(Comienzo)
Algún lector, si lo hubiere, de estas anotaciones se habrá preguntado alguna vez –quizá con razón, si no es muy perspicaz- por qué escribo esos artículos para tontos que ningún tonto entiende. Más de uno, seguramente, podría considerarme un prepotente. Pero quizá algún otro, por si todavía quedara alguno, percibirá en mi dedicatoria a los tontos una cierta ironía amarga, o un estoico toque humorístico.
Y es que mis escritos en este blog, como reflejo del zoológico de mi mente, están dirigidos a muy diversos tipos de lectores. Tan diversos, que alguno que otro probablemente no existe. Me refiero -como tú, querido Nadie, habrás adivinado mejor que nadie- a una aventura personal que yo durante años llamé 'koala'. Koala eran las siglas de una denominación pedante que no voy a reproducir aquí, y con esa denominación pedante yo denominaba un modelo del lenguaje humano que, en aquellos tiempos, no estaba aún maduro.
Tardó más de veinte años en madurar, y ahora se llama Glyph Theory. Que sigue siendo un tanto pedante, cierto. Sobre todo, si finalmente resulta ser un chicharro. Pero esto probablemente nunca lo sabré, y confieso que ello me reconcome. Y me reconcome más todavía cuando me recuerdo a mí mismo que uno de mis bisabuelos murió alquimista. No sé si también cabalista, pero no me extrañaría.
El caso es que, madura o no, la teoría de glifos no consigue atravesar las entendederas de ningún ser humano. Tonto o no. Pero yo sigo perseverando, porque el solo hecho de intentarlo me ayuda a fijar y conectar ideas. Hace unos meses, presenté un artículo a uno de esos simposios que se celebran por el mundo para lingüistas del ámbito académico. Por una vez, en lugar de seguir clamando en el desierto, escribí en pocas páginas una digresión sobre los conceptos de la lógica formal desde el punto de vista de mi modelo, que terminaba sugiriendo una infracción semántica en la paradoja de Russell. Que no sería por lo tanto paradoja sino, más bien, algo así como un dibujo de Escher: inconstruible.
Dónde me fui a meter. La decisión de admitir o no mi artículo dependía de la recepción a tiempo de las valoraciones de los referees, y éstas no terminaban de llegar. La fecha de anuncio de admisión o no se aplazó unas semanas, y finalmente me llegó la respuesta. Negativa, naturalmente. Me adjuntaban solamente un informe de uno de los referees, que tampoco esta vez pretextaba nada nuevo: No se aborda ningún tema específico (!), no hay ninguna referencia bibliográfica (?), y la terminología no encaja en ninguna 'escuela' conocida. Apenas me molesté en leerlo. A los pocos días, sin embargo, los organizadores me sorprendieron enviándome un último dictamen. Está publicado en pdf, y ocupa varias páginas. Su autor (cuya identidad, por desgracia, no me está permitido conocer), con un estilo de gran autoridad, refuta casi frase por frase mis argumentos, interpretándolos desde el punto de vista de la lógica formal. Si mi artículo implica una refutación (en realidad una refundación) de la lógica formal, no tiene nada de raro que ese autor y yo no hagamos muchas migas, al menos intelectualmente.
Lo malo del asunto es que no encuentro mi artículo original por ninguna parte. Creo que sé dónde encontrarlo, pero estos días tengo muchísimo trabajo y no tengo ánimo para buscarlo. Cuando llegue el momento, analizaré los comentarios de mi refutador, y veremos. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido lo desmesurado de la reacción. Los dictámenes de los referees suelen ser lacónicos y un poco deshilvanados, como escritos a toda prisa para quitárseme de en medio. Este otro, en cambio, por su extensión y por su línea argumental, merecería ser publicado en un medio científico serio. Como si, en lugar de refutar al diminuto Ricky Mango, el referee estuviera bregando contra alguna gran teoría de Chomsky. A medida que iba pensado en ello, más halagado me iba sintiendo. El comentario, incluso, terminaba diciendo algo así como (cito de memoria): No es imposible que, como argumenta el autor, la geometría sea el fundamento 'natural' de la semántica. Pero para demostrarlo habría que enfrentarse antes a pensadores de la talla de Platón, Kant, Quine, … (y dos o tres más, que ahora no recuerdo).
Yo procuro no pensar en David contra Goliath cuando garrapateo mis fórmulas. Si lo hiciera, no me atrevería a seguir garrapateando. Pienso únicamente en argumentos. Y esta es probablemente la primera vez que alguien se molesta en refutar mis argumentos. Tal vez eso significa que estoy progresando.
Mi relación con los lingüistas comenzó en Ginebra en 1991. Cierto día, rebuscando en una librería de la ciudad, encontré un libro que contenía las actas de un simposio sobre traducción automática. Yo estaba ya muy interesado por el tema y ansiaba, sobre todo, encontrar interlocutores. Cuando leí la contraportada del libro, creí estar soñando. Había sido publicado por un instituto de investigación suizo domiciliado… a pocas manzanas de donde yo me alojaba. Era mi último día en Ginebra, de donde partiría al día siguiente para instalarme en un piso que acababa de comprar en Barcelona. Llevaba meses imaginando aquel momento glorioso en que me sentase al volante, camino del mar y del sur. Hacía tres años que vivía sin domicilio fijo, saltando de un piso a otro como realquilado, con un par de maletas siempre a cuestas. Y estaba harto.
Pero aquel día, de la noche a la mañana, todos mis planes cambiaron. En la rue Acacias encontré el Institut des Sciences Cognitives, y en su tablón de anuncios averigüé que sólo una semana más tarde comenzaba en la Universidad un curso de postgrado en lingüistica computacional. El corazón me dio un vuelco. En la oficina me confirmaron que 'postgraduado' no significaba obligatoriamente 'postgraduado en lingüistica', y que mi título de físico era perfectamente aceptable. En aquel mismo momento tomé la decisión. Al día siguiente empuñé, efectivamente, el volante en dirección a Barcelona, pero una semana después volvía a empuñarlo con ilusión para regresar a la maldita Ginebra e instalarme en aquella ciudad durante los nueve meses restantes que duraría el curso.
En realidad, de todas aquellas clases la única que me interesaba era la de semántica. El modelo sintáctico de Chomsky y sus ramificaciones algebraicas yo ya los conocía, gracias a algunos libros, al igual que la llamada 'semántica formal', entroncada en la lógica de predicados que había estudiado durante la carrera. Me interesé también al principio por la asignatura de psicolingüistica, pero pronto me decepcionó lo rudimentario de sus planteamientos, tan parecidos siempre a un organigrama. Curiosamente, fue el profesor de esta asignatura el que más interés mostró por mi forma de plantear las ideas. Pero ni una sola vez, ni conmigo ni con nadie, percibí el más mínimo asomo de predilección o de animadversión en ninguno de los profesores. Además, no éramos muchos alumnos, y pronto descubrí que no había cortapisas para hacer preguntas.
