jueves, 31 de enero de 2008

Talismán

Hace muchos años, en mi primer viaje a México, compré, no sé si en Acapulco o en el D.F., un pequeño candelabro de artesania. Era el año 1985. Había llegado desde La Habana, a bordo de un avión de hélice que atravesó lo que a mí me pareció el Triangulo de las Bermudas en medio de una tormenta pavorosa. Me gusta recordar mi vida como una novela. Un intelectual diría 'literaturizar' la vida. Reminiscencia, quizá, de una infancia en la que mis mejores amigos eran libros.

Siempre sentí predilección por aquel candelabro. Mudanza tras mudanza y país tras país, todos aquellos objetos de artesanía que traje conmigo fueron desapareciendo en una especie de agujero negro de avatares extraviados en la memoria. Sólo quedaba el candelabro, y esta noche se ha roto. La tristeza que me ha embargado era extraña, un poco desmesurada. ¿Podría ser que aquella enternecedora figurilla de terracota fuera para mí un talismán?

Qué exótica idea. Un racionalista del siglo XXI, acostumbrado a avanzar siempre por los cordajes de la razón, inesperadamente prendado de un talismán. Mientras me afeitaba, pensando en el asunto, se me ha ocurrido de pronto que aquel candelabro recién quebrado simbolizaba mi juventud. Una juventud con unos horizontes dilatados y luminosos, ante un futuro embosquecido de puertas por abrir.

¿Quedan todavía puertas por abrir? No tengo duda de que sí. Tal vez las más interesantes, porque después de tantos años uno ya sabe de sobra qué puertas no quiere abrir. La vida es una larga sucesión de puertas que se abren, casi siempre, a callejones sin salida. De valles y montañas sin eco. Una breve novia mía me dijo una vez una frase que, según ella, resumía la filosofía de su abuela, una centroeuropea alejada del Mediterráneo: El mundo es como un océano en la noche, surcado por diminutas luces de barcos que entrecruzan sus aguas. Los barcos navegan solos en la oscuridad. De cuando en cuando, se acercan a otra luz de otro barco y navegan en paralelo durante un tramo de la noche. Pero, tarde o temprano, sus caminos divergen y las luces se hunden de nuevo en la sombra, siguiendo su camino, solas.

Esa metáfora es también muy literaria. Pero lo bueno que tiene la literatura es precisamente que permite contemplarla como biografía o como ficción, según convenga. A diferencia del candelabro, la metáfora de los barcos es literatura pura. Apurándolas un poco, todas las metáforas sirven lo mismo para un barrido que para un cosido. Según se mire.

Desaparecido el talismán, me queda la sensación de que se ha roto un hilo impalpable que conectaba mi presente con mi pasado. ¿El hilo de Ariadna? ¿Paradise Lost? ¿El retrato de Dorian Gray?

Literatura, literatura. Pero, ¿acaso la vida tiene otro sentido que servir de pretexto para hacer literatura?

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miércoles, 23 de enero de 2008

Don Luis, don Francisco

Cuentan las crónicas que, en una casa de su propiedad, don Francisco de Quevedo tenía alquilado a don Luis de Góngora y que, sin compadecerse de la avanzada edad del cordobés, lo echó un buen día de allí con cajas destempladas. Sobre esa anécdota escribí, hace años, un soneto en el estilo del Siglo de Oro, con alusiones a la cojera de Quevedo, a su afición a la bota, el vino y la botella, y a los supuestos orígenes hebreos de don Luis.

Las poesías de aquella época eran, al mismo tiempo, adivinanzas construidas con juegos de palabras. En este soneto hay alusiones a todas esas cosas. ¿Jugamos a las adivinanzas?

DE LA MUDANZA DE DON LUIS
DE LA CASA DE DON FRANCISCO

"Cogito, luego existo", había dicho,
calzando sus quevedos en la blanca
puente -no del Pisuerga-, donde arranca
la embotada nariz del susodicho.

"Quítenme allá, por Dios, aqueste bicho
antes que, sin la tranca y la barranca,
se gongorice la antesalamanca
o me monoculicen el capricho".

"Lleven muebles suntuosos con tocino
y versos no mordientes de cecina:
pues que vino queriendo, va quien vino".

Y, rezongando en un latín blasfemo,
un anciano escapó de la cocina
con un perol de ardiente Polifemo.


