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sábado, 7 de septiembre de 2024

sábado, 24 de agosto de 2024

La música de los océanos

En estos tiempos tecnológicos, en que el mayor peligro que acecha al ser humano es chocar con una farola mientras mira la pantalla del móvil, sentarse a meditar frente al mar es cada vez más raro. Y, sin embargo, podría ser muy reconfortante aprender a escuchar...


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domingo, 4 de marzo de 2012

Interpretaciones

Leopoldo II de Bélgica nunca llegó a ser tan famoso como Stalin o Hitler, pese a que, bajo sus órdenes directas, un contingente de soldados y mercenarios sin escrúpulos llamado Force publique esclavizó, torturó, violó, mutiló y, finalmente, exterminó a la mitad de la población del entonces Congo belga. A falta de un censo, es posible que nunca se llegue a determinar el número total de víctimas, que las estimaciones más fiables cifran en torno a 10 millones de personas. La escasa frecuencia con que se oye incluir ese genocidio entre las grandes atrocidades humanas ¿podría tener que ver con la circunstancia de que todos los asesinados eran negros? Se admiten apuestas.

En 1904, el misionero Samuel Phillips Verner, enviado a África por los organizadores de la Feria Mundial de Saint Louis para reunir un cargamento de pigmeos que incorporar al muestrario de curiosidades 'científicas' de la exposición, se encontró un buen día con el esclavo Ota Benga. En una de las habituales incursiones de la Force publique, mientras Benga estaba de cacería, su poblado había sido arrasado, y su familia, asesinada. El misionero compró al esclavo por una libra de sal y una pieza de tela, y el agradecido Benga convenció a otros nueve 'aborígenes', cuatro de ellos pigmeos como él, para que lo acompañaran a América.

Los acompañantes de Benga, que algún periódico sensacionalista llegó a calificar de 'caníbales' por el torneado en punta de flecha que exhibían sus dientes, gozaron de gran popularidad -no exenta de incidentes-, aunque finalmente todos ellos regresaron a su país. Tiempo después, Benga acompañó a Verner en una nueva expedición a África. Se instaló en un poblado batwa, de su tribu originaria, donde tomó esposa, pero su mujer murió por la mordedura de una serpiente y Benga, desarraigado de nuevo, decidió regresar con Verner a Estados Unidos.

Nadie parecía saber muy bien qué hacer con Benga. Excepto, naturalmente, exhibirlo. El Museo de Historia Natural de Nueva York lo alojó durante un tiempo en un recinto que simulaba una selva, decorado con unos cuantos arbustos y una hoguera de pacotilla, pero el silencio de la civilización, sin murmullos del viento entre las ramas ni cantos de pájaro en la distancia, lo enloquecía. Intentó escapar, camuflado entre la multitud, pero fue descubierto. Su natural risueño y despreocupado se iba haciendo agresivo.

En 1906, Verner consiguió instalar a Benga en el zoológico del Bronx, donde el destino le deparó por fin un amigo fiel: el orangután Dohong. Aquella amistad, sin embargo, inspiró arteras ideas al director del zoológico, que proveyó a Benga de un arco y unas flechas, sugiriéndole que fingiera cazar para deleite del público 'civilizado'. Hubo protestas. El asunto suscitó una enconada disputa entre darwinistas y cristianos, y finalmente Benga fue autorizado a pasearse libremente por el zoológico.

La actitud del público hacia él, sin embargo, dio pie a más de un incidente, y al cabo de un tiempo Verner pudo internar a Benga en un orfanato hasta que, algún tiempo después, fue adoptado por una familia. Bajo la protección de aquella familia, sus dientes fueron 'restaurados' y, vestido ya a la usanza occidental, asistió a una escuela baptista, donde aprendíó inglés. Cuando su nivel de inglés fue suficiente, el propio Benga decidió dejar la escuela y se puso a trabajar en una fábrica de tabaco.

Su idea, naturalmente, era ahorrar dinero para regresar a África. Pero la primera guerra mundial truncó  sus ilusiones. El tráfico marítimo quedó interrumpido, y Benga cayó en una profunda depresión. El 20 de marzo de 1916, Ota Benga encendió una hoguera ceremonial, arrancó las prótesis que 'corregían' sus dientes de escualo y se disparó un tiro en el corazón.

La primera conclusión que a uno se le ocurre es que los verdaderos salvajes de esta historia no eran los aborígenes, sino los colonos, y que, aparte de Benga y de su amigo el orangután, los únicos seres bondadosos en este episodio eran los antidarwinistas, que proclamaban la igualdad (ante Dios) de todos los seres humanos.