Las clases de semántica fueron el bocado que más disfruté de aquel festín. La profesora, una británica sexagenaria, conducía las clases con un amplio margen para el diálogo que me hizo sentirme, en ocasiones, como un filósofo ateniense argumentándole a su maestro. Poco después de empezar las clases supe que Margaret King, que así se llamaba aquella profesora de pelo cano, era la directora de la institución y había sido alumna de Wittgenstein, lo cual para mí no era necesariamente motivo de veneración. Siempre he tenido la impresión de que Wittgenstein fue en sus momentos más lúcidos un brillante pirotécnico, y en los más nebulosos, simplemente un neurótico.
Pero las clases de King eran estimulantes porque, además de darnos a conocer todas las tácticas de asalto a la semántica intentadas hasta la fecha, nos permitían argumentar. Yo, tan dado a la argumentación en los temas que me apasionan, tenía que contener constantemente mi entusiasmo, para no adquirir un protagonismo que no deseaba. Pero, cuando uno está rodeado de personas civilizadas, lo que le sale a uno de dentro es ser civilizado.
Un par de años después, mi entonces mujer me animó a inscribirme en un cursillo sobre lingüistica computacional que se celebraba en Soria. Acudí en tren desde Barcelona, en un viaje un tanto machadiano, en parte por los paisajes y en parte por la pátina de tristeza que aquel verano frío imprimía en la atmósfera. A pesar de estar ya entrado el mes de julio, por las calles de Soria corría un viento glacial. Mi relación con los profesores fue cordial, pero se mantenía en una ambigüedad de funambulista. Por una parte, yo tenía más edad que algunos de ellos, y había cursado ya algunas de las materias que ellos enseñaban. Pero la circunstancia de ser físico me situaba en un papel de neófito que les impedía tratarme de igual a igual.
Al menos, así lo veía yo en aquellos días. Después de Soria, me inscribí en la Sociedad Española de Procesamiento del Lenguaje Natural, y en sus congresos descubrí que lo que yo interpretaba como pudor era tal vez, en realidad, acomplejamiento. Cuando empecé a hacer preguntas a los ponentes como si estuviera en una Universidad suiza, el acomplejamiento se convirtió en defensa del territorio. Y cuando supieron que había estudiado con Margaret King y que interpelaba en inglés a los oradores invitados, el sectarismo se tiñó de envidia y la envidia degeneró en odio. No sólo no colaboraron lo más mínimo ni mostraron interés alguno por lo que yo pudiera aportar, sino que se encargaron de hacerme entender que estaba fuera del rebaño.
Y digo rebaño porque no puedo decir ni siquiera corte. Dos simples anécdotas pueden ilustrar lo que quiero decir. En uno de aquellos congresos, en una de las pausas entre ponencia y ponencia, trabé conversación con una chica que debía estar en cuarto o quinto de Lingüistica. Resultó que el siguiente orador era ella. Le pregunté amablemente por el tema de su disertación y ella, después de decirme el título, añadió: "Y a ver si no haces preguntas al final de la ponencia". "Discúlpame, pero es que yo no entiendo la ciencia sin preguntas", repliqué yo entonces, casi sin pensar. Aquel fue el primer aviso.
Hubo más señales inequívocas. Sobre todo, aquel vacío social que fui percibiendo a mi alrededor. El trompetazo final me lo dio un tipo cetrino y prepotente que daba clases en la Politécnica de Barcelona y que, según me explicó, era ingeniero y lingüista, y a mi interés por entablar contacto con él en Barcelona respondió que él "todos los años acudía a los congresos". Ese simpático diálogo y la ponencia de un alumno de 5º sobre un modelo computacional que generaba poesías del Siglo de Oro sin pies ni cabeza me convencieron de que, efectivamente, aquel no era mi rebaño.
Esencialmente, éstos y sus congéneres son lo que yo llamo 'lingüistas tontos". Que me disculpen, pues, todos los que no son lingüistas ni son tontos. Sólo a los del rebaño están dedicadas, que no dirigidas, mis explicaciones sobre lingüistica. Y es que uno de mis muchos defectos, quizá el peor de todos, es que no soporto a los idiotas.
Antes de continuar, supongo que tendría que definir lo que yo entiendo por 'idiota'. Idiota, en mi terminología, es el mediocre engreído. El que habla y no escucha. El envidioso, el burócrata, el acomplejado. El que no atiende a razones, sino a mensajeros. Y en esta bola redonda que llamamos mundo, me ha tocado averiguar, los idiotas pululan.
El lorito virtual de aquella ponencia, la que generaba poesía barroca, no ha sido la única propuesta estúpida que he oído exponer en un congreso. En Amsterdam, al término de una ponencia digna de las mil y una noches, salté con una pregunta demoledora que consiguió irritar a los autores. Se armó un revuelo. Al término de la discusión, en voz baja, un viejo profesor que estaba a mi lado me dio vehementemente la razón: ningún esquema conceptual, susurró, puede ser aceptable si antes no es validado mediante un experimento de psicolingüistica.
Lo que me había incitado a atacar a aquellos pobres ponentes no era sólo la subjetividad desenfadada de sus planteamientos, sino el hecho de que mis artículos, muchísimo más exigentes en términos de objetividad, no conseguían pasar el filtro. Aquella ponencia impresentable había competido con la mía y había ganado. En suma, una vez más en la vida había sido derrotado por… unos idiotas.
Es mi sino, y ya me he resignado. Alguna vez, por reanimar mi ego, he sentido la tentación de compararme a Galileo, pero esa fantasía mía nunca ha pasado de wishful thinking. Galileo sabía que tenía razón. Yo, ni siquiera tengo el consuelo de la certeza. Sin embargo, me queda la pasión, y a una pasión tan solipsista como ésta es difícil renunciar. No, no es Galileo mi modelo. Y seguramente tampoco es casualidad que 'Robinson Crusoe' sea la única novela que he leído más de dos veces.