Entre los grandes escritores coetáneos ha habido a menudo encarnizados antagonismos. Recuerdo que Baroja, en sus memorias, dedica unos cuantos párrafos a poner a parir a Valle-Inclán. Después de despacharse a gusto sobre la vida y milagros de su contemporáneo durante un largo párrafo, parece como que no se queda todavía contento.

Entonces, para rematar la invectiva, apostilla: 'Y, además, tenía escrófula en el cuello'.

Eso se llama saña.

***

jueves, 10 de enero de 2008

El final de la riada

"… a little lower than the angels"
Alexander Pope

El caso es que el autor no sabe ahora cómo continuar. La novela quedó interrumpida justo antes de esa caída 'hasta lo más bajo' garrapateada en el esquema de la biografía de Manuel Zanzón. Tal vez el autor no quería que su estado de ánimo se contagiara de ese largo episodio sórdido y sin esperanza hacia el que él había previsto empujar a su protagonista. No estaba el horno para bollos.
El escritor idealizado es un cirujano: no puede inmutarse por las heridas que infiere a quien está en sus manos. Dicen que Stendhal se leía de un tirón un capítulo del Código Civil antes de sentarse a relatar una escena de amor. Y difícilmente puedo imaginarme a Flaubert, ese arquitecto desapasionado del lenguaje, emocionado por los avatares hormonales de su Emma Bovary. ¿Realmente Emma Bovary c'était lui!?

Sin embargo, sí podría imaginar a Balzac en mitad de la noche, entre taza y taza y taza de café, volcado sobre el papel, los cabellos revueltos y el chaleco manchado de ceniza, visualizando un paisaje emocional poblado por personajes en el acto mismo de transfigurarlos en letra escrita. O a Dostoievski, o a Kafka, atormentados por una mezcla de vivencias personales y angustia existencial (justificada).

Pero volvamos a Manolo. Manuel Zanzón está siendo arrastrado hacia el final de un largo viaje. Como casi todo lo que sucede en su vida -él sólo lo sospecha vagamente-, ese descenso que acaba de iniciar es también un símbolo. Estaba escrito: la caída será hasta lo más bajo. Pero, ¿dónde estará ese 'lo más bajo'? Lo habíamos dejado descendiendo con la riada, absurdamente sentado en un sillón incongruente, más resignado que desesperado, alejándose del bar de Remedios y, con ello, de un vertiginoso pasado que fue de involuntario esplendor.

Porque él nunca había querido ser ministro de nada. Lo suyo era el órgano. Y, desde ese punto de vista, no está ahora más lejos de su único anhelo que cuando, guiado por los consejos de Federico, administraba una porción de los destinos de la Patria. La riada que lo está arrastrando no es más que la natural conclusión -literaria- del caos sobrevenido en España tras la caída de Zapatero.

Un inciso: Me refiero al general Ovidio Zapatero, que en esta novela era dictador de una España imaginaria mucho antes de que un homónimo suyo ganase unas elecciones en otra España real. Casualidad, sí. Pero, en esta curiosa carrera entre una novela y la realidad, yo llegué antes.

Si Manolo, arrrastrado por las aguas, hubiera ido a parar a Aranjuez, esta novela habría retornado casi a su punto de partida. Pero no es esa la intención de su autor. En realidad, el sillón embarrancó en un paraje desolado cercano a una aldea miserable. Desde un altozano próximo, dos vagabundos contemplaban en silencio el desembarco de Manolo. En una pequeña fogata, junto a ellos, se asaba una especie de liebre ensartada en una vara. Manolo, con los pantalones escurriendo agua, se les acercó.

-Buen viaje hemos tenido -dijo con socarronería el más viejo de los dos-. Arrímate un rato al fuego y sécate esos pantalones. ¿Quieres un trago?

Manolo tomó la botella que el otro le tendía y bebió. La quemazón del alcohol descendiendo por su garganta lo reconfortó.

-Ya no lloverá más -prosiguió su interlocutor-. Has tenido suerte. Hemos visto pasar a unos cuantos antes que tú. Pero no había sillones para todos.

Manolo miró al otro vagabundo, que masticaba un palillo de dientes sin dirigirle siquiera la mirada.

-Es sordo. Pero sabe leer los labios. Y no le mires mucho, que tiene malas cosquillas.

Manolo bajó los ojos y fijó la mirada en el fuego. Se esforzaba por ordenar las ideas. Todos los recuerdos de sus últimos meses se habían condensado en una especie de único día boreal en el que nunca terminaba de anochecer: la arenga multitudinaria de Gagarin, el bar de Remedios, los disturbios de los pacifistas. Todo confuso.

