sábado, 20 de marzo de 2010

El rescate (20) - Una entrevista decisiva

El Honorable Ptolomeo Ramoneta era un hombre de rostro macilento, aunque desbordante de carnes. El puente de su nariz estaba ocupado por gafas de prestigiosa marca pero de culo de botella. Mucho más no se podía decir de su compostura, porque estaba desnudo.

"Póngase cómodo", invitó con voz levemente gallosa. Hizo un gesto con la mano abierta, indicando un par de sofás desocupados a ambos lados del suyo, en torno a una mesita baja que sostenía su whisky. Ni siquiera se levantó a saludarlo. Y, por supuesto, tampoco se molestó en presentarse. Daba por sentado que todo el mundo sabía quién era él.

"¿Le agradan nuestras instalaciones?", preguntó. Elevando un poco el mentón, oteó con aires de emperador miope la bacanal que se desarrollaba panorámicamente, como una película muda, tras la vidriera diáfana que los separaba de la sala general. "No se cohíba. Es usted mi invitado. Si hay algo que su imaginación eche en falta, estoy seguro de que podremos arreglarlo. ¿Le apetece un whisky?"

"Me apetece un amontillado", respondió él, únicamente por fastidiar.

El Honorable, sin inmutarse, chascó dos dedos. La muchacha desnuda que le estaba masajeando los pies levantó la cabeza y lo miró. Ptolomeo Ramoneta entornó los párpados. Desde las profundidades de sus gruesos lentes, dos ojos lejanamente flotantes le señalaron la salida.

"Tráeselo", ordenó. La muchacha se levantó y, contoneando unas espléndidas caderas, salió del reservado.

Él tomó asiento. "Tiene usted buen gusto", dijo, mirando alejarse las nalgas de la joven. "Por lo que he visto hasta ahora, las mujeres en Barcelona no mueven las caderas al caminar".

"Éstas sí", replicó el Honorable, sin darle importancia. Seguidamente, sin más preámbulos, entró en materia: "Ahora permítame que vaya al grano. Tengo entendido que el Sr. Cogolludo está interesado en nuestras investigaciones...".

Don Zeus Cogolludo, naturalmente, era el Presidente Supremo de la Comunidad Autónoma de Murcia.

Había llegado el momento. Miró al suelo unos instantes para concentrarse. Quería estar seguro de que no se le olvidaba nada. Repasó mentalmente el discurso que había urdido en la oscuridad de la celda y, con el mayor aplomo que pudo, dijo:

"Le seré franco. Murcia desea estar en paz con todas las naciones extranjeras, y en particular con las provincias catalanas. Pero si Cataluña nos sigue hostigando, nos defenderemos como nuestros héroes de 1873... sólo que, esta vez, triunfaremos. Durante generaciones, Cataluña ha explotado sin escrúpulos a los honrados emigrantes de la nación murciana. Pero ahora tenemos la bomba atómica, y nada volverá a ser como antes. Nadie volverá a pisotear nuestra dignidad. Si Cataluña no acata el hecho diferencial murciano, nuestras iras y nuestras bombas caerán sobre Barcelona, y puede usted estar seguro de que no dejaremos piedra sobre piedra".

El Honorable empalideció levemente. En sus ojos flotantes flameaba un destello de orgullo herido, con una sombra de desconcierto. Seguramente hacía muchos años que nadie lo trataba así. Suspiró. Su brazo se estiró hasta la mesita. Recogió su vaso, y bebió un trago largo de whisky.

"Exactamente ¿qué es lo que quiere usted?", dijo entonces lentamente, sosteniéndole la mirada.

"Para empezar, la libertad de Helena Jarecka. Supongo que sus esbirros ya se han dado cuenta de que no puede ayudarles en nada".

"Entonces a ustedes tampoco", replicó el Honorable, esbozando media sonrisa burlona.

"Nosotros no necesitamos su ayuda. Nosotros ya tenemos la bomba atómica".

"¿Acaso cree que no encontraremos a nadie que sustituya a Helena?"

"Por supuesto que encontrarán a alguien. Pero eso les va a llevar un tiempo, que es justo el que nosotros necesitamos para hacernos valer en la escena internacional. Antes de que Cataluña consiga la bomba atómica, Murcia será una gran potencia mundial... y, por supuesto, regional. No hace falta que le explique lo que eso significa, ¿verdad?".

Procurando parecer cínico, el Honorable hizo una mueca de contrariedad. En aquel momento se abrió la puerta del fondo, y tras ella reapareció la rubia desnuda, esta vez sosteniendo una botella y un vaso sobre una bandeja. Con andar suavemente felino, se acercó al visitante y le sirvió. Ptolomeo Ramoneta agitó despacio su vaso de whisky. "¿Le gusta?", preguntó, señalando con las cejas a la muchacha. "Es usted una persona inteligente, amigo. ¿Sabe cuántas chicas como ésta podría tener si trabajara para nosotros?"

Sin poderlo evitar, su corazón se aceleró. Después de lo sucedido en las últimas horas, sus días como hombre casado estaban contados. Y sus deseos de seguir casado, seguramente también. El Honorable pareció darse cuenta.

"¿Mujeres? ¿Dinero? ¿Es eso lo que desea? Con nosotros nunca le faltarán". A un gesto suyo la rubia, que  seguía junto al visitante, se sentó sumisamente a los pies de éste, le separó las rodillas y empezó a desabrocharle el cinturón.

"Eh, eh, un momento, espere", dijo con vehemencia, aunque con débil convicción. Apretó los dientes. Si perdía la iniciativa, los próximos veinte años de su vida transcurrirían en una granja de reeducación del Delta del Ebro bailando la sardana y recolectando arroz. Tenía que contraatacar. Sacando fuerzas de flaqueza, interrumpió los avances de la rubia y, en un golpe de inspiración, dijo:

"Parece una oferta interesante. Aunque no sé si me conformaría con lo que usted me ofrece..."

"Aquí todo se puede negociar", replicó el Honorable. "Usted dirá".

"Verá", dijo entornando los párpados, como si conociera ya la respuesta. "Me gustaría que me hablara de la Operación Araña".

(Siguiente capítulo)  
              (Comienzo)

No hay comentarios:

 
Turbo Tagger