la (¿el?) técnico en microscopia electrónica que lo amó)
Fatto di sangue fra due uomini per causa di una vedova - si sospettano moventi politici (Reyerta sangrienta entre dos hombres a causa de una viuda – Se sospechan móviles políticos)
The Saga of the Viking Women and Their Voyage to the Waters of the Great Sea Serpent (La saga de las mujeres vikingas y su largo viaje a las aguas de la gran serpiente de mar)
After the War, You Have to Tell Everyone About the Dutch Gay Resistance Fighters (Cuando acabe la guerra, tenéis que hablarle a todo el mundo de los resistentes homosexuales holandeses)
I Could Never Have Sex with Any Man Who Has So Little Regard for My Husband (Nunca podría tener relaciones sexuales con un hombre que tenga tan poca consideración por mi marido)
Curiosamente, los títulos prolijamente descriptivos eran moneda común en los comienzos del cine. Los cineastas todavía no habían tomado conciencia de la potencia expresiva de las imágenes o, simplemente, tenían que explicar con claridad de qué trataba la película para convencer a sus espectadores de que acudieran a verla. Algunos ejemplos:
Another Demonstration of the Cliff-Guibert Fire Hose Reel, Showing a Young Girl Coming from an Office, Detaching Hose, Running with It 60 Feet, and Playing a Stream, All Inside of 30 Seconds (1900) (Otra demostración del rollo de manguera antiincendios Cliff-Guibert, en la que aparece una joven saliendo de una oficina, desprendiendo la manguera, corriendo con ella 60 pies y descargando un chorro, todo ello en 30 segundos)
A Chegada do Rebocador 'Liberal' ao Porto de Leixões e o Desembarque de Romeiros Que, por Mar, Vão ao Porto para a Romaria do Senhor de Matosinhos (1897) (Llegada del remolcador ‘Liberal’ al puerto de Leixões y desembarco de unos peregrinos que acuden por mar al puerto para la peregrinación de Nuestro Señor de Matosinhos)
Demonstrating the Action of the Brown Hoisting and Conveying Machine in Unloading a Schooner of Iron Ore, and Loading the Material on the Cars (1900) (Demostración del funcionamiento de la grúa transportadora Brown descargando mineral de hierro de una goleta y cargándolo en las vagonetas)
En cualquier caso, y aunque sólo fuera porque todos los años se producen varios centenares de nuevas películas, los títulos largos vuelven a ser cada vez más frecuentes. Ninguno de los que he encontrado parece, sin embargo, muy conocido. El más largo de todos, según mis fuentes, es:
Night of the Day of the Dawn of the Son of the Bride of the Return of the Revenge of the Terror of the Attack of the Evil, Mutant, Hellbound, Flesh-Eating Subhumanoid Zombified Living Dead, Part 3 (2005) (La noche del día del amanecer del hijo de la novia del retorno de la venganza del terror del ataque del malvado, mutante, maldito muerto viviente zombificado subhumanoide carnívoro)
Seguido a corta distancia por:
On the Marriage Broker Joke as Cited by Sigmund Freud in Wit and Its Relation to the Unconscious or Can the Avant-Garde Artist Be Wholed? (1977) (Sobre el chiste del concertador de matrimonios, citado por Sigmund Freud en “El chiste y su relación con lo inconsciente”, o ¿es posible encajonar al artista de vanguardia?)
La irrupción (y, sobre todo, el abaratamiento) de los efectos especiales no parece haber cambiado en nada el panorama cinematográfico. Si acaso, lo está empeorando. Con la reciente colonización del cine por los videojuegos y la visión 3D, a uno le empiezan a entrar ganas de volver al movimiento dadá, con sonido monoaural, en imagen ascéticamente plana y en riguroso blanco y negro. Puestos a disfrutar de la combinatoria, siempre será mil veces preferible una buena partida de mus.
a las
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viernes, 5 de marzo de 2010
La soledad de los números primos
Todos los números primos son impares. Desde los tiempos de Eratóstenes, muchos matemáticos se han afanado por desentrañar las razones de su caprichosa aparición en la lista infinita de los números naturales. Entre dos números primos puede haber una distancia tan grande como dos millones de números intermedios, y tan pequeña como uno. Pero tenemos una certeza: no encontraremos nunca dos números primos correlativos.
