Erase una vez un libro sagrado que predicaba la bondad... y, al mismo tiempo, la maldad.
No sé si algún lector se habrá escandalizado al leer un comienzo como éste, pero no debería. Señalar las contradicciones de un libro sagrado no tiene mayor trascendencia que exclamar '¡abracadabra!', o que evocar aquella enigmática frase que traía de cabeza a los filósofos españoles en el siglo XVII: "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Hasta qué punto un libro sagrado es congruente o incongruente, es irrelevante. Lo único que debería importarnos, en realidad, es hasta qué punto esas coherencias e incoherencias determinan nuestra realidad, nuestra felicidad y nuestra libertad.
Las religiones no son distintas ni de sus creyentes ni de sus descreídos. Son, simplemente, como ellos. La Grecia antigua tuvo la lucidez de entender esto, y construyó un complejo universo religioso cuyos dioses albergaban pasiones variopintas y, no pocas veces, contrapuestas: exactamente las mismas que sus creadores. Porque han sido los humanos quienes han creado a los dioses, y no a la inversa. Lo malo es que los dioses, siendo algo tan íntimo e intransferible como la ropa interior, no existen sólo en la mente de sus creyentes. Los dioses pueden llegar a cobrar realidad cuando son muchos los fieles que creen en ellos. Me explicaré.
A lo largo de la historia, centenares de millones de personas han leído el libro sagrado al que me estoy refiriendo. Sin embargo, si preguntamos a una de ellas al azar, con toda probabilidad nos hablará de palabras hermosas: amor, respeto, piedad, honradez. Difícilmente oiremos de ella que, en ese mismo libro sagrado, su Dios ordenaba dar muerte a quienes desobedecían sus mandamientos y, según las circunstancias, ordenaba a sus fieles perpetrar saqueos o violaciones, esclavizar a otros seres humanos o abusar de criaturas indefensas.
Según las circunstancias. Si algo es el alma humana, es una violenta tempestad de pasiones enfrentadas, disimuladas bajo una delgadísima pátina de civilidad. Ocultamos el alma del mismo modo que ocultamos la ropa interior, y para mostrarnos a los demás necesitamos una vestimenta. O, por lo menos, unos ritos. En una playa podemos exhibirnos con mucho menos pudor que si nos desnudáramos en mitad del autobús, pero no nos sentimos ni la mitad de incómodos, porque estamos cumpliendo un rito. Para adoptar una apariencia de orden, el alma humana necesita ritos. Ni siquiera importa que sean incoherentes si a nuestro alrededor los han adoptado también nuestros semejantes. Eso es la religión.
El libro sagrado al que me estoy refiriendo es la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El dios de los judíos y el dios de Jesucristo, si es que eran el mismo, ordenaron asesinar, violar, lapidar, sacrificar, saquear y sojuzgar a miles de seres humanos, y para constatarlo lo único que hay que hacer es leer a sus profetas. Simplemente eso: leerlos. Sin hacer la vista gorda cuando no nos conviene.
Pero no serviría de nada. Dios podría bajar mañana del cielo, liarse a botellazos en una casa de lenocinio y disparar borracho contra los demás clientes, y sus creyentes encontrarían siempre la forma de justificarlo. "Es una parábola", o "hay que interpretar los hechos en su contexto histórico", o "no era El, sino una visión engañosa inspirada por Satán". Cualquier explicación sería aceptable para quien desea creer. O tal vez sea más correcto decir "para quien necesita creer". Las pasiones son una meteorología demasiado compleja para afrontarlas sin prejuicios.
Lo malo es que, como seres humanos, esos prejuicios colectivos nos afectan a todos, incluso a quienes somos incapaces de refugiarnos bajo su paraguas. No nos engañemos: la realidad no es lo que usted o yo creamos o dejemos de creer, sino lo que la mayoría de nuestros congéneres entiende por realidad. Ha habido épocas de la historia en que la Tierra era plana, en que unas pobres mujeres sugestionables eran brujas malevolentes, o en que los médicos podían asistir a una parturienta sin lavarse las manos. No importaba lo que creyera una minoría de sensatos irrisorios: la realidad era esa. O, al menos, esa era la realidad que los afectaba a ellos. La que podía aislarlos social, profesional o sexualmente, privarlos de sustento o dar con sus huesos en la hoguera.
