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domingo, 15 de julio de 2018

¿Para quién escribir?

No sé para quién escribí mi primera novela. Quiero decir, no sé qué tipo de lector esperaba yo que la leyese. No sé si los demás escritores se han hecho alguna vez esa pregunta conscientemente, pero yo no me la hice. Excepto los locos, uno siempre habla o escribe pensando en un destinatario, o en un tipo de destinatario. Quienes escribimos por placer y no por obligación lo hacemos obedeciendo a un impulso interior, pero el tipo de personas para las que escribimos, reales o imaginarias, determinará la manera en que lo relatemos. No sólo en la forma, que puede ser más o menos llana, profunda, familiar o distante, sino en lo que consideramos o no que vale la pena relatar.

Supongo que, en cierta medida, uno siempre escribe para sí mismo. El marqués de Sade probablemente era un caso extremo, aunque en la vida real compartió muchas de sus fantasías con personas que, quizá, las disfrutaron como él. Tal vez ellos habrían disfrutado también leyendo sus relatos más delirantes. Los dadaístas y los surrealistas, probablemente, escribían para sus correligionarios y, de paso, para escandalizar a quienes ellos consideraban la sociedad bienpensante. Góngora escribía para hipotéticos espíritus exquisitos que además supieran latín. Y las intenciones de James Joyce cuando escribió Finnegan's Wake son para mí un misterio, pero tengo que reconcer que no se equivocó pensando que alguien lo leería, e incluso lo comentaría elogiosamente. Es posible que Joyce inaugurara para la literatura un género que en música llevaba ya años circulando: escribir -o componer- sólo para los 'entendidos'.

En el otro extremo se encuentran autores como Stephen King, John Grisham, Dean Koontz y, en general, los autores de superventas americanos. Para ellos, una novela es un producto comercial cuidadosamente diseñado, y para fabricarlo contratarán a los colaboradores que sean necesarios. Como cualquiera puede comprobar, la fórmula funciona.

En el término medio de todos ellos están probablemente los novelistas del siglo XIX. Leyendo a Balzac o a Dickens, uno tiene la nítida impresión de que aquellos autores escribían para sus contemporáneos. Más concretamente, para sus contemporáneos capaces de y aficionados a leer. Pensemos que, para cierto estrato social medianamente culto, las novelas eran por entonces casi el único medio para evadirse de la cruda o aburrida realidad. El cine y la televisión no existían aún, y las palabras tenían un poder de evocación mucho mayor que ahora. Nadie pensaba en imágenes, porque nadie les había contado nunca una historia en imágenes.

Cuando escribí mi primera novela yo sabía escribir, pero aún no sabía narrar. En parte, la novela fue un experimento. Escogí como protagonista a un personaje demasiado simple, porque quería que sus experiencias fueran interpretadas como un descubrimiento. Al mismo tiempo, yo había empezado a leer en inglés las novelas de Raymond Chandler y me preguntaba cómo sería posible reflejar en español, con toda su potencia, aquel estilo conciso, distante y a la vez entrañable. Todavía me lo pregunto, pero la respuesta sigue siendo la misma: no creo que sea posible.

Aun así, lo intenté. Pero no me había planteado la gran interrogación: ¿para quién escribir? Ni lo sabía yo entonces ni lo sé aún hoy, pero voy a tratar de encontrar algunas respuestas parciales.

Yo creía estar escribiendo para un público imaginario, sin rostro, que se reiría de las peripecias de mis personajes simplemente porque yo las encontraba graciosas. Algunas lo eran, y otras no tanto, pero incluso las peripecias interesantes o divertidas tenían que haber estado bien escritas para expresar con justeza lo que yo quería expresar. Para llegar hasta allí, sin embargo, había dos grandes obstáculos que yo tenía que haber sabido vencer.

Uno, los guiños de complicidad. Ahora los detesto, pero en aquel entonces me parecían imprescindibles para conseguir que a uno le hicieran caso. Me ocurría lo que hoy censuro de mis conciudadanos: vivía en tribu, y me comunicaba con mentalidad de tribu. Pero los guiños de complicidad son siempre efímeros y excluyentes, y quizá por eso, en la historia de la literatura, buena parte de la novela española actual terminará, como mucho, bajo el epígrafe del costumbrismo.

El segundo obstáculo era que yo quería decir demasiadas cosas. El arte consiste en expresar con pocos medios mucho más de lo que aparece en el papel o en la pantalla. El cine en colores es mucho menos estimulante que el cine en blanco y negro, y el futuro cine holográfico será probablemente insufrible. La literatura tiene una capacidad expresiva muy superior porque, salvo en chino y lenguas similares, las palabras no tienen ninguna semejanza visual con lo que describen. Las posibilidades de un texto escrito son casi infinitas.

