domingo, 26 de agosto de 2012

El rescate (26) – Ensalada de espías


Salieron a toda prisa del despacho y corrieron por el pasillo hasta regresar a los vestuarios. Allí, en el centro de un corro de hombres y mujeres envueltos en toallas, uno de los tipos con gafas oscuras blandía un teléfono móvil frente a la cara del representante autorizado de la Comunidad Autónoma de La Rioja. El acusado, encogido sobre una banqueta, se protegía con los dos brazos de las amenazas verbales de su acusador, cuyas invectivas, por lo demás, no entendía.

“Estos son alemanes, seguro”, murmuró el representante autorizado de la Comunidad Autónoma de Extremadura al oído de su vecina, que asentía con la cabeza mientras remetía púdicamente su toalla a la altura de las axilas. La rubia se abrió paso entre ellos.

“¿Qué sucede?”, preguntó.

“Look!”, exclamó el acusador, mostrándole la pantalla del teléfono móvil. “Es un espía. ¡De Turkmenistán! Unbelievable”, explicó, fuera de sí, con un fuerte acento tejano. Puso el teléfono en manos de la rubia y dejó caer los brazos con abatimiento.

La rubia leyó detenidamente la pantalla del teléfono y, por fin, miró de nuevo a su interlocutor, con aire ausente.

“Esto se nos ha ido de las manos”, dijo el otro, mirándola a los ojos a través de los vidrios ahumados. “Vamos de cabeza a un conflicto diplomático”.

“Bueno, Hiroshima era peor que un conflicto diplomático”, comentó junto a él otro de los tipos con gafas de sol. Al oír aquello, la rubia sonrió apenas, con un sfumato de Gioconda en la comisura de los labios.

“Pero ¿tú crees que alguno de estos imbéciles es capaz de fabricar una bomba atómica? Míralos bien”.

Los aludidos, indecisos entre mostrarse ofendidos o confesar la verdad, optaron por disolverse y, encogiéndose de hombros, se dirigieron a la mesa de los bocadillos. La rubia sacó de un bolsillo su propio teléfono, marcó un número y, abriendo la puerta que daba al terreno de juego, se dispuso a salir. Una mirada le bastó para que todos entendieran que quería hablar en privado.

Con los primeros bocados de comida las conversaciones se animaron. Los representantes autorizados, que apenas unos minutos antes se declaraban dispuestos a exterminarse unos a otros desencadenando un holocausto nuclear, charlaban ahora con desenvoltura. El centro de todas las conversaciones era, naturalmente, el esperado partido de football España - Comunidades Autónomas, previsto para aquella misma tarde, y precisamente en aquel mismo estadio, en cuyos vestuarios se encontraban ahora todos ellos en paños menores.

A él no le interesaba el football, y tampoco tenía hambre. Se apoyó en una pared, alejado de la banqueta de los bocadillos, y buscó con la mirada a Palau.

Pero no lo encontró. Una sospecha se abrió paso en su mente. Procurando no llamar la atención, se acercó a la puerta tras la que se estaba duchando Helena y ladeó la cabeza, para oír mejor. En efecto, los jadeos que sonaban en el interior, y que el chapoteo del agua no amortiguaba del todo, eran inconfundibles. “¡Palau!”, exclamó para sus adentros. Carraspeando lo más fuerte que le permitían las circunstancias, golpeó discretamente la puerta con los nudillos, pero allá dentro nadie parecía darse por enterado.

Entonces pensó en la rubia, y en la escena de sofá que él y ella habían dejado a medias unos minutos antes. Empezaba a pensar en la rubia más de lo previsible, más incluso de lo que él mismo estaba dispuesto a aceptar. Aquel descubrimiento inesperado lo soliviantaba y, al mismo tiempo, avivaba sus fantasías. Finalmente, se encogió de hombros. Bah, pensó. Pronto se me pasará. El mejor antídoto contra las fantasías es hacerlas realidad. Pero, a medida que los suspiros y gemidos de la ducha ganaban intensidad, sus fantasías crecían y se multiplicaban hasta adueñarse de su mente. Se apartó de la puerta. Los comensales hablaban ya tan alto que Palau y Helena no corrían peligro de ser descubiertos. Sin saber lo que hacía, cogió una toalla doblada de un estante y se la enrolló alrededor de la cintura.

En ese momento se abrió la puerta del estadio. La rubia cerró la puerta tras ella y se fue derecha hacia él, con una sonrisa irresistible en los labios.

(Siguiente capítulo)                (Comienzo)

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