Ésta es la idea de fondo de la reciente novela de Paolo Giordano (La soledad de los números primos, Ediciones Salamandra, 2009). En la línea pesimista de Albert Camus, el joven Giordano nos relata la historia de dos seres humanos que deambulan por el tiempo y por el espacio sin llegar realmente a encontrarse, pese a la proximidad física que en algunas ocasiones llegan –efímeramente- a alcanzar. Leyendo la novela, se le ocurre a uno que la metáfora de las bolas de billar describiría más acertadamente el zigzag permanente de las vidas de sus protagonistas. Los números no pueden hacer nada por aproximarse ni por distanciarse: su margen de maniobra, a ese respecto, es nulo. Las bolas de billar, al menos, chocan o se alejan, aunque obedeciendo a un impulso que ellas mismas no pueden controlar. Giordano, licenciado en física teórica, sin duda lo sabe, pero la metáfora que él ha escogido es estática. Él ha querido que su existencialismo sea radical: en su novela, la soledad de los seres humanos es intrínseca, cósmica, ajena a toda influencia externa e incluso a su propia voluntad.
En su manera de contarnos la historia, Giordano se inscribe en la línea de los grandes maestros de la literatura desapasionada: Flaubert, Stendhal. En comparación con la abundante hojarasca adjetivada que uno se encuentra habitualmente en las librerías, la narración de Giordano, concisa y directa, reporta al lector un alivio inmenso. El gran mérito de Giordano es que, escribiendo sin adjetivos, consigue transmitir con una precisión diáfana los estados de ánimo de sus personajes. Bajo su mirada de cirujano, los menores gestos o pensamientos intrascendentes cobran un significado que, en muchas ocasiones, ni siquiera el lector se había detenido a analizar. Paolo Giordano tiene madera de gran escritor.
Su radicalismo, sin embargo, es tal vez demasiado juvenil. Para apasionarse con una narración, el lector necesita entender, y ni Alice ni Mattia nos dan apenas pistas sobre los móviles de su comportamiento. ¿Timidez? ¿Culpabilidad? ¿Miedo a vivir? ¿Autismo innato? No importa. El juego funciona, y el misterio mantiene al lector en tensión hasta el final de la novela. El desenlace, sin embargo, nos deja con la incógnita y, al pasar la última página, uno se queda con la impresión de que el material construido por Giordano podría haber dado mucho más de sí. Que nadie deje por ello de leerla. Como en las buenas historias de misterio, confiemos en que la próxima novela de este joven autor avance un paso más en lo que parece una prometedora trayectoria.
a las
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jueves, 5 de noviembre de 2009
Barcelona - El rescate (1): Una visita imprevista
Aquella noche, al llegar a casa, no pudo dormir. Una de sus conversaciones con Ángel retornaba obsesivamente a su memoria. Helena, su primera novia allá por los años de la Universidad, había aparecido en su domicilio tendida en el suelo, inconsciente. Trasladada a un hospital, los médicos le habían diagnosticado un raro trastorno que nadie sabía explicar. El cerebro de Helena había envejecido repentinamente, y las pruebas psicológicas a que la sometieron no arrojaban más luz sobre su estado mental.
"Tiene el cerebro de una mujer de 80 años", le informó Ángel bajando respetuosamente la vista.
"¿Dónde está ahora?"
"Aquí, en Barcelona. En un sanatorio..." Ángel vaciló. "En un sanatorio mental. Parece ser que aquí tienen los mejores especialistas para ese tipo de cosas", añadió, con un punto de vehemencia que delataba compasión.
Le pidió la dirección y la apuntó en un papel. Aquella noche, al llegar a casa, no podía dormir. Hacía muchos años que no veía a Helena. Supo que había tenido un hijo, a petición propia, con un hombre casado, y la situación con él había degenerado inevitablemente a cuenta del niño.
El niño entre tanto había crecido, quizá demasiado enmadrado. Había aprendido polaco, como su madre, y acababa de terminar la carrera de Físicas, también como su madre. Cuando se llevaron a Helena al sanatorio se había ido a vivir, por lo visto, a casa de su novia. Naturalmente, polaca. El piso familiar había quedado, pues, deshabitado.