El advenimiento del cine fue, probablemente, el verdadero inspirador del movimiento dadá y, posteriormente, del surrealismo. Entre 1896 y 1913, George Meliès, el verdadero inventor del cine, filmó más de quinientas películas, todas ellas sin argumento propiamente dicho (recordemos que, antes de descubrir el cine, Meliès era ilusionista). Las películas de Meliès eran simplemente concatenaciones de efectos especiales que, sin narrar realmente una historia, sugerían miles de historias posibles en cada escena. La cuna del movimiento dadá, el Cabaret Voltaire, abrió sus puertas en Zurich en 1916. Quien quiera, que ate cabos.

Los escritores habían descubierto la posibilidad de experimentar con el lenguaje escrito, y se lanzaron a ello con entusiasmo. En 1922 James Joyce publicó el Ulises, y en 1953 El innombrable de Samuel Beckett llevó aquel experimento al final del callejón sin salida al que, inevitablemente, conducía la técnica del stream of consciousness, que trataba de engañar al lector por partida doble: haciéndole creer que sus pensamientos discurrían linealmente, y haciendo pasar por 'conciencia' lo que no eran sino unos cuantos pedruscos extraídos de la mina de lo inconsciente.

La experimentación duró todavía hasta los años 70, y consistía básicamente en omitir los signos de puntuación, probablemente por considerarlos 'burgueses'. El resultado es que hoy ya nadie se acuerda de aquellas novelas que, a falta de párrafos propiamente dichos, lo tenían a uno jadeando mentalmente durante páginas y páginas para terminar relatando, en fin de cuentas, el mismo tipo de historias que si las hubieran pasado por un corrector de estilo.

Sin embargo, si no quiere desaparecer, la literatura tendrá que salir del impasse en que la han metido el cine, la televisión y, últimamente, las redes sociales. Antes de la aparición de Internet, yo le argumentaba ya a mi agente literaria que, para conseguir sobrevivir, la literatura tenía que aprender a competir con el lenguaje visual. Ella era escéptica, pero yo hoy sigo pensando lo mismo.

Quizá por eso me matriculé, años después, en un curso de guión de cine. Quería saber en qué se diferencia el lenguaje de los guiones del de las novelas. En los guiones, sobre todo los de las grandes películas americanas, descubrí un filón bastante poco explotado por los novelistas. El guionista no está autorizado a explicar lo que pasa por la cabeza de sus personajes. Sólo puede describir lo que se verá en la pantalla. Esa limitación es un desafío fascinante porque, como todos hemos comprobado, las imágenes pueden evocar todo tipo de sentimientos imaginables sin necesidad de recurrir al lenguaje introspectivo de Flaubert o de Kafka. Y recordemos que el arte nace, precisamente, de las limitaciones...

Esa es la técnica narrativa que yo, sin saberlo, había adoptado en mi primera novela, y que volví a utilizar en la novela siguiente, que se quedó inacabada y que, treinta años después, estoy tratando de terminar ahora. Es una tarea muy dificultosa, porque treinta años son muchos años, y mi visión del mundo hoy es muy distinta, a menudo en aspectos esenciales. Además, hay mucha hojarasca que podar, y a veces me desespero.

Pero todavía no me he respondido a la pregunta esencial: ¿para quién escribo?

De la respuesta a esa pregunta dependen muchas cosas. Por ejemplo, el nivel de abstracción del lenguaje, o la abundancia o no de referencias cultas. Soy consciente de que un alto porcentaje de mis conciudadanos son virtualmente analfabetos, o no tienen ningún interés por leer un libro. También soy consciente de que su nivel cultural es bajísimo y, sumando esto con lo anterior, la sutileza de sus pensamientos no llega mucho más allá del nivel de una conversación por Whatsapp. ¿Debo considerarlos también a ellos mis lectores potenciales?

Si la respuesta es afirmativa, entonces mi novela será tan ramplona que no valdrá la pena escribirla. Pero si escribo para lectores capaces de disfrutar de un texto muy trabajado, entonces probablemente no venderé muchos ejemplares. Terrible dilema.

Entre esas dos aguas me debato. Por una parte, no me gustaría escribir una novela de altos vuelos, pero por otra tampoco me apetece descender al nivel del cerebro de la salamandra. Lo ideal sería escribir para ese lector ideal, parecido a mí mismo, que habría desarrollado el gusto por la literatura hasta el punto de entender todos mis giros, saltos y argucias narrativas. Pero ese lector no existe, y yo me siento como un funambulista que avanza vacilante entre los guiños provincianos, las expectativas de un puñado de 'entendidos' a la violeta y la tabula rasa de memeros y tuiteros, víctimas de bachilleratos de saldo y masters de mercadillo.