-¿Qué ha pasado allá arriba? -preguntó entonces el vagabundo, señalando hacia Madrid con un movimiento de la cabeza-. Hemos visto bajar dos cebras muertas y un rinoceronte. ¿Se os ha inundado el zoológico?

-No -repuso Manolo-. Las jaulas las abrieron los pacifistas. Hace días.

Durante un largo rato, ninguno dijo nada. Los dos miraban las llamas, que chisporroteaban bajo la pitanza. El aire olía a carne quemada.

-En el pueblo se han quedado sin luz. Y el agua de la fuente, mejor no la bebas.

Levantó de nuevo la botella, bebió, y se la volvió a tender al recién llegado. Manolo, sin dejar de mirar el fuego, denegó con un gesto.

-Tienes hambre, ¿eh? -Estiró un brazo, retiró del fuego la carne y, quemándose un poco los dedos, la puso en un plato de latón que estaba en el suelo, junto a sus pies. Seguidamente, se sacó una navaja del cinturón, trinchó con ella la pieza, y le tendió una de las patas. Comieron en silencio. A intervalos, se pasaban la botella. El sordo se arrimó a la hoguera, y comió también.

-¿Y todo eso ha sido por política? -inquirió el anfitrión.

-Supongo -respondió Manolo, encogiéndose vagamente de hombros. Trataba de separar sus recuerdos unos de otros, pero no conseguía introducir la noción del tiempo en aquella maraña de imágenes que era ahora su memoria.

Los tres hombres masticaban sin hablar. Empezaba a caer la tarde. A medida que su estómago se llenaba, un sopor blando, irresistible, empezaba a apoderarse de Manolo. Intentaría llegar hasta el pueblo. Escrutó la lejanía. Tras la silueta del sordo, la aguja de un campanario asomaba, distante, entre dos lomas parduzcas desguarnecidas de árboles.

Tal vez podía descansar un rato antes de reemprender camino, se dijo. Sus pies habían entrado ya en calor, y su estómago no protestaba. Despacio, exhalando un suspiro prolongado, apoyó la espalda en el suelo y, casi sin querer, se dejó arrastrar, esta vez, por el sueño. Todo un símbolo de aquella vida suya pasada que ahora, suavemente, se difuminaba en su recuerdo al mismo paso que la realidad.

Premoniciones

"Just as water, gas, and electricity are brought into our houses from far off to satisfy our needs in response to a minimal effort, so we shall be supplied with visual or auditory images, which will appear and disappear at a simple movement of the hand, hardly more than a sign." (Paul Valéry)

Tal como la tenía guardada, la cito. No he encontrado el original francés.

sábado, 5 de enero de 2008

Brave New World (Un mundo feliz)

En la Historia de la Humanidad hay algunas ciudades míticas que, excepcionalmente, no lo han sido por heroísmo: Sodoma, Gomorra, Amsterdam. Llegué por primera vez a Amsterdam en el año 1972. A la espalda llevaba un macuto de montañero y, en el macuto, una tienda de campaña sin suelo que un amigo caritativo había encontrado en su casa, reliquia arrumbada en un armario desde los tiempos de la OJE. Aquella misma mañana estaba yo aún haciendo autostop en Lausana, con la ilusión de llegar a la ciudad que entonces era, para los jóvenes europeos, la Meca de la libertad. Un australiano que pasaba por allí me recogió, y me llevó de un tirón hasta Amsterdam. Un día entero de viaje. Yo me empeñaba en hablarle en inglés, y él se empeñaba en hablarme en francés.

Me apeé del automóvil en la misma plaza del Dam, y me senté entre los supuestos hippies que la abarrotaban. Con mi metro noventa, mi melena, mi barba y mi camiseta desteñida, comprada tiempo atrás en un puesto hippy de Londres, me sentía -cosa rara en mi vida- felizmente integrado. Los hippies, en aquellos tiempos, eran para mí la civilización, y España, un lejano Far West sin horizontes. Al día siguiente, sentado en aquella misma plaza, seguía yo embelesado con mi nueva ciudadanía cuando un chaval de mi edad, vivaracho y rubio, de ojos azules, se me acercó. "Are you Espanis?", me preguntó. "Yes", respondí yo, sabiendo ya, por su acento, que podía igualmente haber dicho "Sí". El tipo aquel me había amargado la tarde. Él también era español, y había intuido que éramos compatriotas.