Conclusiones como esta son demoledoras. Por más esfuerzos que hagamos, la meteorología de las emociones es imposible de estructurar, y a lo largo de la vida los vaivenes de la realidad --de lo que las mayorías entienden por realidad-- son tan imprevisibles como las borrascas y anticiclones de la meteorología atmosférica. Lamento no poder ser más optimista, pero el único consejo moral que soy capaz de ofrecer a mis lectores desnortados es una vieja consigna, tan antigua como el mundo: sálvese quien pueda.

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domingo, 7 de mayo de 2017
La moral como meteorología
a las
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Palabras clave: Biblia, brujas, emociones, presión social, realidad, religión, supremacismo, tierra plana
domingo, 26 de marzo de 2017
Espejos torcidos
El nuevo gobierno de esta comunidad autónoma acaba de promulgar una nueva ley de educación que, en la práctica, conduce a la inmersión lingüística en valenciano por vía acelerada. Si los ciudadanos sensatos no se oponen eficazmente -y tengo serias sospechas de que eso no sucederá-, un niño español hijo de una ecuatoguineana y un francés, cuya familia no sienta ningún apego especial por la paella, los petardos, el idioma valenciano o la anguila en all i pebre, ni tenga intención alguna de que el niño se arraigue de por vida en una región provinciana en que los homínidos son legión, se verá obligado a aprender historia, literatura, geografía y ciencias en una lengua hablada por apenas dos millones de personas, en detrimento de otra lengua, igualmente oficial, hablada por 300 millones en todo el mundo.
No sólo eso, sino que, considerando que la ley es fruto de un movimiento psicopatológico que lleva años copando los puestos clave de la enseñanza en esta irrelevante región del planeta, el niño terminará sus estudios sin saber quiénes eran Góngora, la Malinche, María Pita o Leonardo Torres Quevedo, y algún día se sorprenderá descubriendo que el Duero o el Támesis no son una marca de zapatos o una cadena de comida rápida.
Hace años, cuando me fui de Suiza para instalarme en Barcelona, una de las primeras cosas que hice fue buscar contactos relacionados con la lingüística en aquella ciudad. Al poco tiempo -en los primeros años 90- me conecté a Internet, y en seguida me zambullí en los foros y en los newsgroups para averiguar qué se cocía en el mundo de la lingüística en español. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los únicos resultados de mis búsquedas eran intercambios groseros de insultos a favor y en contra del idioma catalán. Ni asomo de interés científico. Mientras en inglés había centenares de newsgroups dedicados a intercambiar conocimientos, los homínidos españoles sólo parecían interesados en arrojarse basura a la cara con argumentos que, siendo benevolente, calificaré de pueblerinos.
Trece años después tiré la toalla y decidí rehacer mi vida en otro lugar en que el poder no estuviera en manos de psicópatas. Me decidí por Valencia, sin ningún entusiasmo. Madrid es una ciudad que detesto visceralmente, y en Valencia tenía al menos algunos viejos amigos que me podían servir de referencia. No era gran cosa, pero Barcelona se había vuelto ya insoportable, no sólo por la arrogancia humillante de los psicópatas, sino por la indiferencia borreguil de los humillados. Una pesadilla.
Otros trece años después, Valencia empieza también a ser insoportable. Es una epidemia. ¿Qué sucede con España? ¿Por qué ese provincianismo obsesivo de los españoles? ¿Por qué esa obsesión permanente por aprender inglés y esa incapacidad enfermiza para aprenderlo? ¿Por qué esa obsesión medieval por el football, las tribus y los territorios? ¿Por qué no me pueden dejar ya en paz con sus lenguas, sus fiestas regionales y sus autonomías? ¿Por qué ese empeño inquisitorial en proscribir las diferencias y en hacer la vida imposible a quienes simplemente pasamos por aquí? ¿Qué carajo les pasa a estos aborígenes?
Llevo años haciéndome esas preguntas. Durante algún tiempo creí que había otros españoles que, como yo, se resistían a la neurosis tribal, pero era un espejismo. Por poner un ejemplo, uno de los más notorios es un narcisista locutor de radio que, un dia sí y otro también, se jacta del frío que hace en su pueblo y exalta machaconamente las hazañas de su equipo de football. Por otra parte, en los medios de comunicación, todos cuantos denuncian el aniquilamiento de la cultura española en Cataluña declaran fervientemente sentirse "catalanes y españoles". Por lo visto, no les parece concebible sentirse sólo español, o lituano, y residir en Cataluña, quizá porque uno ha encontrado trabajo allí o, simplemente, porque ha decidido pasar allí una temporada.
