lunes, 5 de noviembre de 2012

El rescate (30) – La importancia de llamarse a engaño

(Comienzo)
A Ptolomeo Ramoneta le dio un vuelco el corazón. Allá, en la pantalla gigante, a la vista de todo el mundo, acababa de aparecer él, desnudo. Se agarró a la barandilla del palco y tragó saliva.

“¿Quién ha sacado eso ahí?”, preguntó a uno de sus adláteres, que se había puesto tan pálido como él. Pero nadie le respondía. A su alrededor todos estaban estupefactos. Se miraban entre sí, desconcertados, sin que ninguno acertase a reaccionar.

“La fidelidad a nuestra causa no es gratuita...”, decía en aquel momento Ptolomeo Ramoneta en la pantalla, cuyas imágenes estaban siendo retransmitidas en directo por todas las televisiones del país. “A mí la patria catalana me importa tanto como a usted los pingüinos de la Antártida, pero en estos momentos el nacionalismo es el poder, y el poder no es gratis”.

“¡Imbéciles! ¿Quién ha sido el cabrón...? ¡Que lo corten! ¡Que lo corten ahora mismo!” Ptolomeo Ramoneta, enrojecido de furia, daba vueltas sobre sí mismo como un monje girovolante mientras descargaba patadas en todas direcciones. Tan desenfrenados eran sus movimientos que sus gafas de grueso vidrio se desprendieron del puente de la nariz y salieron volando.

"Están fabricando una bomba atómica", explicaba en aquel momento la voz de Helena por los altavoces del estadio, mientras su imagen aparecía en la pantalla sujetando un puchero en la cocina de Palau.

"¿Los de Centrífuga Catalana?", le preguntaba él. Helena sofocaba una risita.

"Ésos me envían a Herbert, para sonsacarme. Se creen que no me doy cuenta, los pobres”.

“¡Penalty!”, rugieron entonces al unísono miles de voces guturales allá abajo, como única respuesta.

El público ni se inmutaba por aquellas declaraciones. Arreciaron los silbidos y los insultos, pero no iban dirigidos a Ptolomeo Ramoneta, sino al árbitro, que, distraído por lo que estaba viendo en la pantalla, había pasado por alto una falta del equipo español. Sobre el césped empezaron a llover latas de refresco, ladrillos, botellas y otros objetos igualmente inofensivos. El árbitro, viendo que la situación se le iba de las manos, sopló enérgicamente su silbato, pero uno de los jugadores, sin hacerle caso, avanzó resueltamente hacia la portería contraria, chutó con fuerza y marcó un gol contra el equipo español.

Si se hubiera desencadenado un terremoto en Barcelona el efecto no habría sido más apocalíptico. Toda la estructura del estadio vibró. Miles de gritos de júbilo retumbaron de un extremo a otro del campo de juego, y los jugadores del equipo de las Comunidades Autónomas se pusieron a dar volteretas sobre el césped. En las gradas de la primera fila las barreras cedieron, y el público, eufórico, irrumpió sobre el campo. Mientras la policía trataba en vano de contener el entusiasmo, los jugadores del equipo español huían atemorizados hacia los vestuarios.

La rubia, con expresión preocupada, se acercó a él.

“Esto no estaba previsto”, dijo. “Espérame aquí”. Y salió apresuradamente de la habitación, marcando un número en su teléfono móvil.

Desde el rincón donde estaba con Helena, Palau lo buscó también con la mirada. Parecía preocupado, pero con un aire levemente burlón, como si todo aquello no fuera con él. Al ver aquella mirada, él se sintió de pronto culpable.

“Pero, ¿qué demonios he hecho?”, se dijo. “Palau es una buena persona. ¿Por qué lo he metido en este lío? Lo suyo es el campo”.

En su mente acababa de fraguar una decisión heroica.

“Tengo que sacar a estos dos de aquí”.

(Capítulo siguiente).                

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