Que Zeus me pille confesado.

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jueves, 21 de septiembre de 2017

Hablamos español

Hace ya muchos años que muchos ciudadanos, como yo, salíamos a la calle en masa gritando "¡Libertad! ¡Libertad! ..." Hoy, medio siglo después, somos también muchos los que deseamos salir a manifestarnos por la libertad que estamos perdiendo. Como dijo Edmund Burke, "el precio de la libertad es la vigilancia permanente". En España hace tiempo que dejamos de pagar ese precio, pensando quizá que la libertad era un regalo. Antes de que sea demasiado tarde, tenemos que comprender que en la vida nada es gratis.

El idioma español no es sólo lo que hablan los niños a escondidas en los recreos de los colegios de Cataluña. El idioma español es también Cervantes, La Celestina, Cien años de soledad, Góngora, Pérez Galdós, Quevedo, los Naufragios de Cabeza de Vaca, Garcilaso, Baroja, Los Panchos, Pablo Neruda, Valle-Inclán, Berlanga, Juan de la Cruz, Borges, Luis Buñuel, La verbena de la Paloma, Vicente Aleixandre, Emilia Pardo Bazán, Vargas Llosa, La Coruña, Calderón de la Barca, Fernando Arrabal, Platero y yo, Gerona, La regenta, Makoki, Caro Baroja, Tip y Coll, Lérida, Miguel Delibes, Alfanhuí, Faemino y Cansado, Antonio Mairena, Alejo Carpentier, Juan Marsé, Carlos Gardel, Unamuno, Menéndez Pidal, Juan Valera, Gerardo Diego, García Lorca, Orense, María Moliner, Juan Manuel Serrat, Camilo José Cela, Jorge Manrique, Albert Boadella, el Lazarillo de Tormes, el Agujetas, Tirso de Molina.

Fue la lengua que hablaron Ramón y Cajal, Torres Quevedo, Simón Bolívar, Salvador Dalí, Velázquez, Goya, Albéniz, Falla, Diego de Ortiz, Severo Ochoa, El Cid, Cristóbal Colón, Pancho Villa, y quienes construyeron las catedrales de Burgos, León o Santiago de Compostela. En español se han cantado durante siglos jotas, nanas, bulerías, tangos, fandangos, soleares y habaneras. En español hablaron todos mis antepasados desde hace por lo menos cinco siglos, y en español se transmitieron las recetas del cocido, el gazpacho, la tortilla de patatas, las migas, la morcilla, las torrijas. En español se ha comerciado, se ha amado, se ha maldecido, se ha llorado.

Nuestra cultura, la cultura de los que hablamos español, no es ninguna minucia. Es una cultura centenaria que compartimos muchos millones de personas a ambos lados de dos océanos --los océanos más grandes de nuestro planeta. No dejemos que erradiquen nuestra lengua ni nuestra cultura. Luchemos por nuestra propia identidad y, sobre todo, por nuestra libertad:

http://www.hispanohablantes.es/como-puedes-ayudar.php


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sábado, 11 de julio de 2015

Patrias

Con el patriotismo me ha pasado siempre como con el football o la religión: me ha resbalado. Habiendo nacido en un país en el que los sentimientos patrióticos despiertan tan tempestuosas (y pintorescas) pasiones, más de una vez me he tenido que preguntar de dónde demonios soy, pero nunca he encontrado una respuesta clara.

Suponiendo que todo el mundo tenga que ser de algún sitio. Es cierto que todos tenemos por lo menos una lengua materna. Los colores, sabores y olores de nuestra primera infancia marcaron, querámoslo o no, un punto de partida en nuestra personalidad. Los árboles o su ausencia, las lluvias o las nieves o las tardes sofocantes, la playa, la selva, la sabana, el collado, el valle, las aceras o la ladera de un volcán fueron el primer paisaje que conocimos y exploramos. En alguno de ellos hicimos nuestros primeros amigos, aprendimos a usar el tenedor o los palillos, oímos el primer chiste, la primera leyenda y la primera canción, y besamos por primera vez a una chica. ¿Es eso el patriotismo?