En poco tiempo nos hicimos muy amigos. Él me propuso que nos alojáramos los dos en su tienda de campaña (que tenía suelo), y yo le dije que podía conseguir colarlo en mi mismo camping. Así hicimos y, días después, terminamos abandonando los dos el camping sin pagar. Unos vascos que se alojaban también allí nos sacaron los equipajes escondidos en su maletero. En aquel mismo camping, emocionado con la ciudad, escribí un breve poema escrito casi al vuelo.

AMSTERDAM CON CORAZÓN
(apunte)

adiós amster-
dam tus palomas de luz
matada tus hippies
sonoros tus
mejillas
de piedra
pálida

adiós
ojos
de casas templadas
asomándose
a los canales
y a los tulipanes



***
Sodoma, Gomorra, Amsterdam. He regresado muchas veces a Amsterdam, y en los últimos años la he visto convertirse aceleradamente en un desaguadero de vuelos baratos. Uno más. Un vertedero de vikingos urbanos fraternalmente unidos por la cerveza y el football. Antes de ellos, Amsterdam era una ciudad libre florecida sobre el humus del cannabis. En aquellos tiempos en que era hermoso fiarse de todo el mundo.
No more. La cultura del alcohol y del consumo ha podido con ella. California, 0; Atila, 1. En los últimos años, los Gobiernos neerlandeses están cediendo a las presiones de Europa y de Estados Unidos, esos dos grandes 'paladines' de la libertad, y están 'limpiando' la ciudad (a su manera). Después de la caída del Muro de Berlín, las directrices están claras: nuestro planeta será un inmenso hipermercado hipócrita donde el tabaco, la marihuana y la prostitución estarán prohibidos (en público), la cultura será un artículo démodé, cada vez más minoritario, y la cirrosis y la violencia masculina seguirán haciendo estragos.
La sociedad soviética -es decir, el modelo totalitario de Orwell en 1984- era un horror, y fracasó. Pero no por razones morales: simplemente, no era vendible. Ha llegado la hora del Brave New World, donde el soma nos es suministrado día a día, en dosis masivas, por los medios de comunicación.
Amantes de la verdadera libertad: temblad. Sólo hay una cosa peor que el comunismo clásico: el comunismo voluntario.

domingo, 30 de diciembre de 2007

La fórmula

¿Se puede resumir en una sola fórmula el problema más importante de la España actual? Voy a aventurarme: guerra de religión.

Tal vez la Iglesia católica se opuso durante demasiados siglos al progreso, y en 1978 era ya demasiado tarde. La religión adversaria renació de sus cenizas después de la Dictadura (bastaba con echar leña al fuego), y España es ahora, sociológicamente hablando, un país medieval desgarrado en dos facciones (de una misma ceguera nacional):

La Derecha

La Derecha española está acaparada por la religión católica, con la adición comensalista de la religión liberal. Quiero decir, que los liberales se agarran a las faldas de los católicos, no sé si por insuficiencia de medios, por acomplejamiento, por estrategia, o por mera conveniencia. La Derecha española es humanista, pero no cientifista: nunca lo ha sido. Saben polemizar (aunque no debatir), son doctrinarios y, naturalmente, se afilian a un pasado anterior a la cientifista revolución industrial. Están polarizados en dos ámbitos distintos de la vida social: los medios de comunicación, donde son valientes y argumentadores (aunque no explicativos); y los puestos políticos o de poder, donde se esfuerzan por aparecer como meros burócratas sin ideología.

Todos hablan, pero ninguno sabe realmente lo que piensa un ciudadano corriente. En su mayoría, por haberse criado en medios completamente desconectados de la religión izquierdista, no tienen ni idea de cómo es. A falta de otros esquemas (al menos, para compararlos con el suyo), son incapaces de concebir que los fieles de la secta adversaria no son como ellos: decimonónicamente honestos, y un poco solemnes.

La Izquierda

En España, la religión izquierdista es heredera directa de las religiones medievales: es una religión tejida en torno al odio. Es mucho más compleja que la Derecha, porque ese odio responde a una amalgama de consignas de distinto origen: las de los xenófobos, configurados por regiones, y las de los izquierdistas propiamente dichos, que son a su vez una amalgama de stalinistas, soi-disant ecologistas, revanchistas, rebeldes sin causa y, quizá en su mayoría, arribistas sin escrúpulos.

La Izquierda española es una secta cuyas contraseñas son los Enemigos: los EEUU, Israel, el Franquismo, la Derecha, y la Iglesia católica. Como las hormigas cuando entrecruzan antenas para averiguar si comparten hormiguero, buscan rápidamente en su interlocutor señales de aversión al Enemigo. Si las antenas no detectan un número de señales suficiente, malo. Hay incluso especímenes más autistas, que dan por supuesto que sus Enemigos personales son los Enemigos Universales, sin preocuparse siquiera por saber si su interlocutor ha comido siquiera alguna vez en su mismo hormiguero.