(Continuación)
sábado, 25 de abril de 2009
Los tontos
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lunes, 20 de abril de 2009
Lo que es la rueda
En cierta ocasión, mi amigo Lorenzo se refirió, en mitad de unas explicaciones que ya no recuerdo, a algo que él denominó "lo que es la rueda". Yo, medio en broma medio en serio, le pregunté cuál era la diferencia entre "la rueda" y "lo que es la rueda". Para mi sorpresa, su reacción fue de irritación. Cosa rarísima en él, a quien siempre he visto reaccionar con humor y decisión ante cualquier contrariedad. Probablemente nunca averigüe lo que le causó tal irritación, pero muchas veces después me he seguido preguntando por la diferencia entre esas dos expresiones. Como cualquier otro interlocutor normal, yo había entendido intuitivamente lo que Lorenzo me quería decir, pero no lo había entendido racionalmente, es decir, su significado no había accedido al territorio articulado de mi mente.
Lo primero que pensé fue que la información transportada por la expresión "lo que es la rueda" es, en esencia, uno de los dos valores de un bit:
lo que SÍ/NO es la rueda
En términos de categorías, sin embargo, podemos construir también una categoría con un número indefinido de elementos:
lo que es {la rueda / el faro / el asiento / el volante / …}
donde el ejemplar subrayado es el ejemplar que hemos seleccionado. Al seleccionarlo –o, lo que es lo mismo, al desambiguar la categoría– estamos extrayendo información.
Pero, si es cierto lo que vengo defendiendo, las categorías explican sólo una parte de la semántica. La otra parte, inseparable, son las primitivas 'topológicas': las estructuras. ¿qué estructuras podríamos asociar a la expresión "lo que es la rueda" de modo que nos aporten información?
Si tratamos de representar gráficamente una rueda simbólica, lo más probable es que dibujemos un círculo, posiblemente con algún que otro elemento añadido, para diferenciarla de otros conceptos gráficos representables también mediante un círculo. En cualquier caso, una rueda sería una superficie cerrada, o un sólido, que dividiría el espacio en dos partes: la parte interior (lo que es la rueda) y la exterior (lo que no es la rueda). Estamos describiendo la estructura S2, que hemos descrito anteriormente como:
S2(e) S1(i) S2(e)
donde el primer S2(e) representa la superficie conexa limitada por una línea cerrada S1(i) y rodeada de una superficie S2(e) externa al círculo. La descripción de una estructura espacial compleja mediante una fórmula unidimensional (una cadena de caracteres) plantea problemas tal vez insolubles, por lo que parece más apropiado que un dispositivo que procese información semántica deba estar capacitado para procesar símbolos no puntuales (como las letras o los números), es decir, que ocupen una o más dimensiones (primitivas topológicas).
Enfrascado en estas consideraciones, se me ocurrió de repente que tal vez lo que Lorenzo quería decirme era:
S2(rueda) S1(borde) S2(exterior)
Al subrayar los dos primeros ejemplares he incluido el borde de la rueda en el concepto de rueda. Si no hubiera subrayado el borde, habría podido inferir el concepto de 'agujero de queso de Gruyère', pero no el de 'rueda'. Al visualizar este concepto, me encontré con una rueda que destacaba, única, en mitad de un 'no rueda' borroso. ¡La imagen enfocada de una rueda!, exclamé para mis adentros. ¿Estaba mi interlocutor 'enfocando' mentalmente la rueda de su explicación para que yo me fijase exclusivamente en ella, con abstracción de todo lo demás? Si así fuese, la expresión "lo que es una rueda" habría tenido el mismo efecto que un gesto de lenguaje corporal. Algo así como una mirada en dirección a una rueda enarcando una ceja, o un gesto con el dedo índice. Ambas expresiones, una realizada mediante lenguaje verbal y la otra mediante lenguaje gestual, apuntarían a un mismo significado semántico.
Hay otro aspecto de esta expresión que me parece interesante. Si contraponemos implícitamente el concepto de rueda y el de no-rueda, la construcción sintáctica adecuada para expresar esta idea sería más bien:
lo que es la rueda / lo que es la NO rueda
ya que el tema de nuestra conversación no era, evidentemente, un hamletiano "ser o no ser".
Pero la expresión "lo que es la NO rueda" no es muy utilizada, lo cual nos ofrece la posibilidad de un experimento. Si consiguiéramos que nuestro interlocutor expresara sintácticamente la segunda opción, y escogiera (impropiamente) la variante "lo que NO es la rueda", podríamos inferir que, a veces, las expresiones que nos suenan bien acaparan significados de variantes menos favorecidas por el uso.
Es lo que sucede, por ejemplo, con lo contrario de 'insignificante'. Como 'significante' no es de uso habitual, o evoca en algunos casos un contexto académico, es sustituida por 'significativo', que a partir de ese momento carga con un significado añadido—y espurio—al suyo propio. Incluso, a veces, el suyo propio es expulsado del paraíso. En español particularmente, la fuerza evocativa del contexto juega al billar con los significados: los desplaza, los hace colisionar y los lleva, rebotando, de una a otra área semántica.
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lunes, 16 de marzo de 2009
Lingüística para tontos VIII - Un, caso interesante
(Comienzo)
No, no es un error de escritura. La palabra un plantea algunos problemas sobre los que es útil reflexionar, lo cual la convierte en un 'caso interesante'. De hecho, una de las preguntas que me impulsó, hace ya más de veinte años, a estudiar el fenómeno del lenguaje humano estuvo inspirada por la frase "I am looking for a man". Cuentan del filósofo Diógenes que, en una época de su vida, le había dado por recorrer las calles de Atenas con un farolillo en la mano. Cuando alguien le preguntaba por la finalidad de aquel farolillo, él respondía, un tanto cínicamente, "Estoy buscando un hombre".
Cierto día, en una escena de una película, ví cómo un investigador privado se acercaba a hablar con alguien e iniciaba el diálogo diciendo "I am looking for a man". A diferencia de Diógenes, aquel investigador estaba explicando que buscaba a alguien en particular, antes de recabar información que lo ayudase a encontrarlo. Pero, para no complicarnos la vida con el doble sentido –varón/persona- de la palabra 'hombre', cambiaremos de contexto y la sustituiremos por otra más apropiada. Por ejemplo, salida.
La expresión Estoy buscando una salida se puede interpretar en dos sentidos manifiestamente incompatibles. O estoy buscando la salida B, que es por donde más rápido se llega a la boca del metro, o estoy perdido en un laberinto y lo que busco es, simplemente, una salida cualquiera. En lógica de predicados, estos dos significados corresponden a los dos conceptos básicos en que se sustenta toda la teoría: "existe un x" y "sea cual sea x". El problema que yo me planteé era todo un desafío: ¿Cómo representar simbólicamente el significado de la palabra un de modo que abarcase esos dos sentidos incompatibles?
Para argumentar en términos más concretos, imaginemos la cinta de celuloide de una película. La cinta contiene, uno a continuación de otro, una serie de fotogramas con distintas escenas (y también, desde otro punto de vista, distintos tipos de escenas). En el contexto de esta cinta, ¿qué queremos significar cuando hablamos de 'un tiroteo'?