No estoy seguro. Parece dudoso que la suma de todos esos recuerdos entrañables justifique, por ejemplo, la obligatoriedad de pagar impuestos o de ir a una guerra. Pero sin duda estoy simplificando. La nación -nos dirán- es mucho más que una suma de sentimientos personales. Es también una historia común, unas costumbres, un sentido del humor, una cierta forma de interpretar la realidad -o, más bien, de deformarla-, un tipo de familia y una estructura de poder. Y seguramente muchas más cosas que ahora mismo se me escapan. Y que, sinceramente, me traen sin cuidado.

Centrifugar antes de lavar

En esto del sentimiento nacional, España es un país muy raro. Probablemente todos hemos visto, en la película Casablanca, aquella escena tan emotiva en que los parroquianos del café de Rick consiguen acallar con su Marsellesa los sones marciales que han empezado a entonar unos militares alemanes. Al final de la escena, los gritos de "Vive la France!" son ahogados por una vehemente salva de aplausos. En los años 70, en el Reino Unido todavía se interpretaba el himno nacional antes de comenzar cualquier espectáculo público -¡incluso en el cine!-, y todos los presentes se ponían de pie y guardaban silencio solemnemente. En España, en cambio, cualquier persona que exclame "¡Viva España!" o enarbole una bandera nacional es... 'un facha'.

"España es el país más sólido de Europa" -dijo en cierta ocasión Bismarck-. "Lleva siglos intentando destruirse, sin conseguirlo". Bismarck no tuvo en cuenta la erosión permanente de un país que nunca se reconcilia consigo mismo, y no hay razones para pensar que la dinámica autodestructiva de aquel imperio en el que nunca se ponía el sol haya tocado fondo. Mientras no vea billetes de cinco euros impresos en Jumilla, en Baracaldo o en Lloret de Mar no me quedaré tranquilo.

¿Es grave, doctor?

Los nacionalismos provincianos son francamente molestos porque son, en su humilde provincianismo, fastidiosamente fascistas, pero para los que no tenemos raíces, sino piernas, son en fin de cuentas evitables. Ahora bien, yo no soy de ningún equipo de football, no tengo ideología política, a veces pienso en otros idiomas y me gusta tanto el blues como las soleares. What on earth is wrong with me?

Quizá movido por esa reprobable convicción de que la libertad consiste en no atarse a nada, he decidido hacer una lista de mis distintas 'nacionalidades', o como quieran ustedes llamarlo. No es una lista exhaustiva, pero tal vez me sirva para aclarar ideas.

Lista de mis sentimientos de pertenencia a una patria

Historia. Confieso que la historia de España me trae sin cuidado. En un tiempo me interesó la guerra civil (la de 1936), porque todos mis amigos eran de izquierdas y reivindicaban la segunda República. Pero, a fuerza de leer, llegué a la conclusión de que la derrota de Franco habría traído consecuencias mucho peores que su victoria, y el tema me dejó de interesar. De ahí hacia atrás, todo lo que he leído de la historia de España me parece un esperpento. Quizá por esa razón, apenas lo termino de leer se me olvida.

Del resto del mundo me interesan los grandes procesos: la caída del Imperio Romano, el ascenso del cristianismo, la era del colonialismo, las dos guerras mundiales, los grandes totalitarismos. De Esparteros, ni el caballo. Sorry.

Gastronomía. Si por gastronomía fuera, yo soy más mexicano, chino o indio que español. Es cierto, la tortilla de patatas o la paella son deliciosas, pero cualquier modesta enchilada, ku-bak o biryani las deja a la altura del betún. Sorry.

Literatura. Como he leído más literatura en español que en cualquier otro idioma, mis juicios a ese respecto no pueden ser objetivos. Por eso en mi vertiente de lector de ficción sí que encuentro un atisbo de patriotismo. El Quijote me parece una fantasía cruel e innecesaria, pero me fascina la vivisección pasional de la Celestina, me embriagan las lentas libaciones de Góngora y Vicente Aleixandre, me quito el sombrero ante Leopoldo Alas y Pérez Galdós, y me sumerjo con deleite en las entrañables narraciones de don Pío. Don Pío Baroja, bien sûr.

Sin embargo, también soy un poco francés gracias a Stendhal, Flaubert, Camus, Maupassant y Radiguet, un poquito germánico gracias a Zweig, Böhl, Kubin o Canetti, y no poco anglosajón por obra de John Donne, Raymond Chandler, George Orwell o James Cain. No, no me gusta Shakespeare, con sus grandilocuentes tratados sobre el poder, la honra y el honor. Un pelmazo.

También soy un poquito italiano (Petrarca, Buzzati), portugués (Eça de Queiroz, Camoens), suizo (Max Frisch) e incondicionalmente homérico, e incluso un poquitito ruso (Brodsky), aunque coincido con Nabokov en que Dostoievski no era realmente un escritor, sino un psicópata. Las novelas de Tolstoi, sí, son bastante eficaces... como somnífero.