En esta fábula de insectos, no hay cosa peor que ser hormiga sin hormiguero. Todos tus interlocutores, hormigas medievales en fin de cuentas, te adscribirán invariablemente al bando enemigo.

La Izquierda española es una secta en cuya estructura de poder los arribistas se turnan con los sacerdotes. Tampoco la izquierda conoce a sus adversarios, pero sabe vapulearlos. Después de tantos siglos, están casi genéticamente adaptados al cultivo del Mal.


***
La religión derechista es mayoritariamente monoteísta, aunque devota de grandes santos seculares, algunos de reciente adquisición. Uno de esos santos es la Constitución de 1978. La Constitución de 1978, blanda y un poco idealista, era el significante de un pacto tácito. Los nacionalistas dieron su palabra de que se portarían como caballeros, y todos quisieron creerles. La Constitución, sin embargo, no se dotó de los mecanismos suficientes para asegurar ese pacto entre 'caballeros'. La Derecha y la Izquierda fueron en aquel momento muy idealistas pero, en cuanto tuvieron que gobernar, su deseo de poder fue más fuerte que sus ideas.

Todo esto es muy humano, y ni siquiera creo que haya mucho que reprochar a los redactores de la Constitución. Casi todos por aquel entonces estábamos asustados e ilusionados a partes iguales, y creo que la Constitución del 78 refleja muy aproximadamente esa instantánea de la historia. Inevitablemente, somos hijos de nuestro tiempo.

Claro que, precisamente por eso, las sociedades harían bien en aceptar un desafío muy conveniente para su supervivencia. Una sociedad que fomenta el desarrollo intelectual y humano de sus sujetos es el caldo de cultivo perfecto para la aparición de Newtons a hombros de gigantes. Quiero decir, de visionarios capaces de adelantarse a su tiempo, con una visión clara de la Historia y del ser humano, y en una estructura de poder que les permita prevalecer sobre los mediocres o los populistas. Ya sé que es mucho pedir. En la historia de la Humanidad, ese tipo de visionarios han sido muy contados. Pero precisamente por eso lo he llamado 'un desafío'.

He dicho antes que la Iglesia católica se opuso durante siglos al progreso. Y es cierto. Pero la Izquierda y, más en general, el conjunto de la sociedad española, también. Me refiero al progreso tal y como se entendía cuando no estaba contaminado por el catecismo izquierdista. El progreso en el sentido, digamos, protestante. En otras palabras, el respeto al esfuerzo personal, como fuente de dignidad, y al deseo de conocimiento, como fuente de enriquecimiento personal.

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jueves, 27 de diciembre de 2007