Hay básicamente dos posibilidades:
1 - Estamos pensando exclusivamente en los fotogramas de la película que representan un tiroteo, y queremos referirnos a uno de ellos en particular: "Estoy buscando un tiroteo (sé cuál es, porque he visto la película)".
2 - Estamos pensando genéricamente en la totalidad de fotogramas de la película y queremos evocar la idea de un fotograma que, por sus características, representaría un tiroteo: "Estoy buscando un tiroteo (no sé si hay, porque no he visto la película)"
Desde el punto de vista dinámico, podemos describir cada uno de estos dos conceptos como la etapa final de un proceso de desambiguación:
- En el caso 1, la búsqueda de un tiroteo en concreto se detendrá cuando podamos enunciar cierto número de características q1, q2, … que nos permitan indicar sin ambigüedad a cuál de los tiroteos nos estamos refiriendo:
fotograma(ι) -> tiroteo(ι) -> tiroteo(ι) + q1 + q2 + ... = tiroteo(i)
Esta expresión representa un proceso de desambiguación en dos etapas. La primera etapa conduce desde la categoría más general, fotograma(ι) (que representa cualquiera de los fotogramas de la película) hasta la subcategoría tiroteo(ι) (que representa cualquiera de los tiroteos de la película). A continuación, hemos especificado las características del tiroteo que nos interesa, tiroteo(i).
[Recordemos que una expresión de la forma A(ι), con iota griega, representa la categoría A, mientras que A(i), con i latina, representa un ejemplar de la categoría A.]
- En el caso 2, la búsqueda de un fotograma que represente un tiroteo se detendrá cuando alguno de los fotogramas de la cinta responda a las características genéricas del concepto 'tiroteo':
fotograma(ι) -> fotograma(ι) + q1 + q2 + … = tiroteo(ι)
Con esta expresión queremos indicar que hemos desambiguado la categoría más general, fotograma(ι), hasta reducirla a la subcategoría tiroteo(ι), pero sin ir más allá. En comparación con la anterior, esta expresión representa una desambiguación incompleta de la categoría fotograma(ι).
Si queremos que la palabra un describa al mismo tiempo estos dos procesos distintos, su formulación semántica tendrá que ser una abstracción de ambos. Algo así como:
Existe un q1 y un q2 y un … tales que: C + q1 + q2 + ... = w
donde w es el concepto que expresamos a continuación de un, y C es una categoría de w. Así, la dualidad semántica de la expresión un libro se expresaría como sigue:
Existe un q1 y un q2 y un … tales que: cosa + q1 + q2 + ... = libro(ι)
Existe un q1 y un q2 y un … tales que: cosa + q1 + q2 + ... = libro(i)
donde la palabra cosa designa una categoría de libro.
En mi opinión, formalizar esta dualidad semántica es muy importante en varios respectos. En inglés hay un tipo de construcciones sintácticas que se usa muy raramente, y que consiste en expresar el adjetivo a continuación del sustantivo (ejemplo: "things Western"). Mi conjetura es que este tipo de construcción se utiliza precisamente para evitar la dualidad semántica a la que acabo de referirme. La comprobación o refutación de mi conjetura, naturalmente, tendría que ser experimental.
En otro orden de cosas, la famosa paradoja de Russell tal vez no es ni siquiera enunciable, si uno explicita claramente cuál de los dos sentidos de la dualidad está utilizando al hablar de "un" conjunto que no pertenece a sí mismo. O tal vez la paradoja está basada en una confusión entre el concepto de conjunto (basado en la conjunción) y el de categoría (basado en la disyunción).
En otras palabras, sospecho que la teoría de conjuntos necesita de una definición formal del concepto de conjunto, basada en elementos semánticos, que eliminaría algunos aspectos de la teoría que a mí me parecen artificiosos.
(Continuación)
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domingo, 1 de marzo de 2009
Barbarismos
El primer diccionario de español que salió de una imprenta ("Tesoro de la lengua castellana o española", de Sebastián de Covarrubias) se publicó en 1610. En él se define 'barbarismo' como: "El uso de alguna dicción, o escrita o pronunciada, contra las reglas y leyes del bueno y casto lenguaje, comúnmente recebido; y en esta acepción llamamos bárbaros a los que escriven o hablan la lengua latina grosseramente, careciendo de las buenas letras".
¿Nos autoriza este texto a sospechar que hay algo en la lengua de un imperio que la hace superior a las demás? Si identificamos imperio con civilización, puede ser. Es mucho identificar pero, aunque así fuera, ¿qué sucede cuando un imperio subsiste pero su civilización entra en decadencia? Peor aún: ¿qué sucede cuando un imperio subsiste ya sólo en la fantasía y su civilización, por falta de contacto con el exterior, se convierte en un espectro de sí misma?
Tal vez esto es lo que sucedió en España a partir de Felipe II. Mientras las posesiones del Imperio, una a una, se le iban desgajando, España, cada vez más enrocada, rechazaba una tras otra la herejía, la reforma protestante, la Ilustración, los sombreros de tres picos, las tropas napoleónicas, los barbarismos y hasta las vías férreas extranjeras.
Hace algunos años me encargaron traducir un libro científico sobre olas. Desde las primeras páginas, tropecé con una dificultad constante que pronto se me hizo tremendamente fastidiosa: la palabra 'ola' no tiene adjetivos. Existen, sí, pluvial, eólico, glacial, marino o lacustre, por mencionar unos cuantos. Pero nunca he oído a nadie usar calificativos como ólico, maréico, ráyico, escárchico, tempánico o granizal.
Para complicar las cosas, algunos adjetivos morfológicamente impecables han sido 'secuestrados'. La expresión 'intensidad tormentosa' nos podría hacer pensar en algún poema de Lord Byron, y 'volumen níveo', en la anatomía de una pastora renacentista. 'Solar' puede ser el adjetivo tanto de sol como de suelo. Los mareos y sus derivados tienen una relación únicamente tangencial con las mareas, y un 'índice terrenal' sólo podría pertenecer a alguna mano implicada en una escena bíblica.
En español, las connotaciones tienen más importancia que el significado. Peor aún: hay palabras que, según algunos, "suenan mal". Pero nadie sabe explicar por qué. Suena bien torear, pero no monitorear. Indeleble, sí; deleble, no. Y lo contrario de insignificante no puede ser significante, sino significativo.
En fin, un lío. Pero lo que más rabia me da cuando tengo que traducir ciertos textos científicos es un término que en cualquier país normal estaría en todos los diccionarios de meteorología. En España, sin embargo, ningún meteorólogo se ha atrevido todavía a tomárselo prestado a sus secuestradores. Por favor, déjenme usarlo. Me estoy refiriendo a la palabra... rociero.