Arte. En música y en pintura sí que se desdibujan completamente mis sentimientos patrióticos. Por lo que a la pintura se refiere, soy de la misma patria que Vermeer van der Delft, Brueghel el Viejo, Kandinski, Caravaggio, Hopper, Juan Gris, el Goya más siniestro, Derain y Rousseau el aduanero. Entre otros muchos, por supuesto. ¿Qué patria será esa, tan extensa? A saber...

Mi patria musical es, naturalmente, la más dilatada en el espacio y en el tiempo. Desde las Recercadas de Diego de Ortiz hasta el blues más primigenio, y desde Hoagy Carmichael hasta la Música para cuerda, percusión y celesta de Béla Bartók, mi patria musical es un firmamento cuya estrella más brillante se llama Johann Sebastian Bach. Genug! *

Pensamiento. Los filósofos siempre me han parecido unos farsantes obsesionados con su propio ombligo, pero la patria de da Vinci, Ayn Rand, Diógenes y Zenón de Elea, sea cual sea esa patria, es también la mía. En la vertiente intelectual, debo confesarlo: no soy nada francés. Désolé.

Ciencia. ¿Cómo es posible amar la ciencia y sentirse español? Respuesta: más o menos como dormir a pierna suelta y sentirse ganador de un pentathlón. Por eso, en lo que a ciencia se refiere, yo soy apasionadamente newtoniano y galileico, pero también siento que mi patria es la misma patria de Leibnitz, Einstein, Bourbaki, Euler, Maxwell, Bohr y tantos otros.

No, la lingüística no es una ciencia. Todavía.

Geografía y clima. Aquí es donde se puede ver, en negro sobre blanco, mi esquizofrenia patriótica. A menudo lo resumo diciendo que mi cerebro está en la Europa central, pero mi corazón está en el Mediterráneo.

Puntualización. Mi Mediterráneo es una quimera. Es el Mediterráneo de Homero y las sirenas, de dialectos latinos y mercaderes exóticos y embarazos indeseados, de playas sin turistas, de higueras y olivares, de Domenico Modugno y de mis días infantiles. Pero ese Mediterráneo ya no existe. Es la mitad de mi patria, y es una quimera.

¿Quién ha dicho que una quimera no puede ser una patria?

Resumen y conclusión

Como dijo una vez el japonés de Nipón Café: ¡No hay naciones!

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* En español: ¡Basta!  Es una alusión al aria 'Ich habe genug", una de las más bellas composiciones de Bach.

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viernes, 21 de marzo de 2008

Sorpresas

Esta misma tarde he entrevistado, por fin, a Fernando Savater. De todas las entrevistas que tenía previstas, esta era la que más me ilusionaba. Sin embargo, contra todo pronóstico, me ha decepcionado.

Después de darle unas cuantas vueltas al asunto, he llegado a la conclusion de que este hombre, probablemente, estaba hoy de mal humor. Es la interpretación más benévola que se me ocurre. Ya sé que todos evolucionamos y que, con los años, se nos atenúa en mayor o menor grado el espíritu rebelde de la primera juventud. Pero Fernando Savater tiene, todavía hoy, muchas cosas contra las que rebelarse. De hecho, incluso se juega la vida desde hace muchos años, y esa sola circunstancia me impide ser beligerante con él.

Pero vayamos por partes.

El primer indicio de que algo iba mal lo he percibido ya en la primera respuesta. "Tengo entendido que tú fuiste ávido lector de novelas de aventuras", he comenzado diciendo. "¿Tu vocación por la filosofía avanzaba paralelamente a aquella afición, o hay un camino que conduce de la novela de aventuras a la filosofía?"

Parece evidente que yo me estaba refiriendo aquí a sus lecturas infantiles. Recuerdo haberle oido, o leído, declarar que en su infancia había devorado las novelas de Sandokán. Mi pregunta parece legítima. ¿Habrá algo en las novelas de los mares del Sur que pudiera incitar a emprender el camino de la filosofía? Pocos más apropiados que él para contestar.

Confieso que me esperaba otra respuesta. No encuentra ninguna relación entre ambas cosas. Ahá. Una pasión infantil y una vocación intelectual: dos compartimentos estancos. Suena un poco raro, pero de todo hay en la viña del Señor. Me pongo en su lugar. Yo estudié física estimulado por los libros de ciencia ficción, y el relato bíblico de la Torre de Babel despertó en mí, a muy temprana edad, la pasión por la lingüística. De hecho, todo lo que leía de niño desataba mi fantasía y mi curiosidad.