Caricaturas


Esta caricatura fue encontrada entre las ruinas de Pompeya. Representa a un político romano de la época. Nada más verla, nuestra memoria nos conecta automáticamente con el catálogo de imágenes que todos [los videntes] guardamos en nuestro recuerdo.
Pero esa conexión es, generalmente, vaga. A mí esta caricatura me recuerda a algún Papa, pero no sabría decir cuál. Si hago un pequeño esfuerzo, puedo recobrar de mi pasado otras memorias de cabezas parecidas, más o menos antiguas, pero deshilvanadas. Nuestra memoria visual no rebusca a través del tiempo, sino a partir de una colección de rasgos: es espacial, no temporal.
Muchas veces he tratado de desentrañar el secreto de las caricaturas. ¿Cómo es posible que una cara groseramente desproporcionada nos recuerde tan vívidamente un rostro real? ¿En qué piensa un caricaturista cuando empuña un lapicero y se enfrenta a una figura humana? ¿Cómo es posible encajar una nariz de boniato entre dos pómulos desmesuradamente altos sin perder la semejanza con el original, y cómo es posible que al hundir la barbilla para exagerar la curva del mentón no nos tropecemos con el cuello? A primera vista, podría parecernos una tarea sobrehumana analizar una caricatura en términos geométricos.
Y, sin embargo, eso es lo que hizo Susan Brennan en 1982. ¿Cómo? Veamos. Dibuja una cara normal (el promedio de todas las que puedas reunir), superpón a ella la cara que quieres caricaturizar, y mide en cuánto se desvían sus facciones de los rasgos 'normales'. Seguidamente, exagera esa desviación y empieza a dibujar de nuevo. El resultado será... una caricatura.
Entonces, ¿podemos deformar nuestro rostro de muchas maneras distintas sin que deje de ser 'nuestro' rostro? ¿Hacia dónde y hasta dónde podemos estirar nuestras facciones? ¿En qué punto se 'romperá' esa representación todavía nuestra para convertirse en la caricatura de otra persona?
No son preguntas baladíes. Los conceptos visuales son elásticos y, llegado un punto, se rompen. Siempre me ha fascinado ver, en las películas de dibujos animados, cómo un gato se convertía en un avión de hélice, un zorro quedaba aplanado por un yunque, o un feroz bulldog recorría una cañería de extremo a extremo como si estuviera hecho de chicle.
No todos los conceptos son igualmente elásticos. Un sonido admite infinitos timbres pero, apenas variamos su frecuencia, pierde su identidad. Un cuarto de tono es suficiente para darle a una nota color de blues o tristeza de soleares. El tictac acompasado de un reloj puede adormecernos, pero el goteo imprevisible de un grifo es capaz de disparar nuestra adrenalina hasta el punto de sacarnos de la cama en mitad de la noche.
Pero también es cierto que donde caben dos, caben tres. Bajo una lupa, una simple hoja de acacia se convierte en un paisaje, y movimientos tan triviales como ponerse de puntillas caben en un solo concepto... hasta que recibimos nuestras primeras clases de danza. ¿Dónde estaban antes todas esas sutilezas que ahora descubrimos? No importa. Nuestra conciencia puede analizar esos movimientos musculares que hasta hoy sólo conocíamos remotamente, o puede incorporar en su mapa mental las nervaduras más finas de una hoja, la ubicación de Uzbekistán o los cráteres de la Luna. Lo importante es que todos esos conceptos nuevos caben en el paisaje.
Conceptos inamovibles, y conceptos elásticos. ¿Podemos construir una teoría sobre el funcionamiento de nuestra mente a partir de estas dos ideas? Los mandarines de la lingüística, anclados todavía en una visión inmutable -es decir, medieval- de los conceptos, no parecen entenderlo así. Y yo no parezco ser capaz de convencerlos de lo contrario. De momento, la partida la ganan ellos.
Pero, para mí, está simplemente en tablas. Todavía.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Gould

Siempre me ha horrorizado la ópera. En mis oídos, la letra de los libretos interfiere groseramente con la música, y la impresión general que me produce la contemplación de una ópera es la de un espectáculo acartonado donde todo es falso.

Durante algún tiempo acogí con entusiasmo aquellos relatos de mayo del 68 en que grupos de estudiantes abucheaban ferozmente a los burgueses a la entrada de la Ópera. Y quizá, cediendo a la tentación simplificadora de la primera juventud, aquellos relatos me sirvieron también para construir mi propia mitología de izquierdas (porque el izquierdismo, en realidad, no es una ideología, sino una mitología). Con los años, sin embargo, aquellos estudiantes vociferantes terminaron ganándose bien la vida y acudiendo a aquella misma Ópera, elegantemente vestidos, a perpetuar las tradiciones de sus mayores. Nada nuevo bajo el sol.

Pese a todo, he intentado una y otra vez acercarme a su música. Y, una y otra vez, me he estrellado contra esa desagradable sensación de estar escuchando, o contemplando, un buñuelo de viento dramático, tan impostado como un culebrón. Una tarde, mi ex-amigo Vicente me dio a escuchar una grabación de cierta aria operística interpretada por una joven cantante. La música me seguía produciendo esa sensación incómoda de prenda de vestir que no le cae a uno bien, pero la voz de la cantante me emocionó. Y se lo dije. Para mi sorpresa, él me contestó "A mí lo que me interesa no son los intérpretes: es la música".

Le di muchas vueltas a aquella respuesta, porque Vicente era una persona cuya sensibilidad musical siempre admiré. Pero, a fuer de sincero conmigo mismo, la conclusión a la que llegaba era siempre la misma: a mí me interesan tanto los intérpretes como la música. Es más: para mí son inseparables. He escuchado versiones abominables de los Conciertos de Brandemburgo, y versiones sublimes de Shostakóvich (por ejemplo, la que estoy escuchando mientras escribo esto), y mi cantata de Bach favorita, Ich habe genug, nunca me ha vuelto a emocionar tanto como cuando escuchaba aquel disco de vinilo que hace años, en una de mis múltiples mudanzas, perdí para siempre.

