sábado, 6 de octubre de 2012

El rescate (28) – Asientos preferentes


El cuarto de las basuras no era el lugar más adecuado para ver un partido de football, pero el autocar de los jugadores llegaba a las 7 de la tarde, y media hora antes la rubia ordenó desocupar los vestuarios. Cuando les explicaron que podrían ver el partido en directo, los representantes autorizados se pusieron tan contentos como si les hubiera tocado la lotería, y se dejaron conducir mansamente por oscuros pasillos. Con la emoción, ni siquiera se les pasó por la cabeza que estaban secuestrados.

“Además, lo veremos gratis”, comentó alborozado el representante autorizado de la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Helena y Palau, cogidos de la mano, entraron los últimos. Uno de los tipos de gafas oscuras cerró la puerta tras ellos. Los recién llegados miraron a su alrededor. Allí no había donde sentarse. Los contenedores de basura estaban vacíos, pero una mezcla de olores a basura antigua y a zotal reciente impregnaba el aire de la habitación. La rubia apretó un interruptor en la pared, y en el techo dos pares de tubos fluorescentes se encendieron, parpadeando. En la pared del fondo, cuatro ventanucos de ventilación dejaban pasar la luz del día, pero eran demasiado pequeños para iluminar lo suficiente. Además, estaban demasiado altos, y sólo el representante autorizado de Extremadura, que medía un metro noventa, alcanzaba a asomar los ojos por encima del antepecho.

“¡Es verdad. Desde aquí se ve todo!”, exclamó alborozado.

Todos los demás se abalanzaron hacia los ventanucos y se pusieron a dar saltitos, tratando de avistar el campo de juego. La expectación crecía. “Eh, ayudadme aquí”, dijo de pronto una voz a sus espaldas. En pocos minutos, los contenedores de basura estaban arrimados a la pared, y los representantes autorizados, sentados sobre ellos, contemplaban extasiados el césped en el que, pocas horas después, se decidiría el triunfador de la gran confrontación. De la bomba atómica ya nadie se acordaba.

Se acercó sin prisa a Palau y Helena y se sentó en el suelo, junto a ellos. Desde allí vio a su mujer en la pared opuesta, evitando mirarle y coqueteando ostensiblemente con los guardaespaldas. Al cabo de un rato, la rubia terminó de impartir instrucciones y se acurrucó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro.

“Mi próximo destino será Brasil”, le susurró al oído. “Aquí ya queda poco por hacer. ¿Vendrás conmigo?”

Antes de responder, él contempló largamente aquellos dos ojos azules, indómitos y tiernos. Era cierto. Después de lo que iba a suceder, ¿qué sentido tendría quedarse allí? La rutina de su matrimonio era ya un recuerdo remoto, al que no quería regresar. Helena estaba en buenas manos, y no necesitaba de él. En la oficina, el trabajo era aburrido y, de todas formas, cuando regresara seguramente estaría despedido. Se le ocurrían muchísimas más razones para responder que sí pero, en realidad, todas se resumían en una.

Suspiró. Estaba enamorado.

“Pues a mí me gustaba más el otro hotel”, dijo entonces Helena junto a él, con cierto retintín. “Aquí no hay ducha”.

(Capítulo siguiente)              (Comienzo)

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