No podía imaginarse a Helena como una vieja decrépita. La recordaba como en los tiempos de la Facultad, alta y rubia, sonriente en todas las situaciones excepto en la intimidad de los cuerpos desnudos, en que aquella sonrisa suya, levemente pícara, se transformaba agitadamente en una expresión de sorpresa. Era un pasado muy lejano, y no tenía sentido revivir ahora todas aquellas emociones.
No quería recordar más, pero recordaba. Dio vueltas y vueltas en la cama, y a las seis y cuarto de la mañana se levantó y se metió en la ducha.
El sanatorio estaba en un promontorio rodeado de pinos, en la carretera que subía al Tibidabo. Las visitas no estaban permitidas hasta las diez. Para hacer tiempo, se tomó un café en el bar de una gasolinera. Los recuerdos seguían martilleando en su cabeza. ¿Qué había ido a hacer a aquel sanatorio? Intentaba encontrar una respuesta, y en su lugar sólo veía aparecer, entre las sombras del pasado, la mirada azul de Helena mirándolo.
A las diez en punto, una enfermera de gesto avinagrado le señaló un pasillo. "Pabellón de espanyols", sentenció. Echó a andar. El pasillo conducía a un patio de cemento de aspecto desolado. Lo cruzó. Al verlo acercarse, un celador apartó el cigarrillo de los labios y le abrió la puerta.
El interior de la sala de visitas se asemejaba al locutorio de una prisión. El único mobiliario eran unas sillas dispersas, bastante vapuleadas, y una mesita con revistas en desorden, aparentemente muy leídas. La única maceta, en el alféizar de la ventana, sostenía un geranio mustio y sin flores. El resto de la estancia estaba ocupado por una extensa mampara de vidrio muy gruesa, a través de la cual se podía contemplar a los internos en la sala de ocio.
"¿No podré hablar con ella?", preguntó al celador, que había entrado tras él. El celador movió la cabeza de derecha a izquierda. Lo miró. Por un momento tuvo la impresión de que, si le llevaba la contraria a aquel tipo, él mismo podía terminar con una camisa de fuerza, encajando cubitos de colores al otro lado del vidrio. Se acercó más a la mampara, y buscó ente los internos la silueta de Helena. No la veía.
Por fin, Helena entró en la habitación. Caminaba despacio, escoltada por dos enfermeras, y su sonrisa se redibujaba de cuando en cuando para pronunciar unas palabras. Estaba preguntando. Sin duda, todos los días seguía preguntando por qué la habían llevado allí. Las enfermeras no respondían. La condujeron hasta la mampara de vidrio, y cuando se aseguraron de que estaba frente a su visitante la dejaron sola.
Helena escrutó el espacio que los separaba. Seguramente, los reflejos no le dejaban distinguir los rasgos de su visitante. Seguía teniendo un cuerpo espléndido, apenas tocado por el paso de los años. Por fin, ella lo reconoció, y su sonrisa se curvó ampliamente. Dijo algo, pero el vidrio era demasiado grueso para entender sus palabras. Él trató de leer sus labios. Al mirarlos, una sensación que creía olvidada lo desasosegó. ¿Por qué tenían a aquella mujer allí encerrada?
Apoyó las manos en el vidrio y acercó su rostro al de ella. Helena seguía hablando, como si mantuviera con él una conversación inexistente. En aquellas condiciones, no tenía sentido intentar comunicarse con palabras. Además, no se le ocurría nada que decir. Permanecieron así largo rato, él con las manos extendidas frente a los hombros de ella, y ella hablando y sonriendo, aparentemente muy divertida. Por fin, las dos enfermeras regresaron y la tomaron del brazo. La visita había terminado. Helena calló y, sin dejar de sonreír, le volvió mansamente la espalda.
La vio alejarse por entre las mesas. Sus manos seguían todavía pegadas al vidrio. Una sensación demoledora se apoderó de él. Era la misma Helena con la que había compartido apuntes en el bar de la Facultad, noches de verano en remotos campings de Polonia y caricias a oscuras en los cines de barrio. El destino había respetado su cuerpo, pero aquella mente brillante que él conoció había dado un salto en el tiempo y se alejaba ahora, decrépita, por las nieblas del futuro.