Pero ya su respuesta contenía algún elemento inquietante: ha empezado puntualizando que todavía es un lector asiduo de la literatura 'popular'. Cosa que yo no había puesto en duda. "Me consta que eres un lector avezado de todos los géneros", le había dicho yo casi de entrada. Never mind. El primer escollo había asomado a la superficie.

Y era sólo el comienzo. A continuación, una pregunta suavemente provocativa. "¿Contra qué filósofos te sientes más cómodo argumentando?" Yo había construido cuidadosamente mi pregunta. Una cosa es "sentirse cómodo argumentando" y otra es "descartar". Sin embargo, él contesta inmediatamente que "Si son filósofos, no me atrevería a descartar ninguno". La cosa huele a corporativismo. ¿No habrá ningún filósofo nacionalista que a Fernando Savater le agrade rebatir? La Alemania de Hitler tuvo unos cuantos. Por no mencionar a Cioran, con quien Fernando en su juventud parece haber tenido afinidades, y que había empezado siendo un hitleriano declarado.

Naturalmente que uno no rebate personas, sino argumentos, pero, para poder rebatirlos, alguien tiene que haberlos expuesto. Bertrand Russell, filósofo al que él admiró, argumentaba sin cesar contra tirios y troyanos. Mi pregunta era animosa sólo en el sentido intelectual.

Era sólo el comienzo. En ese momento ha empezado la tormenta eléctrica. "Me da la impresión de que estás escurriendo el bulto", he comentado. Entonces él me ha respondido que de ningún modo. Resulta que mi pregunta "en sí misma, es una bobada" y "no tiene contenido". Ver para creer: al pronunciar esas palabras ¡estaba argumentando contra mí! Pero, claro, yo no soy "un filósofo"...

El resto de sus respuestas han sido del mismo tenor. Empezaban descalificando mis preguntas, para a continuación contestarlas. El rifirrafe sobre Sherlock Holmes que ha venido a continuación era en realidad un cruce de afirmaciones con Wikipedia, que es de donde yo había sacado la información sobre Conan Doyle. Todavía no sé si era él, y no Wikipedia, quien tenía razón, pero mi entrevista era sagrada. Yo tenía que guardar la calma, y ni en esa ni en las demás ocasiones he querido polemizar.

En tal tesitura, mi pregunta siguiente venía al pelo, de manera que he aprovechado la ocasión para porfiar un poco en el asunto: "Replantearé mi pregunta: ¿Qué filósofos malditos te caen más simpáticos?"

"Es que tampoco hay filósofos malditos. Sigues estando fuera de tiesto", ha sido el comienzo de su respuesta. La cosa empezaba a sonar ya a lección magistral. Aquí me ha dado la impresión de que el eximio catedrático empezaba a pasarse un poco. Hay una cosa que se llama 'buena voluntad', y a Fernando Savater, por lo visto, hacía tiempo que se le había terminado.

"Ha habido poetas malditos y poesía maldita", me he defendido yo. "¿Por qué la filosofía no puede tener ese privilegio?" "Todos esos que son malditos, lo que les sobra es una letra: muchas veces son 'malitos'. Lo que pasa es que, para prestigiarse, creen que son malditos." Bien. Deduzco, pues, que Baudelaire era un mal poeta y que Nietzsche era un mal filósofo. Para no hablar por hablar, escribo en Google las palabras "Nietzsche maldito", y obtengo 66.700 respuestas. La confusión empieza a apoderarse de mí. A este entrevistado, hoy le pasa algo.

Pero mejor no sigo. Basten para muestra estos pocos botones.

En realidad, todo esto confirma mis sospechas. Excepto Mauricio Sotelo, el adorable Mauricio casi adolescente que conocí en Viena y que sigue manteniendo un espíritu fresco como la primavera, he tenido la impresión de que los demás entrevistados no se esperaban el tipo de preguntas que les he hecho. Lo cual me parece anómalo. ¿Sólo se puede hablar de política en un país normal? En España, al menos, así lo parece.

La vorágine de la política, me temo, ha engullido a los intelectuales españoles. Lo peor de todo: la política, tal como está últimamente planteada en España: en términos de bandos. Hoy seré bueno y no utilizaré la palabra 'sectas'.

Ante una situación así, qué puede uno balbucir. Mejor tomárselo a broma. Recuerdo que, tiempo atrás, se oía una frase que siempre me gustó mucho:

Que paren el mundo, que me quiero bajar.

