domingo, 7 de marzo de 2010

El rescate (18) - Órdago a todas

En el silencio absoluto de la celda, oyó el gorgoteo ahogado del gaznate de Arturo tragando saliva. Varias veces. Antes de balbucear:

"¿Co... cómo que un espía?

"Escúchame bien. Esto que te voy a decir es absolutamente secreto", dijo en voz baja, pero vocalizando con claridad. Probablemente alguno de los micrófonos estaba escondido cerca de la almohada. "Soy un espía de la Comunidad Autónoma de Murcia. Los murcianos hemos conseguido ya la bomba atómica, y dentro de muy poco vamos a asumir el papel que nos corresponde en la escena internacional. Pero no podemos consentir que los catalanes nos hagan sombra. A mí me han enviado en misión secreta para raptar a Helena Jarecka y evitar que vuestros científicos consigan acelerar la reacción de fisión. Mi Comunidad está dipuesta a pagarte un millón de euros si me sacas de aquí. ¿Me has entendido bien?"

Arturo volvió a tragar saliva. Probablemente estaba a punto de desmayarse.

"P... pero es que yo no sé cómo se sale de aquí", se defendió con un hilillo de voz.

"¿Estás seguro? Piénsalo bien. Eres un chico listo. Además, llevas ya un tiempo en este lugar y conoces las instalaciones."

"Hay guardianes en todos los pasillos. Las puertas de salida están blindadas y tienen código de seguridad. Incluso aunque consiguiésemos salir, estaríamos en mitad de la montaña. Tienen perros rastreadores, y nos encontrarían en seguida."

A medida que hablaba, Arturo se iba acelerando. En alguna balanza de su mente, la posibilidad de hacerse con un millón de euros empezaba a pesar más que sus convicciones morales. "No sé", murmuró. "Tendría que pensarlo..."

"Bien", dijo él, con voz alentadora. "Piensa". Le dio una palmada en un hombro y volvió a encaramarse a su litera. Consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo todavía de dormir un rato. No tenía ni idea del efecto que podían haber causado sus palabras, pero calculó que tardarían por lo menos una hora en venir a buscarlo.

Se equivocó. Sólo diez minutos después, los resortes de la cerradura entrechocaron y los goznes de la puerta giraron con un chirrido suave. Dos guardianes de aspecto cansino aguardaron pacientemente a que bajara de la cama, salieron con él a la galería, y lo escoltaron por un laberinto de pasillos iluminados sólo por las luces de las salidas de emergencia.

De pronto, al trasponer una puerta, sintió en sus pulmones el aire fresco de la noche. Olía a pinos. En la lejanía, el zumbido de un grillo quedó ahogado por el trueno creciente de un avión que volaba a baja altura. El aeropuerto debía de estar cerca. Flanqueado por sus dos guardianes, descendió un tramo de escalera. A pocos metros del edificio, un automóvil con el motor en marcha aguardaba. Los guardianes lo hicieron entrar y tomaron asiento a ambos lados de él, con la mano derecha ostensiblemente apoyada en la porra que colgaba de su cinturón.

Sin que ninguno de los presentes pronunciara una palabra, el automóvil arrancó.

(Siguiente capítulo)              (Comienzo)

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