Entonces, un instante antes de desaparecer por el pasillo del fondo, Helena volvió la cabeza y lo miró.
(Capítulo siguiente)
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martes, 3 de noviembre de 2009
Cuaderno de viaje - Barcelona, noviembre, 2009
Quizá debería reanudar las andanzas de Manuel Zanzón. El problema es el tiempo. ¿De dónde lo saco? Mi primera novela me obligó a mantener una larga continuidad en el tiempo. Dos o tres horas por la mañana, tres o cuatro horas por la tarde. Es toda una profesión. En realidad, una vocación como la de Teresa de Calcuta, si se piensa en la exigua remuneración que uno puede esperar obtener en el mejor de los casos; es decir, si la publican. Y yo no dispongo de esa dedicación. Mantengo cuatro blogs, un podcast y una colaboración con 6columnas, y mi trabajo, entrecortado por naturaleza, me rompe todos los ritmos.
Y, sin embargo, tengo ganas de escribir ficción. Varias ideas me rondan en la cabeza desde hace tiempo. Con el paso del tiempo se ramifican, se anudan unas con otras mientras, paralelamente, nacen otras nuevas, pero en ningún momento consiguen hacer saltar la chispa que me sentará ante el teclado para escribirlas de un tirón. Bastante tengo ya con literaturizar mi vida.
Porque no otra finalidad tenía este viaje. La otra noche, en el bar, Ángel estaba existencial. Carpe diem, venía a decirme. Quién sabe dónde estaremos mañana. Hay que vivir cada día como si fuera el último de nuestras vidas. Personalmente, encuentro muy cansada esa filosofía, y sus ojeras de noctámbulo y viajero infatigable me daban la razón. Yo prefiero literaturizar mi vida.
Para rescatar a Manolo Zanzón de aquel pueblo desolado de las afueras de Madrid hace falta algo más que sentarse a escribir. Hace falta releerse el esquema de la novela, con todos sus personajes, y el esquema de lo que el autor tiene previsto que suceda: el futuro de Manuel Zanzón.
O bien, simplemente, sentarse y divagar, que es lo que yo he estado haciendo últimamente con mis personajes. En fin de cuentas, también la vida es, pese a nuestros esfuerzos, una divagación. ¿Qué hay de malo en que Justo Conaprole o Sagrario Sombrilla cambien inesperadamente de caprichos y de querencias? ¿No hay, como ha dicho el filósofo en este mismo blog, una vida ganada y una vida perdida hasta en la menor de nuestras decisiones? Pues esta misma conclusión vale para las novelas. La vida y la literatura son siempre, querámoslo o no, una commedia dell'arte.
Mientras escribo, los minutos han transcurrido, y en algún pasillo remoto un altavoz me invitará pronto con voz de trueno a embarcarme en mi avión.
El viaje ha terminado. Regreso a Gran Canaria.
a las
19:59
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domingo, 1 de noviembre de 2009
Cuaderno de viaje - Barcelona, Halloween, 2009
Debería haber escrito Todos los Santos, pero Halloween describe mucho mejor la realidad barcelonesa en este comienzo de otoño de 2009. En la estación de Sants se vive un ritmo frenético: todo el mundo camina rápidamente en alguna dirección. Los antiguos bancos de espera del gran hall, que solían estar colonizados por plácidos jubilados del barrio, han sido sustituidos por hileras de portones automáticos para el acceso de los pasajeros. Parece como si Barcelona quisiera, a toda costa, darse a sí misma la impresión de gran ciudad.
Es un fantasma permanente de los nacionalistas regionales. No sólo Barcelona no puede quedar nunca por debajo de Madrid en nada, sino que tiene que aventajarla en todo, al menos en apariencia. Pero a mí no me engañan. Todos esos delirios de grandeza y de eficacia empresarial encubren en realidad una ciudad subvencionada, provinciana y agobiante, donde los servicios cotidianos funcionan, en algunos casos, peor que en México DF. Al menos, esa fue mi experiencia durante los 13 años que viví aquí.