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domingo, 8 de febrero de 2009
Charlas con nadie
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Palabras clave: charlas nadie sectas estupidez humana
sábado, 31 de enero de 2009
El pueblo
Cuando despertó, los dos vagabundos ya no estaban. En el cielo, las nubes eran todavía turbias y amenazadoras, pero no llovía. Se incorporó, se sacudió la tierra de los pantalones y, pausadamente, echó a andar hacia el pueblo.
Mientras caminaba, los recuerdos acudían a su memoria, agolpados y confusos. Parecía como si la riada los hubiera arrastrado también a ellos, emborronando las fronteras entre los más antiguos y los más recientes. En medio de aquel maremágnum, el Manolito Zanzón de su infancia y el Zanzón ministro, los huéspedes de la pensión y los conspiradores masónicos, la prostituta de los kimonos y la valerosa Remedios Raposo, todos navegaban ahora en una misma barca, protagonistas por igual de un único aquelarre lejano en el tiempo en el que era imposible discernir años, días o minutos.
Las primeras calles del pueblo estaban desiertas. Continuó caminando hacia la iglesia, cuya torre veía asomar por encima de los tejados. Desde las ventanas, ninguna mirada parecía vigilar sus movimientos. La calzada, de tierra, estaba todavía salpicada de charcos, pero entre sus dientes la sensación era de polvo. Polvo, o arena de desierto. Entrecerró los ojos. Nunca había estado en un pueblo fantasma.
En la plaza principal sólo había un carro abandonado. Silbaba el viento. En la oscuridad de un zaguán le pareció ver por un instante, fulgurando, los ojos de un gato. Se detuvo en mitad de la plaza y miró a su alrededor. En aquel lugar del espacio y del tiempo, sin seres humanos ni referencias, todas las direcciones le parecían iguales. Se sentía como una veleta empujada a capricho por el viento. ¿A dónde ir? Entonces reparó en un detalle: la puerta de la iglesia estaba abierta. Y echó a andar.
Allí dentro la única luz que había, débil y cenizosa, descendía de los vitrales. Avanzó casi a ciegas hasta llegar a la última fila de bancos, y se sentó. Sus ojos tardaron un rato en acostumbrase a la penumbra. Distinguió primero el rectángulo del altar recortándose en las sombras, y después, colgando a ambos lados, cuatro faroles apagados, como botafumeiros, que descendían del techo. Las paredes estaban desnudas. Al fondo, en uno de los ángulos, distinguió borrosamente el bulto de un confesionario y, tras él, una escalera de caracol que ascendía hasta una puerta de madera, cerrada. Se levantó.
La escalera no era más ancha que el cuerpo de una persona. Mientras subía por ella, allá afuera el sonido del viento se hacía más agudo, casi como el de un gato enfurecido. ¿Cómo se llamaba aquel pueblo?
Hizo girar el picaporte, y la puerta se abrió a un corredor oscuro que discurría paralelamente al muro lateral de la nave. Avanzó tanteando las paredes. Su brazo tropezó con un perchero del que colgaba una sotana. Se apartó. El frío de las baldosas atravesaba las suelas de sus zapatos. Unos veinte pasós más adelante, se detuvo. El pasillo doblaba a la izquierda. El ruido del viento había desaparecido. De pronto, se topó con otra puerta. Giró el picaporte y, al empujar la hoja de madera, la luz de la nave principal iluminó una pequeña habitación que daba directamente sobre el altar. Ante él, tal como había supuesto, reconoció inmediatamente el marfil amarillento de las teclas del órgano.
Sus dedos se posaron sobre ellas. Todavía no había aprendido a tocar. Cerró los párpados, y sintió dos lágrimas calientes deslizarse sobre sus mejillas. Aquella encrucijada, pensó, era exactamente su vida: un itinerario sin rumbo, un órgano sin voz en un pueblo deshabitado. Algo tenía que estar fallando.
Años atrás, aquel Manolo aún adolescente había abandonado a su familia en busca de nuevos horizontes. Desde entonces, todos los caminos que emprendía habían terminado desviándose. ¿Qué era lo que había hecho mal? Tal vez no había entrado a Madrid por el lugar adecuado.
Tendría que intentarlo de nuevo.
Pero, ¿por dónde?
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domingo, 25 de enero de 2009
Meta-Física
Ignoro si la palabra 'metafísica' tiene algo que ver con la caverna de Platón. El prefijo 'meta' significa 'más allá de', y la idea de que las cosas tienen una explicación más allá de la realidad tangible sintoniza bastante con la idea de que estas patatas fritas que estoy ensartando en mi tenedor son, en realidad, un simple reflejo de unas 'metapatatas fritas', y lo que yo creía mi apartamento es en realidad una cueva.
Lo cierto es que, después de unos cuantos siglos de filosofía incrédula -que no otra cosa es la ciencia-, las explicaciones de la realidad que leemos en los libros de divulgación científica distan mucho de la sensación inmediata que nos producen el olor, el color y el sabor de unas patatas fritas humeando en nuestro plato. El gemelo de Einstein que viajaba a la velocidad de la luz regresó a un planeta en el que su propio tataranieto había pasado a los libros de historia, y el solo pensamiento de que un enano microscópico no pueda predecir cuándo su pelota atravesará la pared del frontón en lugar de rebotar en una dirección impredecible desafía al más sensato.
¿Estoy haciendo trampa? Sólo aparentemente. Es cierto que la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica son construcciones matemáticas rigurosas y -lo que es más importante- verificadas experimentalmente. Pero la lógica cotidiana, la que usamos para sobrevivir y tomar decisiones todos los días, está mucho más vinculada a nuestras percepciones. Todas las mañanas esperamos que el sol salga y se ponga a una hora predecible, que los relojes no se aceleren ni se detengan, y que la lluvia caiga desde lo alto y no al revés. Más allá de estas expectativas, lo que pudiera o no suceder pertenece, en la práctica, al reino de la fantasía.
Con todo, nos hemos ido acostumbrando a la idea de que la lógica cambia a medida que aumenta o disminuye el tamaño de sus súbditos. Lo cual, por cierto, parece absurdo: ¿acaso la lógica no es un concepto abstracto, independiente del espacio y del tiempo? Sería lógico pensar que sí. (¿Lógico, he dicho?)
Pero, en fin, nos hemos acostumbrado, y de hecho todas esas lógicas 'ilógicas' nos han permitido materializar viajes a planetas lejanos, microscopios de una potencia casi inimaginable o imágenes de nuestro reciente esguince mediante resonancia magnética nuclear. La cueva de Platón, en cambio, sólo nos ha servido hasta ahora para subvencionar a una larga saga de filósofos más o menos imaginativos: Galileo, 1 - Platón, 0.