No. El modelo es territorial. Uno nace en una tierra, es de esa tierra, habla la lengua de esa tierra -y el inglés, algún día remoto que nunca termina de llegar-, se alimenta de los embutidos de esa tierra, se regocija con las fiestas patronales, y de la cuna a la sepultura formará parte inseparable del paisaje, como los árboles. En el inconsciente colectivo de este país los españoles no tienen piernas, sino raíces.
Cuando pienso en todas estas cosas me vienen a la mente aquellas casetas de los antiguos parques de atracciones en las que uno podía mirarse en espejos deformados. Los cuellos de jirafa, las papadas de buey o las patitas de enano eran muy graciosas porque uno sabía que, cuando regresara a casa y se volviera a mirar en un espejo, se vería otra vez tal como era. La labor de zapa de los nacionalismos regionales ha consistido en sustituir los espejos normales por espejos de feria, hasta conseguir que la mayoría de la población confunda sinceramente su cráneo con un huevo de avestruz.
Algo parecido sucedió en los regímenes totalitarios del siglo XX. Los nazis consiguieron convencer a muchos alemanes de que pertenecían a una raza superior, y la ciencia soviética produjo aberraciones tan pintorescas como la interpretación determinista de la mecánica cuántica o la burda teoría genética de Lyssenko. Pero, si investigamos un poco, probablemente averiguaremos que ninguna de esas aberraciones fue fruto del azar. El tratado de Versalles, en el caso de Alemania, y un largo pasado zarista en Rusia fueron los factores históricos cuya persistencia terminó deformando los espejos en aquellos dos países. Pero ¿cuándo se torcieron los espejos en España?
Yo no sé mucho de historia, pero sí sé que España es fruto de ocho siglos de guerras territoriales y que la iglesia católica aplastó sistemáticamente toda disidencia en los territorios conquistados. Durante ochocientos años, generación tras generación, los pueblos, las comarcas y las provincias de España se iban definiendo en términos de territorio ganado al enemigo y de pleitesía a la única religión verdadera. El resultado fue un país de tribus aglutinadas por una religión totalitaria.
Por eso los españoles son tribales y totalitarios. A lo largo de su historia moderna, España no ha terminado nunca de regurgitar la reconquista. Cuatro guerras civiles, una explosión cantonalista, un siglo de pronunciamientos y la actual estructura de caciquismos autonómicos son, en el fondo, eructos históricos de un tiempo en que la supervivencia dependía de en qué manos cayera mi pueblo, mi valle o mi comarca. Delirios falangistas aparte, la dictadura de Franco se valió del único aglutinante real que tenía: la vieja iglesia católica del concilio de Trento. Pero, bajo la influencia del turismo, la autoridad de la iglesia católica se fue desmoronando y, para agravar las cosas, en los años 60 el concilio Vaticano II la arrojó en brazos del marxismo militante.
En otras palabras: no sólo la iglesia católica dejó de cohesionar España, sino que una parte de ella se alió con el enemigo. Y el enemigo -la izquierda no democrática, que era la única oposición real a la dictadura-, siguiendo una vieja táctica leninista, se alió con los nacionalistas para derrocar a Franco. El resultado fue un resurgimiento de la España tribal y una glorificación de los nacionalismos locales como vanguardia de la lucha por la libertad. En otras palabras: la Constitución de 1978. Espejos torcidos.
Naturalmente, esto no puede acabar bien. Los espejos están ya demasiado torcidos, y mientras las autonomías conserven las competencias de educación sólo podrán seguir torciéndose. La única solución implicaría recuperar esas competencias y emprender un proyecto de envergadura histórica que enseñe a nuestros futuros ciudadanos dónde están todos los ríos del mundo, que les explique los horrores causados por el socialismo en la historia de la humanidad, que inculque en los niños la curiosidad, el espíritu crítico y el amor por la ciencia, y que les enseñe realmente inglés y los saque de una España enquistada en la Historia y que, pese a las apariencias, apenas ha cambiado desde los tiempos de Vetusta.
Me temo que es mucho pedir.

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a las
12:53
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Palabras clave: autonomías, caciques, España, Iglesia católica, provincianismo, Reconquista, supremacismo, tribus