El taxi se detiene por fin ante el portal. Pago una cantidad exorbitante, y acarreo mis maletas sin ayuda hasta el ascensor. El portero permanece en su garita como si el tiempo no hubiera transcurrido, con la misma cara de bulldog en su batín azul, inescrutable como la momia de Tutankhamon. Tampoco esta vez nos saludamos. Introduzco mis maletas en el ascensor, y me dejo llevar lentamente hasta el ático.
Esta vez no fui al Giardinetto, pero sí cené en Los Inmortales, otro de los viveros de la élite barcelonesa. Era una cena de compromiso. Para las comidas informales prefiero mil veces una escalivada y un pollo a la brasa en Ca'n Punyetes, que también queda muy cerca de mi antiguo domicilio.
Precisamente a Ca'n Punyetes llevé a comer el viernes a mi entrañable amiga Olga y a su cónyuge, Susana. Olga acaba de terminar su última novela, en la que cifra grandes ilusiones. "Es de ciencia-ficción, y no te puedo decir más", me dice. "Ciencia-ficción sin acción", apostilla Susana. Olga está aterrorizada ante la posibilidad de que le copien la novela por Internet, y ha adoptado una batería de precauciones para proteger su original. Me lo dará a leer en cualquier caso, pero no antes de que se sepa si la van a publicar o no.
"Es más", añade. "Creo que de la novela se podría sacar toda una serie, incluso para cine o televisión". La idea me entusiasma. Desde que hice el curso de guión de cine, en Valencia, tengo metido el gusanillo de escribir una película. O, mejor todavía, una serie para televisión con la que demostrar que la calidad no está reñida con la popularidad. Inevitablemente, nos ponemos a hablar de Star Trek. Olga también es fanática de Data, Mister Spock y el Capitán Picard. Yo, además, de Deanna Troi. Coincidimos en que Star Trek ha sido una de las cumbres de la creación artística del siglo XX. Quién sabe. Tal vez algún día podré colaborar en esa hipotética serie de mi amiga Olga.
El sábado por la noche, después de la cena en Los Inmortales, llamo a Ángel. "Estoy en el bar de siempre, al lado de casa", oigo que me dice a gritos en medio de una tremenda algarabía. Caminando a buen paso por la Diagonal, llego al bar en quince minutos. Es la noche de Halloween. Barcelona se ha quitado la careta y se muestra al noctámbulo tal y como realmente es: una ciudad de provincias llena de fantasmones.
Ángel aparece, como siempre, eufórico en medio de aquellos personajes de barrio insignificantes. Entre chanzas y discursos eruditos, su metro ochenta un tanto quijanesco se alza en mitad de todos ellos como el de un marciano misteriosamente aterrizado en el Eixample, sabio y proteico, siempre dispuesto a contar alguna de sus fantásticas aventuras a lo largo y a lo ancho del globo. "Llegué ayer de Bolonia", me dice, "y mañana me voy a Pamplona. El lunes me esperan en Burdeos, pero regreso el miércoles". Le enumero entonces las escalas de mi viaje desde que salí de Las Palmas, y consigo que se sorprenda. Por una vez, le he ganado.
En el bar, el paisanaje festeja un extraño híbrido entre Manhattan y el Forn de la Montse. De cuando en cuando se une al grupo alguien vestido de Drácula o de Spiderman, pero al mismo tiempo circulan de mano en mano puñados de castañas asadas y bandejas de panellets. Da igual el pretexto. El caso es hacer el ganso y quemar la noche del sábado como si el Apocalipsis estuviera anunciado para mañana por la mañana.
Finalmente, me despido calurosamente de Ángel. Son las dos y media de la madrugada. A mi regreso a casa, veo desde el taxi las transversales de la Diagonal hirviendo de gente, con las calzadas invadidas por la zarabanda gótica. Da igual el pretexto. Es un fin de semana más en una ciudad cualquiera del sur de Europa, en vísperas del derrumbamiento del Imperio. Es el fin de una era, y yo no soy más que un simple testigo. Son los historiadores los que escribirán algún día la Historia.
a las
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viernes, 30 de octubre de 2009
Cuaderno de viaje: Valencia-Barcelona, octubre de 2009
El tren arranca, y yo dejo por fin atrás la ciudad de las tribus. En ninguna otra ciudad de España es tan perceptible la estructura tribal de la sociedad española como en Valencia. La gente acude a los cines o a los restaurantes en tribu, se pasea por las calles (o se detiene, bloqueando las aceras) en tribu, se reúne los domingos con generosas porciones de la tribu familiar, y cuando hablan de su vida social se refieren a sus amigos como a 'su grupo'.