Por eso me fascinan las grabaciones de Glenn Gould. Especialmente, las filmadas. Yo entiendo la música de Bach como la maquinaria de un reloj perfecto, tanto en su cadencia como en el juego de sus engranajes, y Gould la interpreta de una manera que se me antoja vagamente sufí, inaprehensible, nunca del todo romántica ni mística. Sin embargo, verlo inclinado sobre el piano vestido con una gabardina, en aquella silla dos palmos demasiado baja y levantando a ratos su mano izquierda para dirigir una orquesta inexistente es, lo confieso, un espectáculo apasionante.

Porque él disfruta con lo que hace, y sólo eso es ya, para mí, estimulante. En Barcelona abucheé una vez a Christian Zacarias, a quien sólo Friedrich Gulda supera como intérprete de Mozart, por tocar un concierto para piano con técnica perfecta y sensibilidad cero. Su mente aquella noche, sin duda, estaba en otro lugar. Él ya sabía que el público español come gato por liebre cuando se lo sirven sin huesos, y las tournées de un pianista son inacabablemente largas. ¿Para qué esforzarse más de la cuenta en las plazas de segunda?

Cuentan que, de niño, Glenn Gould hacía sonar las teclas del piano de una en una y dejaba las notas reverberar largo rato hasta que se extinguían. Años después, quizá en consonancia con ese mismo sentido del tiempo, Gould dijo de Mozart que aquel compositor no había fallecido demasiado pronto, sino... demasiado tarde. A diferencia de los otros grandes virtuosos, Gould no necesitaba practicar muchas horas diarias. Por lo visto, practicaba mentalmente, y con eso casi le bastaba. Detestaba los aplausos, y no siempre era fácil interpretar algo a medias con él. Además, para desesperación de los ingenieros de sonido, tenía la costumbre de tararear en voz baja las melodías mientras las interpretaba.

Aquel hombre estaba un poco loco, pero... qué necesarias son en el mundo muchas locuras como la suya: inofensivas, apasionadas, excéntricas, irreductibles. Cierto día, en un banco de una calle de California, un policía arrestó a Glenn Gould confundiéndolo con un vagabundo. Años después, la música de aquel 'vagabundo' navega todavía por el espacio estelar enlatada en un disco que la NASA embarcó, tiempo atrás, en la nave espacial Voyager. Probablemente, por los siglos de los siglos.

Así sea.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Las nuevas siete maravillas del mundo

Hace pocos meses, en Lisboa, en un acto específicamente organizado para tal fin, se declararon oficialmente las "Nuevas siete maravillas del mundo". Tras una encuesta, todavía abierta, en la que han participado más de 100 millones de personas, los ganadores han sido los siguientes:

· Las pirámides de Chichén Itzá, en la península de Yucatán. El centro político y económico de la antigua civilización maya, en cuyos altares, según las crónicas, se cometían atroces sacrificios humanos.

· El Cristo Redentor que corona el Monte Corcovado, en Rio de Janeiro. Pocos habitantes del planeta no habrán visto alguna vez su imagen, con los brazos extendidos, filmada a vuelo de pájaro desde un helicóptero.

· El Coliseo de Roma. Ante sus puertas, miles de espectadores se agolpaban para ver un espectáculo de gladiadores despedazados por leones. Veinte siglos de Historia lo han convertido en un decorado ideal para filmar películas románticas.

· El Taj Mahal, edificado por un shah en memoria de su difunta esposa. El shah, encarcelado años después, se consolaba (o se entristecía) atisbando el imponente mausoleo a través del ventanuco de su celda.

· La Gran Muralla China. Una psicosis de 6.700 kilómetros, para hacer frente a la amenaza del imperio mongol.

· La ciudad de Petra. En el corazón mismo del Oriente medio, entrecruzada por una red de canales y cisternas en la frontera misma del desierto.

· El Machu Picchu, colgado de las nubes más que de las faldas de los Andes. Símbolo también de una civilización desaparecida, y olvidada después durante trescientos años.


Con un buen grado de aproximación, pues, dado el tamaño de la encuesta, podemos deducir que esas siete maravillas democráticas representan de alguna forma los grandes valores espirituales de nuestro planeta, hoy. Pero ¿por qué valoran tanto esas piedras tantos millones de personas?