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lunes, 19 de noviembre de 2007

Flaupassant

Como este blog es una especie de mensaje en una botella de un náufrago, me siento libre para escribir lo que me apetece. ¿Por qué un náufrago? Porque el barco en el que Ricky Mango navegaba zozobró hace no mucho tiempo, allá por los albores del siglo XXI. Ha sido un naufragio lento y previsible. El náufrago consiguió ganar la orilla de una pequeña isla, y desde ella otea todos los días afanosamente el océano virtual, en busca de buques de bandera amiga.

Pero Ricky Mango no tiene bandera. Arrió la bandera negra hace ya tiempo y ahora, como un antropólogo del siglo XXXVII extraviado en el túnel del tiempo, se contentará con los colores de cualquier estandarte que no sea convencional.

¿Qué quiere decir todo esto? En términos llanos: Ricky Mango busca los colores estimulantes de la transgresión, pero sólo encuentra anodinos grises de complicidad. Después de haber leído a Stendhal, ¿qué interés puede tener Javier Marías? Después de haber confraternizado con los espíritus de Alvar Núñez, de Jules Verne, de Alfred Kubin, de Chloderlos de Laclos o de Guy de Maupassant, ¿a quién podría importarle que Jorge Herralde se emborrache elegantemente, rodeado de balantes acólitos, los viernes por la noche en un bar 'exquisito' junto a la calle Tuset de Barcelona?

Pero todo esto era el introito. Lo que yo quería, en realidad, era hablar de Maupassant. Y de Flaubert. Algunos autores maliciosos han sugerido que Guy de Maupassant era en realidad hijo de Gustave Flaubert. La obsesión de Maupassant por las paternidades dudosas confirmaría, no sólo que lo era, sino que además lo sospechaba. O quizá, incluso, lo sabía.

Descubrí a Maupassant en 1984, en la cama de un hotel de Ginebra. Hôtel Lido. Rue Chantepoulet. En aquella cama, durante un mes, devoré uno tras otro varios libros de don Guy adquiridos en la librería Payot. Lo que don Guy describía en aquellas narraciones era, ni más ni menos, mi propia alma. Aquella pasión por el Mediterráneo y por los encantos femeninos, aquellas ansias de vivir, aquella fina pluma que describía como un óleo de Renoir la campiña francesa o como una composición de Caravaggio el mineral de las pasiones humanas resonaban en mi interior con armónicos de octava perfecta.

Hoy, muchos años y muchas líneas de texto después, creo que a las narraciones de Maupassant les sobran adjetivos. Pero la fuerza de su humanidad sigue incólume. He releído uno de sus cuentos que más me emocionó: 'Le baptême'. Un bautizo campagnard dibujado con fino pincel, en apenas tres páginas. Una fiesta rural, estrepitosa, y una criatura -el recién nacido- que alguien coloca entre los brazos del párroco. ¿Qué hacer con aquel niño tierno y frágil que palpita, como una flor nueva, apretado junto a la sotana? Todos están ya a la mesa. Bromean. El niño entonces rompe a llorar, y la madre lo acuesta en alguna habitación de la casa familiar. Los postres, por fin, concluyen. Anochece.

Y, de pronto, alguien cae en la cuenta de que el párroco ha desaparecido. ¿Dónde se habrá metido aquel hombre, el buen abbé? La madre entonces, a tientas, entra en la habitación donde duerme el pequeño y percibe un ruido inquietante, un movimiento. Alarmada, acude en busca de los demás. Y el grupo familiar, casi en tropel, penetra en la habitación con una lámpara, dispuestos a todo.

Allí precisamente estaba el buen cura, arrodillado junto a la cuna del niño, su frente apoyada en aquella misma almohada. Sollozando.

***

Después, rebuscando por Internet, he encontrado este artículo de Maupassant sobre Flaubert. Para poder publicar Madame Bovary, don Gustave tuvo que consentir que dos oscuros editores la mutilaran sin piedad. Aquella novela, sentenciaban los entendidos, era demasiado farragosa. Para suscitar el interés del público había que podar los pasajes excesivos, los párrafos más aburridos. Había que dejarla coqueta y decorativa, como un envoltorio para regalo confeccionado en El Corte Inglés.

Me consuela comprobar que los 'entendidos' no han cambiado de estilo. Siguen cultivando esa gris complicidad con los clichés de su época. Esa mediocre anuencia con los estereotipos que ellos mismos han imbuido en la sociedad.