Los más cosmopolitas se jactan de salir con varios 'grupos' distintos, alternándolos según el fin de semana e intercalando alguna que otra cena colectiva en días laborables. Los más tradicionales tienen ya suficiente con la familia y el casal fallero. Pero nadie hace nada a título individual. Como mucho, en pareja, y probablemente sólo en las primeras fases del enamoramiento, en que las hormonas desatadas les impiden todavía añorar la algarabía de la confusión colectiva.
A los españoles les gusta hablar todos a la vez y no escucharse. Tarde o temprano, se enzarzarán en una polémica y formarán bandos, para lo cual es imprescindible proferir la boutade de turno, que ellos creen original, pero que simplemente forma parte del repertorio de boutades que corren de boca en boca, o que regala gratis cualquier emisora de televisión mirada al vuelo mientras los miembros de la familia, a gritos, continúan enzarzados en su cotidiano diálogo para sordos.
Como no podía comprar el billete de tren por Internet, tuve que acudir una vez más a las oficinas de la estación de la Renfe, donde por suerte pude hacer el trámite en una maquinita provista de una pantalla. El billete que compré era el último que quedaba en ese tren, por lo que deduje que me tocaría ventanilla. Así fue. Por eso, al llegar a mi fila de asientos, le propuse al ocupante del asiento de al lado que se quedara con la ventanilla, si así lo prefería. Me dijo que le daba igual, y me dejó el pasillo.
Era un tipo de unos 30 años, envuelto en una maraña de cables como un astronauta, que se sentaba despatarrado, como suelen hacer los jóvenes en los autobuses públicos. Nada más sentarme, oí que hablaba a gritos, aparentemente consigo mismo. En realidad, tenía los auriculares del móvil insertados en los oídos y estaba en comunicación permanente con sucesivos personajes, uno de los cuales se llamaba Israel.
Al tiempo que tecleaba furiosamente sobre su ordenador, la comunicación pasó de Israel a una interlocutora de habla inglesa. Levantando aún más la voz, como si aquella señorita en lugar de americana fuera sorda, prorrumpió a vocear sus argumentos en un inglés sub-macarrónico que habría sonrojado a un indio apache. Algo así como el resultado de los traductores automáticos de Google, respetando escrupulosamente la sintaxis española e intercalando aquí y allá palabras y frases enteras en español.
En el silencio del vagón, aquel hombre hablaba como si, en lugar de servirse de un teléfono, sus palabras tuvieran que ser oídas en Denver simplemente por la fuerza de sus gritos. "You resai (received) a money, es no money for me now; fif per cent es OK... Madre mía, que tiene tela el asunto... No, no, I am hablando para mí". Algunos pasajeros, molestos, miraban hacia nosotros, y entonces yo forzaba un gesto de displicencia para que quedara claro que aquel individuo y yo no teníamos nada que ver. En la pantalla de su ordenador se veía permanentemente dibujado el logo de una multinacional. ¿Era posible que aquella empresa no hubiese encontrado a nadie que hablase inglés?
El astronauta estuvo conectado a sus cables hasta el final del viaje, pero la furia de la conversación decayó al cabo de una larguísima hora. El vagón iba lleno, y no había ningún otro asiento libre. Los gritos de guerra apaches no me permitían concentrarme en la lectura más allá de los titulares, y la película que proyectaban en los televisores del vagón estaba doblada. Finalmente, opté por encender mi reproductor de mp3, y traté de aislarme. A las siete y cuarto de la noche, el tren se detuvo por fin en la estación de Barcelona.
a las
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jueves, 29 de octubre de 2009
Cuaderno de viaje - Denia, octubre de 2009
Mi estancia en Denia dura sólo dos días. Jesús tiene la furgoneta llena de trastos, como siempre. Acomodo mi maletín como puedo entre cajones, ladrillos, herramientas, tubos y cables, y me siento junto al conductor. Es una delicia viajar por encima de los demás automóviles. El paisaje se extiende íntegro ante nosotros, y desaparece esa opresiva sensación de oveja en mitad de un rebaño.