No está del todo claro que los estudios de Darwin fueran el detonante de las atrocidades racistas que protagonizaron la Historia del siglo XX. Cuatro años antes de salir a la luz "El origen de las especies", Arthur de Gobineau había publicado ya "La desigualdad de las razas humanas", por lo que tendría que haber sido Darwin, en todo caso, el influido por aquellas ideas racistas, que de todos modos empezaban a estar en boga en el mundo 'civilizado'. Sin duda, no fue por haber leído a Darwin que Sabino Arana escribió por aquellas fechas: "gran número de ellos [los no vascos] parece testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila".

La teoría creacionista, recientemente resucitada en ciertos sectores sociales de Estados Unidos, es a todas luces absurda. Pero ello no quita para que la teoría de la evolución tropiece con difíciles escollos, sólo sorteables con una gran dosis de credulidad. Las avispas de la especie Pompilidae, por ejemplo, desovan en el interior de una araña para que sus larvas, al eclosionar, se alimenten de su portadora aún viva. Es de suponer que la araña no simpatiza mucho con la idea, por lo que la avispa madre debe paralizarla antes de la puesta. Para ello, tiene que clavar su aguijon en un punto extremamente preciso del abdomen de la araña. ¿Tenemos que suponer que esa información está en el código genético de la avispa y se ha incorporado a él por seleccion natural?

En otras especies, la avispa no paraliza a la araña, que sigue fabricando su telaraña mientras las larvas la devoran poco a poco, reservándose -y, por lo tanto, discerniendo (¡una larva!)- las partes vitales para el final. Justo antes de que la araña muera, la larva 'convence' de alguna manera a su hospedante para que la última telaraña que ésta fabrique tenga una estructura diferente: una estructura específicamente adaptada para ser el nido de la futura avispa.

Los ejemplos abundan, pero los estudiosos siempre encuentran alguna explicación para justificar la existencia de tal o cual cornamenta, forma de garra o color de plumaje como resultado de una selección natural. Pocas personas en su sano juicio llamarían a eso 'ciencia', pero prestigiosas revistas científicas perseveran en su publicación. En 2011, por ejemplo, Evolutionary Psychology publicó un artículo según el cual el autismo, que conlleva una mayor capacidad de concentración, podría haber constituido una ventaja evolutiva entre los cazadores prehistóricos. Un par de milenios más cazando, y todos autistas.

Pero a mí me gustan más los contraejemplos, que llevan el razonamiento a conclusiones surrealistas. ¿Por qué roncan los seres humanos -y, particularmente, los varones-? El ronquido nocturno dificulta el apareamiento, ya que ahuyenta a las posibles consortes e impide la formación de parejas estables. Los varones que no roncan son mucho más apreciados por las hembras, dado que, además de dejarlas dormir, no llaman la atención de las alimañas nocturnas, particularmente si el roncador no duerme a la intemperie, sino en el interior de una cueva con gran capacidad de resonancia.

Sin embargo, todo es cuestión de interpretación. Algún 'científico' evolutivo podría alegar que el feroz ronquido del cazador durmiente transmite a la hembra una sensación de seguridad que estimula la combinación de hormonas adecuada para inducir la procreación. Dudo seriamente que una encuesta entre la población femenina respaldara esta segunda interpretación pero, desde la rehabilitación de Galileo, la ciencia tiene a gala no dejarse doblegar por argumentos democráticos. Y, desde la formulación de la mecánica cuántica, ni siquiera por el sentido común.

¿Tendremos, pues, que rehabilitar a los creacionistas, al fin y al cabo? No tengo ninguna objeción, siempre que consigan convencerme de que Dios creó todas las especies al mismo tiempo y de que no era racista. Pero les va a costar trabajo, al menos si su alternativa a Charles Darwin es la Biblia. Puede que todos los seres humanos seamos iguales ante Dios, pero ¿estamos hablando del mismo Dios que escribió (Deuteronomio 7):

"Cuando Jehová, tu Dios, te haya introducido en la tierra a la que vas a entrar para tomarla, y haya expulsado de delante de ti a muchas naciones: al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo; siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová, tu Dios, te las haya entregado y las hayas derrotado, las destruirás del todo. No harás con ellas alianza ni tendrás de ellas misericordia. No emparentarás con ellas, no darás tu hija a su hijo ni tomarás a su hija para tu hijo"?

Por qué no. En algunas ciencias, como en religión, todo es cuestión de interpretación.