La diferencia decisiva entre Galileo y Platón es que Galileo no se limitó a conjeturar, sino que construyó un telescopio para poner a prueba sus conjeturas. Aquel primer paso de Galileo abrió las puertas a la astrofísica moderna, y desde entonces nuestro conocimiento del Universo no ha hecho más que avanzar.
Sin embargo, la Luna y el Sol y los planetas están tan cerca de nosotros -astronómicamente hablando- que no necesitamos abjurar de nuestra lógica ordinaria para explicarlos. Tenemos que hacer un zoom gigantesco con nuestro telescopio para empezar a observar fenómenos extraños que nos obligan a echar mano de esas otras lógicas 'ilógicas'. Así, poco a poco, hemos ido concibiendo ideas aparentemente tan descabelladas como el big bang, el vacío virtual, los agujeros negros o, más recientemente, la materia oscura. Y verificándolas.
¿O no?
No del todo. De hecho, nadie está seguro de haber visto alguna vez un agujero negro o una evidencia irrefutable de su existencia. Y mucho menos de la materia oscura, de la energía oscura o de otros nuevos conceptos que están irrumpiendo últimamente en el vocabulario de los astrofísicos.
Por ejemplo, el 'flujo oscuro', cuyas causas habría que situar más allá del mismísimo horizonte de nuestro universo. O la 'inflación eterna', según la cual nuestro universo sería simplemente una burbuja más de un multiverso en perpetuo burbujeo. O el modelo de 'universo fractal', infinitamente complejo y siempre similar a sí mismo en todas las escalas. O la fantástica idea de que -como sucede en el horizonte de los agujeros negros- nuestro universo es, en realidad, nada más que un holograma.
El caso es que cuanto más grande y más lejano sea el fenómeno que pretendemos explicar, menor cantidad de información podremos sacar de él, y más inciertas serán forzosamente nuestras explicaciones. En otras palabras: a menos que el universo tenga un límite, el número de explicaciones posibles se multiplicará hasta el infinito. Ay, Galileo. No estamos tan lejos de la metafísica.
Peor aún: todas las conjeturas que podemos llegar a construir son andamiajes ensamblados por nuestro raciocinio con sus propios materiales, pero también es concebible que los tubos y tuercas necesarios para explicar las leyes de la realidad 'real' ni siquiera existan en nuestra mente. Si aumentamos suficientemente la escala de nuestras pretensiones, ¿habrá algún 'más allá' cuya lógica 'real' nuestro intelecto, por naturaleza, es incapaz siquiera de concebir?
Es cierto que Ícaro se quemó las alas por acercarse demasiado al sol, pero nuestro problema es justamente el contrario. Nuestras alas no son de cera. Aherrojados en una cueva de Platón, fabricamos sin cesar magníficos plumajes de faisán, quizá para no reconocer que nunca volaremos más alto que una gallina.
a las
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viernes, 16 de enero de 2009
El secreto de Shakespeare
Estoy leyendo una novela titulada "The Shakespeare Secret". La compré en una librería de aeropuerto, y no le pedía mucho más que entretenimiento. De todos los thrillers que hojeé, éste parecía diferente, tal vez un poco más culto que los superventas habituales en aquel tipo de librerías. El título hacía referencia a Shakespeare, y me gustó el comienzo: "Desde el río, parecía como si hubiera dos soles poniéndose sobre Londres."
Está muy bien escrita -o tal vez debería decir 'construida'- mediante una eficaz concatenación de sustantivos, verbos y citas de Shakespeare. Adjetivos, los justos. En general, los libros anglosajones parecen estar más bien construidos que escritos, lo cual no es un demérito ni mucho menos. Yo creo más en la artesanía que en el arte. En seguida he comprendido que la novela está escrita siguiendo la estela del "Código da Vinci", no sé si por contagio temático de la autora o con la secreta esperanza de verla algún día en una pantalla.
Desde que comenzó el trasiego entre la literatura y el cine, muchos autores escriben sus historias como si estuvieran contándonos una película. Esto es casi una definición de thriller pero, en general, las relaciones entre la literatura y el cine son bastante más complejas y merecerían dedicarles, más que un libro, toda una enciclopedia.
El caso es que, pese a su eficacia narrativa, "The Shakespeare Secret" me aburre a ratos, y por las noches, en la cama, no me roba ninguna hora de sueño. Curiosamente, la trama se parece mucho a la de mi primera novela. Que, por cierto, quedó impublicada. Posiblemente con toda la razón del mundo, pero también por haber sido escrita veinte años antes de que comenzase la moda 'da Vinci'.
Antes de decidir si compro o no una novela, yo tengo que hojearla y, sobre todo, leer su primera frase. Ésta de los dos soles poniéndose sobre Londres me pareció bastante atractiva. Al atardecer, un incendio que compite gongorinamente con el sol nos da una idea previa del grado de maldad del incendiador. Y, al aclararnos que estamos en Londres, la autora nos prepara para un rocambolesco periplo por distintos continentes, bibliotecas universitarias y paisajes tan cinematográficos como Las Vegas o el desierto de Mojave.
Los primeros párrafos de una novela, sobre todo si es contemporánea, me suelen dar la clave para decidir si la compraré o no. Generalmente, el dictamen es No. Todavía recuerdo aquel voluminoso mamotreto de un tal Ruiz Zafón que me regalaron hace años, y que abandoné antes de la página 10. Me daba incluso vergüenza ajena recorrer aquella cáfila de adjetivos adolescentes para públicos poco leídos. Es el tipo de literatura que yo escribía cuando tenía 17 años.
Las primeras frases de una novela son, de hecho, un género por sí solas. Un género fascinante. Animado por esta revelación, he rebuscado en mi biblioteca algunos de mis libros favoritos, y he releído únicamente su primera frase, a veces su primer párrafo. Desde luego, pocas primeras frases como aquel "Aujourd'hui, maman est morte" de Albert Camus en "L'étranger", que en sólo cuatro palabras condensa las doscientas o trescientas páginas que vienen después.
Uno de mis thrillers favoritos de todos los tiempos es "The postman always rings twice", de James M. Cain. Comienza así: "They threw me off the hay truck about noon". Casi un telegrama. En español no queda exactamente igual: "Me echaron del camión de heno a eso del mediodía". Le falta todo el ritmo. En inglés, todas las palabras de la frase excepto una son monosílabos. Uno detrás de otro, como puñetazos. Y ese 'off' intraducible -una sola sílaba, tres letras- es, en realidad, el resumen completo de toda la novela. ¿Cómo resistirse a devorar una novela que empieza con una frase así?