Tiempo atrás, yo también tuve una furgoneta. Lo que me indujo a comprarla fue, sobre todo, el deseo de viajar, tal vez de huir. Por aquel entonces, hasta la pensión más barata era para mí un dispendio imposible. Aquella furgoneta recién comprada (era una Ebro con muchos miles de kilómetros, más vieja que Matusalén) me permitió sustraerme de una vez por todas al abrazo de oso de Madrid. Todavía recuerdo mi sensación de felicidad cuando, aquel atardecer de junio de 1979, detuve por fin mi furgoneta junto al puerto de Denia y me senté en las rocas de la escollera para ver ponerse el sol.
Era el Mediterráneo. El mar de Odiseo y de Pitágoras. El mar de las horas felices de mi infancia, de las dunas, los naranjos y las libélulas, de los pescadores sicilianos y de las ánforas fenicias. Me invadió una paz indescriptible. Era el nivel cero, el nirvana. Cada centímetro por encima de aquellas aguas era y seguiría siendo siempre una fuente de desazón.
En el pequeño chalet de mis padres pasé todo el mes de junio. La playa estaba todavía deshabitada, y en aquella soledad de verano recién iniciado me vivía a mí mismo como un animal mitológico mitad Robinson Crusoe, mitad hippie. Limpié y pinté por dentro mi furgoneta, fabriqué a medida un pequeño armario que le acoplé a la pared, instalé unas cortinillas tras las ventanillas traseras, y sobre el suelo tendí un colchón con sus sábanas y su almohada.
A falta de otro, aquel iba a ser mi hogar durante los ocho meses siguientes, hasta que me instalé finalmente en un piso luminoso de un pueblo cercano a Valencia. Pero, antes de emprender aquella larga peripecia del invierno, apuré el néctar de junio sin desperdiciar una sola gota. Por las mañanas acudía temprano a pasear por la playa, a solas con las huellas de los pájaros, entrecruzadas en largas cremalleras sobre las dunas, evitando pisar los diminutos cangrejos que se enterraban bajo la arena mojada, y admirando las bandadas de peces que plateaban fugazmente a escasos metros de la orilla.
Al caer la tarde, me internaba en los huertos abandonados y recolectaba flores de azahar, que tendía después a secar junto a la cocina para hacerme infusiones. A ratos escribía, trabajaba, cocinaba o tocaba la guitarra. Y por las noches escuchaba el canto de los grillos y, apagando todas las luces, contemplaba en el cielo la luna mágica y la arena desigual de las estrellas.
Eso y muchas más cosas es Denia para mí. Así como de Madrid apenas tengo recuerdos felices, de la playa del Bassot apenas me han quedado recuerdos tristes o amargos. En mi juventud padecí de deseo y de desengaños amorosos, pero nunca, ni antes ni entonces ni después, me ha mordido en ella la herida de la soledad.
Estos dos días en Denia, Jesús y Conchín se han portado maravillosamente conmigo. Estaban pendientes de mis menores deseos, y han hecho todo lo que estaba en su mano para ayudarme en mi búsqueda de áticos con terraza y vistas al mar. Jesús habla y habla sin parar, despotrica contra el consumismo, los políticos, la extinción de las especies y el cambio climático, y me hace escuchar algunos de sus cientos de discos de música favorita, a medio camino entre el folklore genuino y el chill out.
Lo curioso es que él mismo es un consumista insaciable, y lo sabe. Pero, contradicciones aparte, fueron su iniciativa personal y su empeño los que consiguieron que delante de su edificio el Ayuntamiento creara un hermoso parque arbolado, en lugar de la plaza dura con parking subterráneo que tenían proyectado construir.
El miércoles por la mañana, reúno mi pequeño equipaje, me despido cariñosamente de mis dos anfitriones y me dirijo, a pie, a la cercana estación de autobuses para regresar a Valencia.
a las
10:33
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