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Estilos

La afición a los libros, como el paladar, se sofistica con la práctica. Es como todo. Al principio, todos los chinos nos parecen iguales (como nosotros a ellos), pero después, con el trato, uno aprende a discernir matices, ademanes, manías, rasgos de carácter y, finalmente, hasta el pueblo de procedencia. Por supuesto, quien dice libros puede decir también cuadros, catedrales, representaciones teatrales o melodías. La otra cara de la moneda: no es posible volver atrás. Cuando uno ha llegado al punto de emocionarse con la Novena Sinfonía o con las arias de Ich habe genug, los éxitos de David Bisbal le parecerán indistinguibles de las obras de demolición de un edificio, taladradoras incluidas.

De niño, es cierto, lo único que uno quiere es averiguar qué les sucederá a Ben-Hur, a Mowgli, al Conde de Montecristo o a Ciro Smith. No se para en sutilezas. Yo leía todo lo que caía en mis manos, incluidos los prospectos de las cajas de aspirina, pero no distinguía entre las novelas de Somerset Maugham y las aventuras de kiosko de El Coyote. En el cine, e incluso ante una pantalla de televisión, uno generalmente no ve a un señor llamado Humphrey Bogart recitando un guión junto a un piano, rodeado de focos y de cámaras: uno ve al dueño del Rick's Café, desengañado de amores, rememorando melancólicamente París. Es la fórmula mágica del arte y, al mismo tiempo, lo que nos separa del Australopitecus y de los aficionados al football.

Hasta donde alcanza mi memoria, la primera redacción que hice, por encargo de algún maestro, versaba sobre la vida cotidiana. Me habían encargado resumir en una cuartilla las cosas que me habían sucedido durante el día. La verdad, no se me ocurría mucho que contar, de modo que, después de mucho tachar, añadir y reescribir, el relato final seguía siendo alarmantemente corto. El texto terminaba diciendo algo así como "...y ésta es la narración, meticulosamente explicada, de lo que me ha sucedido hoy".

-¿Meticulosamente? ¿No te parece que exageras un poco? -dijo mi madre.

Tenía razón, y yo lo sabía, pero buscaba en mi mente todo tipo de subterfugios para convencerme a mí mismo de que aquella palabra no sobraba. Lo que yo quería, naturalmente, era presumir de vocabulario. Y, de paso, estirar desesperadamente un poquito la extensión del texto. A la vista de aquellos dos propósitos, el escritor que había en mí acababa de nacer.

De la crónica cotidiana pasé en poco tiempo a la poesía, que inauguré con unas letrillas a mofa de un paleto imaginario, en rimas asonantes y plagadas de ripios. Después de eso, y durante bastantes años, no recuerdo haber escrito nada que me dejara huella. Antes de ser siquiera adolescente leí a autores tan dispares como Marcel Proust, André Maurois, Knut Hamsun, Stephan Zweig, Oscar Wilde e incluso Homero. Sin enterarme de mucho. Leí todo lo que encontré en la biblioteca de mi padre, incluida la enciclopedia Espasa, más los libros de aventuras que me regalaban en vacaciones y para mi cumpleaños. Fue un atracón frenético que nunca llegué a digerir. Pero, para mí en aquellos años, leer no era una opción. Era una adicción.

El primer salto cualitativo llegó cuando cayó en mis manos Campos de Castilla. La tersura de aquellos versos, su sencillez y, al mismo tiempo, su capacidad para emocionar me deslumbraron. Pero la pasión por Machado me duró poco, porque estaba a punto de suceder uno de los grandes acontecimientos de mi vida: el descubrimiento de la Antología del 27, de Gerardo Diego. En ella me encontré con el primer Rafael Alberti, con Federico García Lorca, Luis Salinas, Dámaso Alonso, el surrealista Juan Eduardo Cirlot, el propio Gerardo Diego y, sobre todo, el hijo primogénito de Góngora en la Tierra: Vicente Aleixandre.

Escribí kilómetros de poesía influido por esos autores, y más tarde por el romancero popular y por la generación de José Hierro, Celaya y Blas de Otero. La prosa no me interesaba. La poesía era un diamante denso y fulgurante en el que nada podía faltar ni sobrar, y de aquella compresión violenta del lenguaje nacían imágenes y evocaciones inalcanzables para un pobre, mortal escritor de novelas. A la cumbre de aquella ascensión llegué una noche, en mi habitación, leyendo un ensayo de García Lorca sobre la poesía de Góngora. Fue una revelación. Las Soledades, aquella larguísima trenza de latinajos anudados, era en realidad un viaje vertiginoso por un universo de sensualidad que las mentes de Goethe o Thomas Mann jamás podrían siquiera concebir. La única condición era... leerlo despacio. Palabra por palabra, letra a letra. O mejor aún: molécula a molécula.