Entusiasmado con el nuevo género que acababa de descubrir, he releído también primeras frases de Stendhal, de Dostoievsky, de Maupassant, de Valle-Inclán, de Chloderlos de Laclos, de Chandler. Todas tenían un no sé qué que impulsaba a leer, como mínimo, el primer párrafo completo. Pero algunas hacían innecesario el resto del párrafo. De todas éstas, me he quedado con dos.
Una, el comienzo de "A Confederacy of Dunces", del malogrado John Kennedy Toole, neciamente traducida como "La conjura de los necios". ¿Por qué 'conjura'? ¿Qué tiene de malo "Una confederación de mentecatos"? La primera frase de esta novela, desnaturalizada por la conjura de los editores españoles, dice así: "A green hunting cap squeezed the top of the fleshy balloon of a head". Es decir, "Una gorra de cazador verde estrujaba la cima del carnoso globo de una cabeza". Difícil resisitirse a seguir leyendo, ¿no?
Y, por último, una de las más espléndidas. Es la frase que da comienzo a "La Regenta", de Leopoldo Alas. Abrimos la primera página y leemos: "La heroica ciudad dormía la siesta".
Chapeau. En esta frase está todo. La ironía de ese 'heroica' nos anuncia ya la amargura del tema ("dormía la siesta": la decadencia de todo un país) y el humor indoloro con que don Leopoldo nos va a dorar la píldora. Desde luego, hay que seguir leyendo hasta el final. Pero, al terminar la novela, cuando el repugnante Celedonio termina de besar en los labios a la impresionable Ana de Ozores ("Había creído sentir sobre la boca el vientre frío y viscoso de un sapo". Punto. Fin.), hay que regresar a la primera frase y retenerla en el recuerdo, más que como un resumen, como un símbolo. Porque sintetiza no sólo una de las mejores novelas en lengua española, sino también una de las épocas más lamentables de la historia de España.
O quizá uno de los eternos retornos de la historia de España.
El otro es la guerra civil.
a las
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martes, 6 de enero de 2009
Leer, viajar
No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí ponderar la importancia de los libros. Debió de ser hace ya muchos años. Cuando yo era niño no existían los videojuegos ni las dislexias. Mal que bien, todos los niños aprendían a leer y a escribir correctamente, e incluso a redactar frases coherentes con los puntos y comas en su sitio. Las imágenes no ocupaban tantas horas de nuestras vidas. Con suerte, íbamos al cine una vez por semana, y al lunes siguiente, en clase, explicábamos con entusiasmo la película a quienes no la habían visto. Era todavía la era de la palabra.
En la época actual, la palabra está muy devaluada. Ayer mismo, un amigo me recordaba los tiempos en que acudíamos a las citas con las chicas llevando un libro en la mano. Sólo con ese detalle, uno ganaba puntos. Si además dejabas caer que escribías poesías, el prestigio se multiplicaba. Pero las cosas fueron cambiando. Cierto día, mi amigo se dio cuenta de que, para ligar, declararse poeta era más bien contraproducente.
Con la decadencia de la palabra, el prestigio de los libros como vehículo de cultura fue también marchitándose. Todavía se oye, de vez en cuando, exaltar el valor de la lectura, como si los libros contuvieran algún elixir mágico que transformase el cerebro de sus lectores en pozos de ciencia infusa. Extinguida hace ya años la era de la palabra, únicamente ha quedado el mito.
La invención de la imprenta no relegó del todo al olvido la palabra hablada. Desde luego, tenía también sus inconvenientes. Las historias quedaban fijadas en un papel, y no se transmitían de boca en boca. No podían ya deformarse con el paso del tiempo, por fallos de la memoria o por interferencias de la fantasía de quienes las contaban. La imprenta asestó un golpe brutal a las leyendas, pero los libros seguían estando hechos de palabras. Muchos de ellos contenían también imágenes, pero sus lectores seguían leyendo, pensando y razonando en palabras.
Todo esto ha cambiado. Estamos en la era de la imagen, y desde hace ya dos generaciones cada vez más seres humanos piensan, básicamente, en imágenes. Cuando uno piensa en imágenes, los nombres de las cosas y la sintaxis pierden importancia. Una imagen evoca sensaciones, recuerdos o metáforas: nunca ideas. Quizá estamos volviendo a los primeros tiempos de la Humanidad, cuando el lenguaje, aún rudimentario, no era todavía un medio para comunicarse, sino simplemente una ayuda, y algunos se entretenían dibujando bisontes en las paredes como sus sucesores se entretienen hoy rascando signos inconexos en los vidrios de las ventanillas del metro.
Hace ya unos veinte años que las novelas de autores contemporáneos se me caen de las manos en la página 5. Existiendo antecedentes como Bocaccio, Flaubert, Conrad o Pío Baroja, hay que tener un cierto déficit de vergüenza para publicar según qué novelas. Pero todo esto no importa ya mucho. El libro es ahora un producto de consumo, uno más, y el nuevo lector de hoy no ha oído siquiera hablar de Bartleby o de Ana Ozores. De comprar algo, se compra el último libro de ese periodista o famoso que ha visto en la televisión o que le cuenta historias 'a la moda': los nuevos libros de caballerías.
Por eso no tiene ya mucho sentido decir simplemente que hay que leer libros. Hay libros provechosos y hay libros maravillosos, pero también hay libros basura, del mismo modo que hay hamburguesas basura o programas de televisión (aquí añadir 'basura' sería redundante). Y, de todos modos, qué sentido tiene cultivar la narración coherente cuando uno lo único que quiere es hablar de futbolistas o de videojuegos.
Otro mito que todavía se oye es aquello de que el nacionalismo se cura viajando. Hay una frase célebre que no sé quién pronunció, en respuesta a alguien que le había preguntado si tenía raíces. La respuesta fue algo así como "No. Yo no tengo raíces. Yo lo que tengo son piernas." Para caminar, se entiende.
El caso es que viajar en el siglo XXI no es lo mismo que viajar en tiempos pretéritos. El viaje del Beagle duró 18 meses, y Ulises tardó 10 años en regresar a Itaca. El mayor interés de "La vuelta al mundo en 80 días" radicaba en la dificultad de conseguir lo que el título proponía, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca tardó 11 años, desde su naufragio frente a las costas de Florida, en encontrar nuevamente cristianos en lo que hoy es territorio mexicano.
