domingo, 7 de marzo de 2010

El rescate (19) - En la boca del lobo

A las cuatro y media de la madrugada, las Ramblas eran un aquelarre. Las aceras estaban sembradas de plásticos, latas y botellas rotas, como si alguien hubiera vaciado todas las papeleras sobre el suelo. En las esquinas, exhibiendo desmesurados escotes, las prostitutas hacían invitaciones obscenas a los conductores.

El automóvil se detuvo ante un semáforo en rojo. Grupos de ingleses borrachos transitaban en ambas direcciones, cantando a voz en grito con aires pendencieros. Junto a un hombre-estatua que emulaba la figura de un emperador romano coronado de laureles, un borracho orinaba sin recato con una mano apoyada en el tronco de un árbol. El semáforo se puso verde. El automóvil, doblando a la izquierda, enfiló por la calle Ferrán hasta llegar a una plaza amplia y adoquinada, sin aceras. Entonces, reduciendo la velocidad, se acercó hasta la entrada de un edificio oficial y se detuvo.

"¿Esto que es? ¿El Ayuntamiento?", preguntó.

Con un movimiento de cabeza, uno de los guardianes señaló el edificio de enfrente.

"El Ayuntamiento es allá. Esto es la Generalitat", dijo, pronunciando las eles como si las estuviera interpretando a la guitarra.

A la derecha del gran hall de entrada había una puerta de aspecto discreto, con un rótulo en su parte superior que rezaba "Conserjería". Uno de los guardianes se acercó al policía que custodiaba su entrada y pronunció unas palabras en voz baja. El policía asintió y abrió la puerta.

Entraron. Descendieron por una escalera angosta hasta llegar a un pequeño rellano envuelto en luz mortecina. En una silla de enea, un anciano dormitaba junto a otra puerta pintada de color rosa, con una mirilla en su centro. Al oír los pasos, el anciano dio un respingo, se levantó, y golpeó la puerta con los nudillos entrecortadamente, como en lenguaje Morse. Al cabo de un rato, la puerta se abrió. Al otro lado, un tipo como de un metro de ancho los escudriñó de arriba a abajo y, cuando pareció quedar satisfecho, los hizo pasar.

Lo primero que sintió fue un fuerte olor a pachuli. La estancia aparecía envuelta en una penumbra escarlata que desdibujaba los perfiles de las cosas. La alfombra roja que tapizaba el suelo estaba prácticamente cubierta de almohadones, recamados con dibujos orientales. Entremezcladas con ellos podían verse, aquí y allá, mesas bajas ocupadas por narguiles humeantes y grupos de cuerpos humanos desnudos que se movían voluptuosamente. La música, rítmica y sosegada, y alguna que otra risa en la distancia terminaban de colorear el ambiente.

En resumen, se había metido en una orgía.

Echaron a andar despacio, sorteando con cuidado los bultos susurrantes que se interponían en su camino. Todo allí sucedía muy lentamente. No entendía por qué lo habían traído a aquel lugar, pero comprendió que tenía que mantener la serenidad a toda costa. Él era quien había tomado la iniciativa, y no podía perderla. En aquel momento, una risa familiar llamó su atención. El corazón le dio un vuelco. Miró a su izquierda. Allí, en el suelo, junto a una batea ocupada por dos tés verdes con hierbabuena, Palau y Helena retozaban desnudos al ritmo de la música.

Se detuvo. Pero, antes de que pudiera reaccionar, una rubia de largos cabellos se acercó a él y lo envolvió en un abrazo sensual. Sintió los pechos desnudos de la mujer a través de su camisa, e instintivamente sus brazos se ciñeron a las caderas de ella. La rubia, entonces, acercó sus labios al cuello de él e, inesperadamente, susurró a su oído: "Pregúntale por la Operación Araña".

En ese momento, uno de los guardianes tiró de su manga con apremio. La rubia entonces se apartó, hizo un mohín coqueto a los guardianes y, tal como había llegado, desapareció entre las sombras.

(Siguiente capítulo)              (Comienzo)

No hay comentarios:

 
Turbo Tagger