Menos mal que, al igual que Flaubert, las sociedades humanas padecen, de cuando en cuando, perturbadoras crisis epilépticas.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Pólvora mojada

En una de muchas cenas a las que tuve la desgracia de acudir en mis años barceloneses, un conocido intelectual español explicó una noche, mediante una metáfora, lo que él entendía por arte. Evocando uno de aquellos trenes alemanes que transportaban judíos en vagones de ganado hacia los campos de exterminio, relataba cómo en uno de esos vagones uno de los pasajeros, asomándose a una rendija, describía a los demás el paisaje que iba viendo transitar ante sus ojos.

El arte es eso, afirmó el erudito. Conseguir que otras personas vean con los ojos de la imaginación. Y tal vez, también, del deseo. La metáfora es, por supuesto, conmovedora, pero a mí nunca me satisfizo como definición de la obra artística.

Una obra de arte ha de tener, desde mi punto de vista, al menos dos elementos: ritmo -es decir, estructura- y carga. Me explicaré.

Según los cánones clásicos, una buena narración ha de desarrollarse en términos de exposición, nudo y desenlace. Esta estructura no es más que la unidad elemental del ciclo tensión-distensión. Pero, cuando tomamos conciencia de esto, nos damos cuenta de que hay muchas más estructuras capaces de transportar a un ser humano de unas emociones a otras manteniendo, o incluso reforzando, la sensación de 'viaje'.

Al igual que en música o en pintura, podemos construir obras cíclicas, difuminadas, entrelazadas, encabalgadas, convergentes o divergentes, y el tipo de itinerario que escojamos, aun siendo un elemento abstracto, puede ser un componente tan exquisito como el perfil de una columna dórica.

Cuando digo 'carga' me refiero a lo que se dice sin decir. Cuantas más resonancias tenga una obra, más posibilidades tendrá de conmovernos. El arte de hoy, en cambio, está más cerca de la decoración o del entretenimiento que de la creación. Quizá el mayor exponente del concepto actual de arte son los videoclips. Un videoclip es una mera sucesión de imágenes sin principio ni fin: pura superficialidad.

Me he planteado todo esto a causa de Remedios Raposo. Remedios es un personaje fugaz. En el océano de la narración, aparece y desaparece como la luz de una bengala, y quizá no es casualidad que el personaje más querido del autor, en esa historia recién desempolvada, sea un pirotécnico.

Yo sé que Remedios Raposo desaparecerá dentro de pocas páginas. Ello no me produce ni pena ni alegría, pero... ¡me gustaría tanto saber qué será de ella cuando el foco que alumbra a Zanzón deje de iluminarla! ¿Se habrá quedado embarazada de Manolo aquella noche de rayos y lluvia? ¿Encontrará otro hombre que llene ese hueco que Manolo va a dejar en su vida? Y, si se ha quedado embarazada, ¿qué será de su hijo con el paso de los años? ¿Reaparecerá quizá más adelante, en la misma novela, para añadir un nudo más a su complejo tejido?

No lo sé, y si me propusiera averiguarlo tendría que escribir otras tres, ocho, quince, quién sabe cuantas novelas diferentes que, a su vez, se ramificarían en otras hasta el infinito. Tal vez ése es el desafío del artista: la lucha contra el infinito. En otras palabras: cómo expresar una infinidad de cosas en un formato cerrado.

Siento ternura por Remedios Raposo, pero pronto no podré continuar ocupándome de ella. A lo largo de la vida de un solo Zanzón tendré que explicar también la vida invisible de esa misma Remedios, que es, en parte, la de todos los seres humanos. Y no sé cómo me las voy a apañar.

Por suerte, los personajes a veces sorprenden a su autor, y toman ellos mismos las riendas de su propia peripecia. Y el autor, fascinado, sorprendido o incomodado, no tiene más remedio que seguirlos.

Así que, en fin de cuentas, quizá Remedios Raposo no sea en esta historia lo que, a primera vista, parece que va a terminar siendo: pólvora mojada.

lunes, 8 de octubre de 2007

El blog de Laura García

He escrito Laura, por respeto. Pero para mí, ella siempre será Laurita. Diminutivo cariñoso.

http://clar-let.blogspot.com/

Conocí a Laurita hace unos cuantos años, por vía virtual. Ella se había encontrado por casualidad con mi antigua revista Leo, y me había escrito. Laura García es una apasionada de la literatura, y su blog es el mejor que he conocido en la Web. Os lo recomiendo. En él podréis leer entrevistas a escritores de actualidad, artículos de crítica literaria, y hasta poemas y textos inéditos... algunos de ellos, del mismísimo Ricky Mango (con un pseudónimo diferente).

Además... no se lo digáis a nadie, pero Laura es también escritora. Amigos Flaubert y Dickens: ¡temblad!

 
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