Por eso, viajar era antiguamente una experiencia que cambiaba radicalmente la mentalidad del viajero. Los viajes por tierra eran a caballo o andando, y las distancias se median en leguas. Había posadas donde uno se encontraba con otros viajeros de lugares remotos, y en invierno el frío obligaba a juntarse en torno al fuego y conversar. Lo que le cambiaba a uno la vida no era tanto el conocer nuevas costumbres, sino el descubrir personajes singulares, con sus propias manías y mitos y noticias y experiencias originales. Excepto en el ejército, el concepto de 'standard' aplicado a los seres humanos carecía todavía de significado.
Hoy los aviones lo depositan a uno en Atenas en unas pocas horas, y ningún turista tiene intención de quedarse en el lugar más tiempo del suficiente para tomar unas fotos y ver el Partenón desde un autocar, explicado por un guía en su propio idioma. Las comidas, los bailes y los productos 'típicos' son en realidad estereotípicos, y poco tienen ya que ver con el original. Y en las calles principales de casi cualquier ciudad del mundo uno se encuentra ya con las mismas tiendas, marcas y modas que dejó atrás en su propia ciudad. ¿Qué interés puede tener hoy en día viajar? Y, sobre todo, ¿en qué puede ayudarnos a ese sano ejercicio mental de relativizar nuestras propias costumbres?
Leer, viajar. Atrás van quedando aquellos tiempos en que estas dos actividades enriquecían a los seres humanos. Ahora sólo el dinero proporciona riqueza.
a las
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sábado, 3 de enero de 2009
Lingüística para tontos VII - Mi primera estructura
En nuestro esfuerzo por explicar el lenguaje a los lingüistas tontos, hemos tenido que empezar la casa por el tejado. Parecería más sensato comenzar por los cimientos, pero la experiencia, esa despiadada consejera, me ha demostrado que no es un método particularmente eficaz. Los usuarios de un lenguaje, como los clientes de los bancos, manejan sus recursos con soltura, pero no tienen ni idea de qué cosa es exactamente eso que unos llaman dinero, y otros, significados. Tal vez ahora, que entendemos un poco mejor el lenguaje como vehículo de información, nos sea más fácil regresar a los cimientos y colocar los primeros pilares.
Ya habíamos visto en los primeros capítulos que las categorías, esas cajas de ladrillos que utilizamos para transmitir información, no son conceptos amorfos. Tienen estructura, y la diversidad de las estructuras que descubrimos en aquellos capítulos (sabores, colores, sucesos cronológicos, dibujos animados) nos suscita algunas preguntas:
¿Cuántas estructuras distintas utilizan nuestros lenguajes?
¿Es finito el número de estructuras que podemos llegar a utilizar?
¿Todos los lenguajes utilizan las mismas estructuras?
Es fácil sospechar que las respuestas a estas preguntas están determinadas en gran medida por nuestros sentidos. Al fin y al cabo, son nuestros sentidos los que nos dicen que el espacio tiene tres dimensiones, que los colores forman un continuum o que las notas musicales suenan una a continuación de otra. Sin embargo, un ciego de nacimiento puede aprender a desenvolverse sin problemas por el interior de un edificio. Es más, estableciendo previamente una correlación, por ejemplo con una gama de rugosidades, puede mantener con normalidad una conversación relacionada con colores. Por otra parte, un sordo de nacimiento puede entender perfectamente que un concierto es una sucesión de acontecimientos sonoros, del mismo modo que una exhibición de fuegos de artificio es una sucesión de acontecimientos cromáticos.
Parece, pues, que las estructuras que asociamos a nuestros sentidos dimanan de una realidad más abstracta todavía: ¿acaso, como estamos empezando a sospechar, las configuraciones topológicas? Sería una buena noticia. Si los conceptos con que nos expresamos están asentados en realidades absolutas, entonces seremos capaces de sistematizarlos, estudiarlos y compararlos aplicando criterios objetivos. Se acabarán para siempre las teorías, las interpretaciones y los gurús. Sólo habrá una lingüística, y esa lingüística tendrá, inevitablemente, un componente experimental. En otras palabras: la lingüística será, por fin, una ciencia.
Quizá la estructura semántica que a todos nos resulta más familiar es la que asociamos al tiempo. Esto no quiere decir que sea la estructura más simple pero, una vez más, quizá sea más conveniente empezar por lo más complicado. En nuestra mente, el tiempo se compone de dos elementos complementarios: los instantes, y los lapsos. Entre cada dos instantes, nosotros suponemos la existencia de un lapso. Así es como lo concebimos, aunque en la realidad tal vez las cosas no sean exactamente así. Zenón de Elea expuso varias paradojas derivadas de esta forma de entender el tiempo, y en la física contemporánea empieza a argüirse la necesidad de redefinir este concepto de manera que las leyes físicas macroscópicas y las microscópicas sean compatibles.
Una de las aporías de Zenón reflexiona sobre el movimiento de una flecha. Si en un instante cualquiera nuestra flecha está quieta, entonces estará también quieta en todos los demás instantes… y, por lo tanto, es imposible que se mueva. Pero, si preferimos pensar que está en movimiento, ¿dónde está exactamente la flecha en ese instante? Desde nuestro punto de vista lo importante no es la paradoja, sino el hecho de que, para enunciarla, Zenón utilizó los dos elementos básicos de la estructura del tiempo: los instantes, y los lapsos. Si denotamos los instantes mediante el símbolo i y los lapsos mediante el símbolo e, una serie cualquiera de instantes adoptaría la forma:
L = {06.03, 07.30, 08.45, 09.10, 10.35, …}
En ningún sitio está escrito que esta lista de números deba tener una estructura. Si la enunciáramos tal cual, sin especificar de qué estamos hablando, alguien podría suponer que es una lista de pesos, de ángulos, de coordenadas o, simplemente, una acumulación caprichosa de cifras. Para indicar que entre cada dos de esos números hay un lapso y que cada lapso sólo puede estar relacionado con dos de esos números, tendremos que asegurarnos de que nuestro interlocutor asocia específicamente estas propiedades a la categoría L. Por lo general, no tendremos que hacer demasiados esfuerzos. Aparentemente, las palabras 'tren' y 'viajar' contienen ya información suficiente para ello.
Hasta ahora hemos hablado de series de instantes, pero todavía no hemos definido la estructura propiamente dicha de la categoría 'Tiempo'. No es tan fácil como parece. Para definir la estructura de un cuadrado nos bastaría, por ejemplo, la representación
e e
i e i
i e i
e -> e i e
A esta estructura la llamaremos S1, o 'estructura lineal'. Así pues, en el sistema de notación que estamos definiendo, la categoría 'tiempo' se escribirá a partir de ahora en la forma:
(Continuación)
a las
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Palabras clave: lingüística categoría estructura tiempo semántica
