Encaramado a duras penas en la copa de aquel sauce, acuclillado y aterido como una lechuza mojada, tuvo largas horas para pensar. En el cielo teñido de negro las estrellas se habían detenido, y el agua a su alredededor rugía como un dios recién liberado de un cautiverio milenario, deseoso de exprimir todas las nubes del Universo.
Desde su aparición ante la puerta del bar de Remedios pidiendo trabajo, Manolo se hacía llamar Rosendo. Ni siquiera ella conocía su verdadero nombre. Cosa comprensible, si tenemos en cuenta que, sólo una semana antes, Rosendo Herguijuela se llamaba Manuel Zanzón y era ministro de cultura. El autor intenta rememorar los acontecimientos que él mismo ha escrito, pero prefiere que sea su propio personaje quien los evoque. Así, tiritando en la copa de aquel árbol mientras aguarda a que amanezca, Zanzón recuerda el taller de pirotecnia de don Blas Oropesa tal y como lo ha visto por última vez: los estantes derribados, las probetas rotas, el suelo salpicado de líquidos de colores. Los pacifistas han puesto el país patas arriba, y en la desbandada gubernamental sus amigos del alma han desaparecido.
Vistas así las cosas, el cocodrilo que Remedios había visto aparecer en su bar sí tenía un significado, como ella oscuramente había sospechado. Pero no era un significado real, porque Remedios Raposo no es más que un personaje de ficción. Ella jamás habría podido imaginar que aquella aparición surrealista era una premonición de la llegada de Manolo, y se habría enfadado mucho si se hubiera enterado de que su vida -como la de su anhelado Manolo- existía únicamente dentro de una novela.
El lector me perdonará pero, aunque algunos personajes lo llamen de vez en cuando 'Rosendo', como él desea, yo voy a seguir llamándolo Manolo.
Así que, horas después de haberse puesto a salvo en aquella rama, Manolo vio amanecer. No estaba, pues, viviendo una pesadilla. Las nubes, probablemente exprimidas hasta la última gota por aquel dios vengativo, eran ya sólo algunos jirones desmechados, y los primeros rayos del sol eran para él, también, los primeros rayos de esperanza.
Lo cual es bastante literario. Ahora bien, Manolo, ahora que está saliendo el sol, descubre que está rodeado de agua hasta donde alcanza su vista, y va a ser difícil, incluso para un escritor, sacarlo de allí sin que la credibilidad de la historia se resienta. Para empezar, en cuanto sintió la tibieza de los rayos del astro rey, Manolo se desvistió y tendió sus ropas a secar en las ramas vecinas.
En lugar de arreglarlo, lo estoy poniendo cada vez más difícil. Ahora lo tenemos desnudo, desorientado, incapaz de echarse a nadar en aquellas aguas impetuosas y, probablemente, incluso resfriado. Pero es que, con la llegada del amanecer, Manolo repara en un detalle que, hasta ese momento, la oscuridad le había ocultado: trabado al tronco de su sauce por unas cuerdas providenciales, el sillón al que, sin saberlo, se había agarrado en los primeros momentos de la riada se balancea ahora allí amablemente, a impulsos de los rápidos. Está diciendo ocupadme.
De modo que esperó pacientemente a que sus ropas se secaran, se volvió a vestir, descendió por el tronco hasta el sillón, se sentó en él, lo liberó de sus ataduras y, con las cuerdas en la mano como recurso último, se dejó flotar corriente abajo hasta donde el destino, ese hado tan literario, tuviese a bien conducirlo.
martes, 27 de noviembre de 2007
A merced del destino
a las
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Palabras clave: amanecer, destino, inundación, mojado, riada, Zanzón
lunes, 26 de noviembre de 2007
La riada
Sobrecogido por el estruendo de la riada, Manolo despertó. Durante varios minutos, todos sus movimientos fueron impensados. Gateando en la oscuridad, abandonó las sábanas y, girando la cabeza en todas direcciones, trató de orientarse. Su instinto lo empujaba hacia la ventana, que, a impulsos del río furioso en que se había convertido la calle, crujía azotada por ramas de árbol y tablas de muebles desencuadernados en vertiginoso descenso hacia el río Manzanares.
Cuando por fin localizó el vano del ventanuco, extendió sus dos brazos hacia los postigos en un gesto instintivo por contener el empuje del agua. Pero, apenas inició el movimiento, los cuatro goznes cedieron y la madera de la ventana reventó violentamente. Oyó el bramido de la corriente penetrando en la buhardilla, sintió la fuerza de la tempestad derribándolo como un pelele y, envuelto en un torbellino sin direcciones, sintió cómo era arrastrado escaleras abajo. Lo último que alcanzó a oír allá en lo alto fue el grito ahogado de Remedios despertándose.
Zarandeado por entre las mesas del bar, se ovilló como pudo y contuvo la respiración. Era como descender una catarata sin conocer el final. La furia del oleaje le abría los párpados, pero a su alrededor el universo era opaco. Durante una eternidad en que no existía ni arriba ni abajo, pensó que se había quedado ciego. Razonaba sólo a destellos. Por fin, su mano se agarró a un objeto más grande que él. Su cabeza asomó entonces a la superficie, y sus pulmones inhalaron aire desesperadamente. Estaba boca arriba. Allá en el firmamento, la luna y las estrellas volaban.
a las
21:30
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Palabras clave: catarata, corriente, inundación, riada, tempestad
sábado, 17 de noviembre de 2007
Aguas abajo
Remedios, exhausta, cerró los párpados y se quedó dormida. Inmediatamente, un viento suave abrió la ventana de la buhardilla y, en medio de una luz intensísima, un ser luminoso entró en la habitación batiendo dos alas majestuosamente. Era un ángel. Había dejado de llover, y en las ramas de los árboles los pájaros gorjeaban con alegría. Manolo se levantó de la cama y, flotando a la par del ángel, salió al exterior. La mujer, asomada de medio cuerpo a la ventana, alcanzó a verlos desaparecer en la lejanía azul del horizonte. Viéndolos alejarse, se juró no descansar hasta dar con Manolo y traerlo de nuevo al bar, junto a ella. Entonces se dio cuenta de que estaba desnuda.
Manolo, a su lado, roncaba. Roncaba tan fuerte que Remedios despertó. Cuando comprendió que aquel estruendo era en realidad el rugido de la crecida, era demasiado tarde. Abrió los ojos. En la oscuridad, la habitación era un río embravecido, y Manolo ya no estaba a su lado.
El sueño de Remedios no estaba previsto. Ha sido una treta inesperada de este personaje para permanecer en la narración. Ahora, Manolo no estará solo. Sean cuales sean las vicisitudes a que se enfrente, sabremos que en algún lugar invisible de esta historia Remedios, testaruda y protectora, lo estará buscando. Aunque tal vez las alturas del cielo no sean el lugar idóneo para emprender la búsqueda.
a las
23:45
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Palabras clave: ángel, búsqueda, inundación, lluvia