La encuesta no lo dice: habría que preguntárselo a los encuestados (y confiar en que ellos sabrían explicárnoslo). Pero a mí se me ocurren algunas conclusiones. Tres de las siete maravillas son ciudades. Chichén Itzá y Machu Picchu eran capitales de un imperio y, por lo tanto, símbolos de poder geográfico. Petra, en cambio, no fue más que una encrucijada de caminos: un gigantesco zoco, una ciudad-hipermercado.

Otras tres maravillas fueron también producto de respectivos imperios, pero por distintas razones. El Coliseo era el antecesor de los Mundiales de football, el Disneylandia de los romanos. El Taj Mahal, únicamente un mausoleo: la memoria y el amor de un simple ser humano, engrandecidos por la circunstancia de que ese ser humano era un emperador. Y la Muralla de China, tal vez un monumento a la paranoia, a la que los seres humanos tantas veces hemos sido arrastrados colectivamente.

Por último, el Cristo de Rio, con su cinematográfico predicamento, es un símbolo de fe. Y de poder, naturalmente. A mí me habría gustado que entre esas siete maravillas votadas hubiera alguna que rindiera culto a la razón humana, como la Torre Eiffel, la Universidad de Cambridge, la teoría de la relatividad o la fábrica en cuyo interior se ensambló la primera lavadora.

En resumen: dominación, riqueza, y fe en lo sobrenatural. Nada nuevo bajo el sol, pues. Parece que, pese a las acusaciones de materialismo que la denostan, la sociedad moderna sigue dejándose fascinar más por los delirios de poder, la sinrazón de las masas y los afanes de grandeza que por los ídeales científicos o los sentimientos humanos.

(Las siete maravillas del mundo de la Antigüedad, en http://rickymango.podomatic.com/)

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El thriller

No soy un experto en thrillers, pero me apasiona el género. No entiendo por qué tiene que estar considerado como un género de segunda. La historia oficial de la literatura la deciden unos cuantos mandarines de la cultura, de esos que recortaron Madame Bovary para hacerla más "entretenida", que rechazaron el manuscrito de Cien años de soledad o que indujeron a John Kennedy Toole a suicidarse con un original de A Confederacy of Dunces pudriéndose en un cajón. Como bien dijo de Kafka la flirto-filósofa Hannah Arendt: "Mientras vivió, no consiguió tener un nivel de vida decente, pero ahora mantendrá a generaciones de intelectuales bien colocados y bien alimentados".

Digan lo que digan los mandarines, ciertas piezas del género negro me han apasionado tanto o más que muchos clásicos 'oficiales'. Las novelas de Raymond Chandler sobrevivirán a las de Jean-Paul Sartre, y en The Postman Always Rings Twice James M. Cain nos habla del destino con no menos fuerza que el Rasumov de Joseph Conrad en Under Western Eyes.

He llegado a la conclusión de que Raymond Chandler es intraducible. Muy a mi pesar. Mi primera novela fue un intento -fallido- de reproducir ese estilo de boxeador sintáctico que, probablemente, sólo es posible conseguir escribiendo en inglés. El idioma español es demasiado costumbrista, demasiado cómplice. Nunca ha sido una herramienta muy utilizada para ir al grano.

Con honrosas excepciones. Pero el Lazarillo de Tormes era demasiado autobiográfico, y La Celestina, excesivamente apasionado. Quevedo era sinóptico, pero retorcido. A Gracián le faltaba color e imaginación. Juan de la Cruz superaba a Chandler, por supuesto, en capacidad expresiva, pero en el ambiente espeso de una taberna no habría sido capaz de ver más que blancos corderitos. Juan Carlos Onetti se entretenía demasiado en las descripciones. Alfanhuí era una obra genial, pero alucinada. Y Emilia Pardo Bazán no sabía hacer caricaturas. Quizá el autor en español que más se aproxima a Chandler es Leopoldo Alas, con esa maravillosa Regenta en la que ninguno de los personajes sale bien parado.

Muchos años después de aquella novela mía fallida escribí Huracán, una de mis novelitas bonsai, aunque más como divertimento que con pretensiones literarias. O quizá era simplemente una evocación de Raymond Chandler, hacia quien, no sé exactamente por qué, tuve un momento de ternura aquel día soleado de julio en que una amiga me llevó a comer a un restaurante de Long Beach. Tal vez fue solamente por eso, por rememorar a Philip Marlowe, por lo que yo había decidido emprender aquel épico viaje desde Las Vegas hasta California, atravesando un desierto amarillo cadmio salpicado de Joshua trees.

Mientras, arrellanado en mi asiento de copiloto, esuchaba una y otra vez la música perfecta para acompañar aquella travesía: Buena Vista Social Club.

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