Entre tanto, inevitablemente, la prosa se iba abriendo camino entre mis lecturas. Empezaron a apasionarme Baroja, Aldecoa, Luis Martín Santos, Valle Inclán, Clarín, pero también la picaresca, el naturalismo, Maupassant, Nabokov, Stendhal, Juan Valera, Camus, Melville, Chloderlos de Laclos. Además de devorar todo tipo de ensayos, me rendí ante la fuerza medieval de La Celestina y me reí a carcajadas con la vida del escudero Marcos de Obregón. Descubrí a Samuel Beckett, y escribí docenas de monólogos inspirados en -léase 'a imitación de'- Molloy,Malone meurt. Creo que me empaché. Las comidas copiosas se digieren lentamente.

Por efecto de aquel empacho, los cuentos que en aquellos años escribía yo se iban haciendo cada vez más espesos y abigarrados. Excepto tal vez en alemán, era imposible decir todo lo que yo quería decir sin más herramientas que la sintaxis, valiéndose de tan sólo unas preposiciones y unas comas. La prosa tenía sus propios recursos, y el lenguaje poético no era uno de ellos. Me quedaba todavía por aprender el arte de la poda.

Curiosamente, sin embargo, mis maestros en el arte de desbrozar adjetivos no vinieron de la literatura. Durante los años 80 y 90, los artículos del semanario The Economist me demostraron que la prosa tenía recursos de sobra para competir con la poesía. De un entusiasmo contagioso, sus redactores eran capaces de explicar con claridad pentecostal desde un intrincado acuerdo de libre comercio hasta el comportamiento del spin en los neutrinos. Estuve suscrito a ella hasta los primeros 2000, en que, por alguna razón que nunca conseguí averiguar, el estilo -y el contenido- de sus textos cambió inesperadamente. Aquel plantel de mentes brillantes, capaces de exponer un argumento en términos concisos, amenos y, sobre todo, convincentes, se esfumó de repente, y los artículos de The Economist se convirtieron de la noche a la mañana en fárragos burocráticos, completamente carentes de interés.

Conservo en mi biblioteca algunos centenares de libros que por una u otra razón me dejaron huella, pero no llegué a guardar ninguno de aquellos ejemplares de The Economist, que todavía añoro. Googleando, he encontrado en Internet un archivo digitalizado de sus artículos, pero convertidos en imágenes. La mayoría de sus textos son ilegibles.

Mi primera novela fue un intento -fallido- de aligerar la fronda de mi estilo. El protagonista que escogí no era del todo tonto, pero le faltaba vocabulario. Era incapaz de expresar matices o ideas profundas, y hasta su sentido del humor dejaba que desear. Puede que el personaje me saliera verosímil, pero la narración carecía de nervio y, a ratos, se desdibujaba en un manojo de anécdotas pueriles. Para colmo, la novela se quedaba corta de páginas y, como en aquella primera redacción de mi infancia, caí en el error de rellenarla. Con los años, he ido haciendo sucesivas versiones, corrigiendo aquí y allá, porque la idea me sigue gustando, pero a estas alturas me temo que no tiene arreglo.

En mi siguiente novela dejé que el péndulo se fuese al extremo contrario. Me propuse no dejarme ninguna idea en el tintero, y emprendí una ambiciosa historia (reinventada) del siglo XX a través de la vida de Manuel Zanzón, un personaje -¿lo adivinan?- anodino y manejable. Por qué los protagonistas de mis novelas son siempre idiotas es para mí un misterio. En cualquier caso, la novela se quedó a la mitad, y no creo que llegue nunca a terminarla. Supongo que lo mío son las distancias cortas.

Desde hace ya bastantes años, son raras las novelas que termino de leer. Normalmente las abandono en la página 15 o 20. Les encuentro mil defectos, y me digo a mí mismo que yo podría escribir una historia más interesante... pero nunca lo hago. Quizá he llegado a un punto en que, más que la realidad, me gustan las radiografías de la realidad. Del mismo modo, cuando veo una película prefiero divertirme analizando el guión, la interpretación, la música, la iluminación, las tomas y hasta el presupuesto. Con pocas excepciones, las tramas son, por desgracia, demasiado previsibles.

Querido Manolo Zanzón, sé que nunca me lo perdonarás, pero no tengo ánimo para terminar de escribir tu biografía. Tú no lo sabes, pero después de ser tú ministro sucedieron todavía muchas cosas. Regresaste a Madrid, volviste a hacerte famoso con un programa de radio, llegaste a presidente del Gobierno y finalmente un día, en el Vaticano, conseguiste lo único que realmente deseabas: tocar el órgano. Si te sirve de consuelo, en algún lugar de este ordenador guardo todavía, además de un resumen imaginario de la segunda mitad de tu siglo, los acontecimientos más importantes de tu vida.

Al fin y al cabo, quizá era ése tu destino desde un principio: que el final de tu vida fuera tu radiografía.

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