sábado, 24 de abril de 2010

El rescate (21) - Operación "Araña"

El Honorable se removió en su asiento y apuró su whisky de un trago.

"Lo siento, pero si quiere participar en la Operación Araña tendrá que darnos antes alguna muestra de buena voluntad", dijo.

"Todavía no he dicho que quiera participar."

Ptolomeo Ramoneta soltó una carcajada.

"Sería usted tonto si no quisiera. Y no lo es", dijo, con la voz un poco enturbiada por los efectos del whisky, que sin duda no era el primero de la noche. Desde las profundidades de alguna remota nebulosa, los ojos ingrávidos del Honorable se clavaron en los suyos. "La fórmula", conminó.

"Ponga en libertad a Helena."

El Honorable hizo un gesto de fastidio. "Helena sólo será libre cuando salga de Cataluña. Y sólo saldrá de Cataluña cuando nosotros queramos. Es decir, cuando usted nos revele la fórmula."

Había llegado el momento del órdago. Era su última carta y tenía que soltarla, pero evitando a toda costa que el enemigo supiese que no le quedaban más.

"No hay ninguna fórmula que añadir a las que usted ya tiene. Es un problema de concentración. Los canelones están sosos porque las sales de uranio no están suficientemente enriquecidas."

En el cerebro del Honorable se hizo la luz. "¿Entonces...?", acertó a pronunciar, desconcertado por la revelación.

"Cambie de proveedor", aconsejó el visitante. "Si... llegáramos a un acuerdo, tal vez podría conseguirle uno de confianza", mintió.

"¡Malditos polacos!", gruñó el Honorable. A una seña suya, la rubia le acercó un teléfono móvil que descansaba sobre un almohadón. Ptolomeo Ramoneta depositó las gruesas gafas sobre la mesita y, con ojos esta vez de oveja desamparada, marcó trabajosamente un número en la penumbra escarlata. Pocos segundos después, la voz apagada de su interlocutor sonó en su oreja.

"¿Dónde está Herbert?", preguntó secamente. "... Bien. Reténlo ahí, y no dejes que se mueva hasta que yo llegue." Y colgó.

Al oír pronunciar el nombre de Herbert, el visitante sintió un vacío en la boca del estómago. Por puro reflejo, giró la cabeza y trató de localizar a Helena a través de la vidriera, pero no la encontró. ¿El espía polaco y el hijo de Helena eran la misma persona? Aquel rompecabezas empezaba a tener demasiadas piezas. Se inclinó sobre la mesita, y apuró el amontillado de un solo trago.

El Honorable hizo una seña con las cejas, y la rubia, sonriendo sumisamente, abandonó la estancia.

"La Operación Araña es una red de servicios de información", empezó diciendo. "Aunque también es un negocio lucrativo, claro. Somos catalanes. ¿Se ha fijado bien en las personas que hay ahí detrás?" Señaló con un dedo la gran estancia, cuyos ocupantes seguían entregados a la concupiscencia a pesar de las espesas nubes de pachuli que los envolvían. "Muchos de ellos ocupan puestos clave en nuestro Gobierno."

Él no se molestó en mirar. "¿Son invitados suyos?", inquirió.

"Del Gobierno catalán. De la nacíón catalana, si usted lo prefiere."

"¿No tienen bastante con el sueldo que la... nación catalana les paga?"

"No hay que dejar nada al azar. La fidelidad a nuestra causa no es gratuita. A mí la patria catalana me importa tanto como a usted los pingüinos de la Antártida, pero en estos momentos el nacionalismo es el poder, y el poder no es gratis. Además, nuestra red se extiende mucho más allá de nuestras fronteras". El Honorable hipó. Se llevó el dedo índice al puente de la nariz y se dio cuenta de que no llevaba puestas las gafas. Las buscó manoteando sobre la mesita. "Pero estoy seguro de que usted ya sabe todo eso. Si nos ayudase con los proveedores de uranio, podríamos encontrarle algún destino que goce de sus preferencias".

"¿Para hacer qué?"

"Ah, no se preocupe. Usted no tendría que ocuparse de las misiones de información. Bastaría con que regentase el negocio."

"Disculpe, pero creo que la Comunidad Autónoma de Murcia no me tiene bien informado. ¿Qué es lo que yo tendría que regentar?"

Las manos del honorable dieron por fin con las gafas. Se las puso, pero no dio la impresión de que ahora viese con mucha mayor nitidez. A un gesto suyo, la rubia escanció en su vaso otra dosis generosa de whisky y añadió unos cubitos de hielo.

"Una casa de putas", pronunció esta vez sin ambages, "y discúlpeme la franqueza. Nuestras prostitutas prestan sus servicios a la clase política del Estat espanyol en todas las comunidades, y de paso los sonsacan. Ellas son nuestras informantes."

"Y... ¿eso es rentable?", preguntó, por decir algo. El asombro causado por aquella noticia había paralizado sus pensamientos.

"No mucho. Hay que compensar a nuestros funcionarios por estar trabajando en el extranjero y, además del acceso gratuito a los servicios de las empleadas, nos piden dietas. El déficit, cuando lo hay, lo cubrimos con el dinero de los imbéciles que nos votan..."

Se interrumpió. Al otro lado de la mampara de vidrio acababa de sonar una detonación seca. Un grito de mujer perforó la nube de pachuli. Ptolomeo Ramoneta se incorporó en su asiento, dudando entre asomarse a mirar o tirarse al suelo. En ese momento, la puerta del fondo se entreabrió despacio. Todos los presentes miraron, expectantes, pero lo único que vieron aparecer fue una pelota de football que, tras botar inocentemente en los peldaños de la entrada, rodó un trecho sobre la moqueta y se detuvo a pocos metros de ellos. El Honorable se agachó a recogerla, y en ese momento se dio cuenta de que las chispitas que salían de ella no eran un efecto óptico. La pelota llevaba acoplada una mecha.

Y la mecha estaba encendida.

(Siguiente capítulo)                (Comienzo)

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