lunes, 5 de noviembre de 2012

El rescate (29) – El partido del siglo

(Comienzo)
La pantalla gigante se encendió diez minutos antes de comenzar el partido. Bajo sus imágenes publicitarias de jóvenes bailando sin ningún motivo y de automóviles que se salían de la carretera para continuar sobre las nubes, la multitud que abarrotaba el estadio rugía sordamente. Como remolinos en un océano cargado de presagios, se veían formarse aquí y allá pequeñas perturbaciones de la masa humana desencadenadas por grupos de hinchas pintarrajeados, portadores de un bombo o de una bandera o, simplemente, borrachos. De cuando en cuando se iniciaba una ola en algún lugar de las gradas, pero se extinguía a los pocos segundos en un mar de pitidos, abucheos y vítores.

Era la impaciencia del guerrero antes de la batalla, pensó. Consultó su reloj de pulsera. Nunca le había interesado el football, pero éste no iba a ser un partido normal y, de todos modos, le había prometido a la rubia que se quedaría con ella hasta el final. De manera que se encaramó a uno de los contenedores de basura y se sentó a mirar. Además, no quería ver a los guardaespaldas, que, apostados junto a la puerta, empezaban ya a tomarse demasiadas confianzas con su mujer.

De pronto, el rugido del público arreció hasta convertirse en un trueno incontenible.

“¡Qué ruido!”, exclamó Helena, tapándose los oídos con las dos manos. “Ni que hubieran tirado una bomba atómica”.

El efecto de sus palabras fue instantáneo. Todos los representantes autorizados interrumpieron sus conversaciones y la miraron. De repente, pareció como si acabaran de salir de un sueño y recuperaran la noción del espacio y del tiempo. Como si hubieran comprendido lo absurdo de la situación. Sabían sólo vagamente dónde estaban. No sabían quién los había secuestrado, ni para qué. Su misión como negociadores para conseguir la bomba atómica los enfrentaba unos a otros pero, en el campo de juego, el partido que estaba a punto de comenzar los unía a todos fraternalmente contra España. Sin embargo, la unión fraternal de todos ellos era precisamente aquella misma España que todos odiaban. Antes de que el desconcierto los empujara a la solución más trabajosa –pensar-, al otro lado de los ventanucos empezó a sonar un himno nacional y en la pantalla gigante apareció, en primer plano, uno de los árbitros con una banderola.

La interpretación de los himnos nacionales no duró más de lo habitual, porque los organizadores habían encargado un resumen musical de los himnos de todas las comunidades autónomas en diecisiete compases, de modo que todos quedasen contentos. Aun así, el representante autorizado de la Comunidad Autónoma de Cataluña refunfuñó desde su contenedor de basura.

“Eso ni son Els Segadors ni es nada, oiga”.

“¡Anda! ¿Están segando el césped ahora?, preguntó Helena, que se había quedado acurrucada en un rincón, con la mano de Palau entre las suyas. “Pues ya se pueden dar prisa, que va a empezar el partido”.

Pero nadie llegó a oírla. Un estruendo infrahumano ahogó sus palabras. El partido acababa de comenzar.

(Capítulo siguiente).                    


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